Lo que dije en la nota anterior no descalifica en lo más mínimo la cualidad moral del Paul Krugman, por lo que vamos a seguir leyendo de sus declaraciones muestra una plausible entereza personal que intenta introducir en la política. Sus acusaciones a la administración Bush son certeras y graves. Por ello lleva toda la razón en sus señalamientos acusatorios. Lo que intento destacar es que a mí me sorprende lo que podríamos denominar ingenuidad política. Para alguien de su calibre intelectual, que viene batallando desde las páginas del New York Times a favor de su Partido Demócrata, lo cual muestra que está metido en la política grande, se muestre tan sorprendido por los primeros pasos que dio Obama como candidato a presidente y luego ya en el ejercicio de su mandato me suena muy extraño.
Leamos el tono de sus palabras: «En el Departamento de Justicia, por ejemplo, nominados políticos reservaron ilegalmente posiciones no políticas para "estadounidenses de pensamiento correcto" -es su término, no el mío-. El proceso de contratación en el área de Justicia repitió el proceso de contratación durante la ocupación de Irak -ocupación cuyo éxito supuestamente era esencial para la seguridad nacional-, en el cual los aspirantes fueron juzgados con base en su inclinación política, su lealtad personal al presidente Bush… Hablando de Irak, no olvidemos la fallida reconstrucción de ese país: la administración Bush entregó miles de millones de dólares en contratos sin previa licitación a empresas que tenían conexiones políticas, los cuales después no lograron cumplir. ¿Y por qué deberían haberse molestado en hacer su trabajo? Cualquier funcionario gubernamental que intentara hacer valer la rendición de cuentas sobre Halliburton, digamos, rápidamente descubría que su carrera había sido descarrilada».
Y sigue con su descripción: «Con base en mi propio conteo, al menos seis importantes dependencias gubernamentales experimentaron importantes escándalos a lo largo de los últimos ocho años; en la mayoría de los casos, estos escándalos nunca fueron investigados de manera apropiada. Y después estuvo el mayor escándalo de todos: ¿acaso alguien duda con seriedad que la administración Bush haya engañado deliberadamente a la nación para que invadiera Irak? ¿Por qué, entonces, no habríamos de tener una averiguación oficial sobre abusos durante los años de Bush?». Sr Kugman debo recordarle que los argentinos tuvimos a un adelantado en esos menesteres que se llamó Menem y que pertenece a la misma línea de pensamiento. Pero, aun con muchas dificultades, en la Argentina se lo sometió a juicio cosa que parece no se utiliza en la famosa democracia estadounidense.
Krugman les recuerda a los lectores que todo ello ya sucedió en su país: «Durante los años de Reagan, los conspiradores del caso Irán-contra violaron la Constitución de Estados Unidos en nombre de la seguridad nacional. Sin embargo, el primer presidente Bush (padre) indultó a los principales malhechores, y, cuando la Casa Blanca finalmente cambió de manos, el grupo dominante en política y medios de comunicación masiva le dio a Bill Clinton el mismo consejo que le está dando a Obama: deja que los escándalos latentes queden como están. Seguro, la segunda administración Bush retomó justo donde se habían quedado los conspiradores de Irán y la contra; lo cual no causa mucha sorpresa si tenemos en cuenta que Bush de hecho contrató a algunos de esos conspiradores».
Pero, como Ud. mismo recuerda después de Reagan nada se investigó, pero peor todavía, tampoco con Clinton se revisó nada de lo actuado. Entonces, ¿por qué debería hacerse ahora lo que no se ha hecho antes? La investigación del asesinato de Kennedy pareció un cuento para niños (recuerde la película de Oliver Stone) y tal vez sea ese el hecho más grave de la historia política de su país. ¿De dónde saca Ud. tanta ingenuidad?
lunes, 16 de febrero de 2009
sábado, 14 de febrero de 2009
Perdón Sr. Krugman, siga con la economía
Yo debo confesar, antes de avanzar en esta nota, que no tengo un gran aprecio por los economistas, aunque debo decir para ser más preciso por la economía como ciencia. Esta disciplina tiene sus bemoles, también sus sostenidos y silencios, sobre todo estos últimos, dado que hay tantas cosas de las que no habla. Y es, precisamente, las cosas de las que no habla las que son las más importantes: el desempleo, el hambre, la distribución injusta, la concentración del capital, etc. Se me podrá decir que, tal vez, porque no le corresponde como ciencia especializada en conseguir la mayor renta posible del capital ocuparse de esas pequeñeces (o externalidades, que suena más académico).
Pero toda esta introducción sólo tiene como objeto hacer una distinción en alguien que llegó a la altura máxima de su carrera al acceder al premio Nobel. Me refiero a Paul Krugman, considerado como un niño terrible para Wall Street. Sus columnas en el New York Times han sido como un látigo en estos últimos tiempos, en los que denunció los manejos financieros y las consecuencias que podrían acarrear, y tuvo razón. Pero, ahora reclama su derecho a pensar como un simple ciudadano, se saca la toga académica para hablar de política. Y lo sorprendente (aunque tal vez no tanto) es que apunta directamente al nuevo presidente a quien apoyó en toda la campaña electoral reciente.
Le reclama y acusa a Obama, y merece ser leído atentamente, de que «no parece dispuesto a investigar las irregularidades de la administración Bush, con lo que, de hecho, los gobernantes no enfrentarán consecuencia alguna, aunque abusen del poder». Porque cuando se le preguntó «si buscaría una investigación sobre posibles crímenes por parte de la administración Bush». Contestó «Yo no creo que nadie esté por encima de la ley», pero siguió diciendo: «pero necesitamos ver hacia delante en vez de mirar hacia atrás».
El laureado profesor, con cierto aire de indignación comenta: «Lo siento, pero si no tenemos una averiguación sobre lo que ocurrió durante los años de Bush -y casi todos han asumido que las declaraciones de Obama equivalen a que no la tendremos- eso significa que quienes tienen el poder de hecho están por encima de la ley, ya que no enfrentan consecuencia alguna si abusan de su poder». Agrega de inmediato: «y existe firme evidencia que funcionarios utilizaron sus posiciones tanto para socavar la protección de los derechos al voto de minorías como para perseguir a políticos demócratas... No solamente es la tortura y el espionaje de comunicaciones, cuyos perpetradores alegan, aunque de manera inadmisible, que ellos fueron patriotas actuando en la defensa de la seguridad de la nación. El hecho es que los abusos de la administración Bush se extendieron hasta la política ambiental… Además, la mayoría de los abusos involucraron el uso del poder gubernamental para recompensar a amigos políticos y castigar a enemigos políticos».
Es muy difícil no estar de acuerdo con el tenor de estas acusaciones, pero no es esto una exigencia de casi imposible cumplimiento frente al poder que siguen detentando todos los posibles acusados más todos sus amigos y socios. No fue Busch un hombre importante de la administración, sólo fue el mascarón de proa del complejo industrial-militar, de los halcones guerreristas. Creo que el economista no tiene en cuenta la estructura de poder de su país. (¿Se habrá olvidado de John F. Kennedy?). Además, como ya dije en notas anteriores, postularse, hacer campaña y asumir la presidencia supone tener conciencia de todo ello. Cuando Krugman lo apoyaba ¿ignoraba todo esto? Esto equivaldría a decir que el excelente economista es muy mal politólogo. Mis respetos al ciudadano Krugman, pero le sugiero, humildemente, que siga con la economía y deje la politología.
Pero toda esta introducción sólo tiene como objeto hacer una distinción en alguien que llegó a la altura máxima de su carrera al acceder al premio Nobel. Me refiero a Paul Krugman, considerado como un niño terrible para Wall Street. Sus columnas en el New York Times han sido como un látigo en estos últimos tiempos, en los que denunció los manejos financieros y las consecuencias que podrían acarrear, y tuvo razón. Pero, ahora reclama su derecho a pensar como un simple ciudadano, se saca la toga académica para hablar de política. Y lo sorprendente (aunque tal vez no tanto) es que apunta directamente al nuevo presidente a quien apoyó en toda la campaña electoral reciente.
Le reclama y acusa a Obama, y merece ser leído atentamente, de que «no parece dispuesto a investigar las irregularidades de la administración Bush, con lo que, de hecho, los gobernantes no enfrentarán consecuencia alguna, aunque abusen del poder». Porque cuando se le preguntó «si buscaría una investigación sobre posibles crímenes por parte de la administración Bush». Contestó «Yo no creo que nadie esté por encima de la ley», pero siguió diciendo: «pero necesitamos ver hacia delante en vez de mirar hacia atrás».
El laureado profesor, con cierto aire de indignación comenta: «Lo siento, pero si no tenemos una averiguación sobre lo que ocurrió durante los años de Bush -y casi todos han asumido que las declaraciones de Obama equivalen a que no la tendremos- eso significa que quienes tienen el poder de hecho están por encima de la ley, ya que no enfrentan consecuencia alguna si abusan de su poder». Agrega de inmediato: «y existe firme evidencia que funcionarios utilizaron sus posiciones tanto para socavar la protección de los derechos al voto de minorías como para perseguir a políticos demócratas... No solamente es la tortura y el espionaje de comunicaciones, cuyos perpetradores alegan, aunque de manera inadmisible, que ellos fueron patriotas actuando en la defensa de la seguridad de la nación. El hecho es que los abusos de la administración Bush se extendieron hasta la política ambiental… Además, la mayoría de los abusos involucraron el uso del poder gubernamental para recompensar a amigos políticos y castigar a enemigos políticos».
Es muy difícil no estar de acuerdo con el tenor de estas acusaciones, pero no es esto una exigencia de casi imposible cumplimiento frente al poder que siguen detentando todos los posibles acusados más todos sus amigos y socios. No fue Busch un hombre importante de la administración, sólo fue el mascarón de proa del complejo industrial-militar, de los halcones guerreristas. Creo que el economista no tiene en cuenta la estructura de poder de su país. (¿Se habrá olvidado de John F. Kennedy?). Además, como ya dije en notas anteriores, postularse, hacer campaña y asumir la presidencia supone tener conciencia de todo ello. Cuando Krugman lo apoyaba ¿ignoraba todo esto? Esto equivaldría a decir que el excelente economista es muy mal politólogo. Mis respetos al ciudadano Krugman, pero le sugiero, humildemente, que siga con la economía y deje la politología.
miércoles, 11 de febrero de 2009
¿Cuánto mide el metro?
Hemos hablado del dato, de la información, ahora detengámonos un poco en los modos de la interpretación que utilizan los que se proveen de algunos de los datos que se recogen. Con ello construyen alguna propuesta de información, para después lanzarla por los canales de la comunicación. Como la interpretación, que contiene toda información, tiene algún responsable que la practica, lo que sorprende es cómo se aplican criterios tan diferentes según sea quien ha arrojado algunas frases al ruedo periodístico. Podemos leer, en el mismo medio que interpreta y construye información, afirmaciones contrapuestas sobre un mismo tema dependiendo de a quien se le atribuye lo dicho.
Hagamos un ejercicio. Comienzo por una broma que circulaba durante la presidencia de Bill Clinton: paseando por su estado natal, Arkansas, con su esposa se detuvieron a cargar combustible en una estación de servicio. Mientras el empleado cargaba combustible Hillary le comentó a Bill que esa persona había sido un novio suyo en su adolescencia. Bill, entonces, con una sonrisa le dijo: “Si te hubieras casado con él hoy serías la esposa de un simple empleado”. Hillary, le devolvió la sonrisa con picardía y le contestó: “No querido, estás equivocado, él sería ahora el presidente de los EEUU”. Es decir, la broma dejaba traslucir quien era la que realmente decidía. Sin embrago, nunca hemos podido leer en los medios que en los EEUU había un “doble comando”. Recuérdese esto para cuando la nueva dama Michelle Obama haga sentir el peso de sus opiniones.
Sigamos con el juego: «Esto es sólo el principio de un largo viaje de regreso al progreso y la prosperidad» es decir es el tránsito desde el infierno, pasando por el purgatorio, para regresar a ese estado ideal. Esto ¿puede ser catalogado como la queja habitual por la “pesada herencia”? Todavía no hemos oído ni leído que se hayan hecho comentarios por este tipo de afirmación de Obama. «La situación no podría ser más grave. Es inexcusable e irresponsable estancarse y demorarse mientras millones de estadounidenses están perdiendo sus trabajos. Es hora de que el Congreso entre en acción».
El discurso que hemos escuchado aquí, repetidas veces desde el 2003, es que habían fracasado las ideas que sostenían que el mercado lo podía resolver todo. Esto fue analizado como un discurso propio de los “setentistas”, lo mismo que el que sostenía que se debía proteger la industria nacional y los bienes producidos en nuestro país. Ahora nos dicen que Obama está proponiendo la necesidad de comprar lo producido en EEUU para salvaguardar los puestos de trabajo, pero esto no es retrógrado, es la necesidad de navegar la crisis. Agregó Obama: «No vamos a mejorar con las mismas políticas que en los últimos ocho años duplicaron la deuda nacional y pusieron a la economía en caída libre», ¿no habíamos oído decir lo mismo años atrás aquí? Sin embargo no se lo ha analizado con el mismo parámetro. Además el tono agresivo que se le adjudicó al discurso presidencial de aquí, no hace tanto tiempo, debemos compararlo con estas palabras de Obama: «No me vengan con los mismos argumentos e ideas gastadas que ayudaron a crear esta crisis», que a no dudar, no merecerán las mimas críticas.
“No podemos adoptar la fórmula perdedora que dice que sólo los recortes impositivos solucionarán cada problema que tengamos, eso ignora nuestros críticos desafíos como la adicción al petróleo importado, el altísimo costo de los seguros de salud o las escuelas que se caen a pedazos”, dijo Obama en un discurso desde la Casa Blanca. Esta ambigüedad en la interpretación de los analistas nuestros ¿debemos atribuirla a la diferencia de idiomas y a sus respectivas traducciones? O, tal vez, ¿debamos pensar que los medios tienen diferentes “metro patrón” según quien es el que se ve sometido al análisis? Salvo que, como alguien ha dicho, el problema es que Obama ha leído a Perón, pero ese es un Perón para uso “made in USA”, entonces es aceptable.
Hagamos un ejercicio. Comienzo por una broma que circulaba durante la presidencia de Bill Clinton: paseando por su estado natal, Arkansas, con su esposa se detuvieron a cargar combustible en una estación de servicio. Mientras el empleado cargaba combustible Hillary le comentó a Bill que esa persona había sido un novio suyo en su adolescencia. Bill, entonces, con una sonrisa le dijo: “Si te hubieras casado con él hoy serías la esposa de un simple empleado”. Hillary, le devolvió la sonrisa con picardía y le contestó: “No querido, estás equivocado, él sería ahora el presidente de los EEUU”. Es decir, la broma dejaba traslucir quien era la que realmente decidía. Sin embrago, nunca hemos podido leer en los medios que en los EEUU había un “doble comando”. Recuérdese esto para cuando la nueva dama Michelle Obama haga sentir el peso de sus opiniones.
Sigamos con el juego: «Esto es sólo el principio de un largo viaje de regreso al progreso y la prosperidad» es decir es el tránsito desde el infierno, pasando por el purgatorio, para regresar a ese estado ideal. Esto ¿puede ser catalogado como la queja habitual por la “pesada herencia”? Todavía no hemos oído ni leído que se hayan hecho comentarios por este tipo de afirmación de Obama. «La situación no podría ser más grave. Es inexcusable e irresponsable estancarse y demorarse mientras millones de estadounidenses están perdiendo sus trabajos. Es hora de que el Congreso entre en acción».
El discurso que hemos escuchado aquí, repetidas veces desde el 2003, es que habían fracasado las ideas que sostenían que el mercado lo podía resolver todo. Esto fue analizado como un discurso propio de los “setentistas”, lo mismo que el que sostenía que se debía proteger la industria nacional y los bienes producidos en nuestro país. Ahora nos dicen que Obama está proponiendo la necesidad de comprar lo producido en EEUU para salvaguardar los puestos de trabajo, pero esto no es retrógrado, es la necesidad de navegar la crisis. Agregó Obama: «No vamos a mejorar con las mismas políticas que en los últimos ocho años duplicaron la deuda nacional y pusieron a la economía en caída libre», ¿no habíamos oído decir lo mismo años atrás aquí? Sin embargo no se lo ha analizado con el mismo parámetro. Además el tono agresivo que se le adjudicó al discurso presidencial de aquí, no hace tanto tiempo, debemos compararlo con estas palabras de Obama: «No me vengan con los mismos argumentos e ideas gastadas que ayudaron a crear esta crisis», que a no dudar, no merecerán las mimas críticas.
“No podemos adoptar la fórmula perdedora que dice que sólo los recortes impositivos solucionarán cada problema que tengamos, eso ignora nuestros críticos desafíos como la adicción al petróleo importado, el altísimo costo de los seguros de salud o las escuelas que se caen a pedazos”, dijo Obama en un discurso desde la Casa Blanca. Esta ambigüedad en la interpretación de los analistas nuestros ¿debemos atribuirla a la diferencia de idiomas y a sus respectivas traducciones? O, tal vez, ¿debamos pensar que los medios tienen diferentes “metro patrón” según quien es el que se ve sometido al análisis? Salvo que, como alguien ha dicho, el problema es que Obama ha leído a Perón, pero ese es un Perón para uso “made in USA”, entonces es aceptable.
sábado, 7 de febrero de 2009
El dato se transforma en información
Hemos visto como la unidad más elemental de la información, el “dato”, puede decir algo, mucho o nada, por sí mismo. También la necesidad de su ubicación en un contexto social, cultural, político o económico hace que el mismo “dato” nos trasmita cosas diferentes. Para dar un ejemplo sencillo: “Fulano se quebró una pierna”. Es de suponer que accidentes como ese deben darse muchos por día y cada centro asistencial podría ofrecernos estadísticas al respecto. Se podría pensar que las circunstancias en la que se produjo el accidente le otorgan una relevancia informativa que aporta el señalamiento de una anormalidad que es necesario solucionar. También podría darse el caso en el que la información no está colocando el acento sobre la quebradura de la pierna sino sobre quién puede es el accidentado. Por lo cual el problema no recae en el hecho sino en la persona del accidentado. En este sentido quien sea ella modifica la gravedad del accidente: el ser un deportista importante en medio de un certamen mundial (R. Federer en un torneo) o una actriz en el desarrollo de una obra de teatro, a diferencia de un corredor de motocicletas.
El ejemplo muestra que el simple dato es muy pobre para comunicarnos algo relevante y que lo que convierte ese “dato” en información importante es el contexto del hecho. Ahora bien, es cierto que la totalidad del contexto dentro del cual se produjo el hecho no es materia comunicable, dado que convertiría la noticia en un tratado socio-histórico. Aquí aparece la necesidad de una operación que en el medio periodístico se denomina “editar”. Equivale a decir, quitar todo aquello que no es importante para comunicar la noticia misma. Este recorte requiere la utilización de juicios de valor: ¿qué es lo importante y qué no lo es? A lo que debiéramos agregar ¿quién es el que define uno o lo otro? Porque quien lo hace está tomando decisiones sobre qué es lo que el público “debe saber”.
El Dr. Ismael Clark, Presidente de la Academia de Ciencias de Cuba, comenta este tema: «La información, el discurso, los datos, necesitan ser elaborados e interrelacionados por las personas, con respecto a un tiempo y a un lugar, a una situación dada. Sólo la intervención de las personas puede conferir a la información la categoría de conocimiento». Sin embargo, a pesar de ser todo ello materia de análisis y reflexión en los ámbitos especializados y que todo profesional de la comunicación debiera saberlo, podemos ver como circula por el mundo, a velocidades cibernéticas, cantidades siderales de datos que se utilizan como si fueran información. Por ejemplo: “Un cubano gana cien dólares por mes”. ¿Qué nos dice esto? ¿Cuánto es el valor de cien dólares en el presupuesto mensual de vida de un cubano? Si el cubano tuviera que afrontar los costos de vida de los EEUU es casi nada, pero no es el caso para éste ya que una parte importante de lo que para otros son “gastos” él los recibe del Estado en forma gratuita. Pero esto no se dice con lo cual la “verdad” del dato se convierte en mentira porque trasmite algo y oculta el contexto de ese dato.
¿Por qué me he detenido en estas notas sobre estos “detalles”? Por la necesidad de comenzar a practicar cotidianamente una lectura crítica de los datos que recibimos, ofrecidos como información fidedigna. Nos dirán ¿acaso no es correcto informar que un cubano gana cien dólares por mes? Si el dato contuviera la totalidad de la verdad lo sería. Pero, como hemos podido ver, sólo contiene un aspecto parcial y oculto el contexto en el cual éste se hace comprensible.
El ejemplo muestra que el simple dato es muy pobre para comunicarnos algo relevante y que lo que convierte ese “dato” en información importante es el contexto del hecho. Ahora bien, es cierto que la totalidad del contexto dentro del cual se produjo el hecho no es materia comunicable, dado que convertiría la noticia en un tratado socio-histórico. Aquí aparece la necesidad de una operación que en el medio periodístico se denomina “editar”. Equivale a decir, quitar todo aquello que no es importante para comunicar la noticia misma. Este recorte requiere la utilización de juicios de valor: ¿qué es lo importante y qué no lo es? A lo que debiéramos agregar ¿quién es el que define uno o lo otro? Porque quien lo hace está tomando decisiones sobre qué es lo que el público “debe saber”.
El Dr. Ismael Clark, Presidente de la Academia de Ciencias de Cuba, comenta este tema: «La información, el discurso, los datos, necesitan ser elaborados e interrelacionados por las personas, con respecto a un tiempo y a un lugar, a una situación dada. Sólo la intervención de las personas puede conferir a la información la categoría de conocimiento». Sin embargo, a pesar de ser todo ello materia de análisis y reflexión en los ámbitos especializados y que todo profesional de la comunicación debiera saberlo, podemos ver como circula por el mundo, a velocidades cibernéticas, cantidades siderales de datos que se utilizan como si fueran información. Por ejemplo: “Un cubano gana cien dólares por mes”. ¿Qué nos dice esto? ¿Cuánto es el valor de cien dólares en el presupuesto mensual de vida de un cubano? Si el cubano tuviera que afrontar los costos de vida de los EEUU es casi nada, pero no es el caso para éste ya que una parte importante de lo que para otros son “gastos” él los recibe del Estado en forma gratuita. Pero esto no se dice con lo cual la “verdad” del dato se convierte en mentira porque trasmite algo y oculta el contexto de ese dato.
¿Por qué me he detenido en estas notas sobre estos “detalles”? Por la necesidad de comenzar a practicar cotidianamente una lectura crítica de los datos que recibimos, ofrecidos como información fidedigna. Nos dirán ¿acaso no es correcto informar que un cubano gana cien dólares por mes? Si el dato contuviera la totalidad de la verdad lo sería. Pero, como hemos podido ver, sólo contiene un aspecto parcial y oculto el contexto en el cual éste se hace comprensible.
lunes, 2 de febrero de 2009
Cómo la mentira puede ser verdad, o viceversa
Debemos esperar un 2009 lleno de complicaciones. Dentro de las cuales juega un papel fundamental la información, sobre ella quiero dejar dicho algo que puede ayudarnos a manejarnos en el año que se inicia. El notable desarrollo tecnológico que se ha expresado en la universalización de la información, en las trasmisiones en vivo y en directo, por las cuales vivimos la sensación de poder saber todo (o casi) de lo que sucede y se piensa en la totalidad del planeta, nos ha sumergido en lo que algunos han llamado la “sociedad del conocimiento”. Es probable que haya sido el investigador austriaco Peter Drucker (1909-2005) quien primero habló de ello. Este concepto ha provocado una confusión de la que es necesario salir para poder pensar con más claridad el mundo dentro del cual nos movemos. No puedo afirmar que la confusión haya sido provocada con toda mala intención, pero sí puedo asegurar que esta confusión ha sido muy funcional a la cultura de la globalización o, dicho de otro modo, a la cultura neoliberal.
La década de los noventa fue el escenario sobre el cual este proceso encontró la posibilidad de exhibir las mil maravillas de sus capacidades. La presencia de Internet generó la idea de un mundo interconectado en tiempo real, sin reparar que el acceso a esa tecnología era sumamente restringido ya que apenas un cinco por ciento de los habitantes del mundo podían hacer uso de ello. Por lo que la impensada capacidad, poco tiempo atrás, de acumulación, procesamiento y transmisión de información, en virtud de los arrolladores avances que ofrecían las ciencias de la información y todas las variantes de las telecomunicaciones, se instalaron como algo que hubiéramos tenido desde siempre, puesto que hay muy pocas preguntas acerca de este fenómeno. Es, entonces, durante esa década en la que los términos conocimiento e información comenzaron a utilizarse como si fueran sinónimos. Es allí donde comienza la confusión de ideas que es necesario señalar para poder superarlas. Veamos.
Lo que circula por los medios electrónicos no es conocimiento y, a veces, ni siquiera es información. Es algo mucho más elemental: son datos. Es, sobre todo, dentro de la información periodística donde la confusión es más cotidiana y donde tengo mis mayores sospechas de que eso no es muy inocente. No me refiero a las manadas de lo que se denomina hoy “periodistas” dentro de las tres modalidades de los medios: escrito, radial y televisivo. En esas personas lo que reina es una ignorancia cultivada con mucha dedicación y esmero (salvo las consabidas excepciones). En el nivel directivo de esos medios se puede observar ya una perversa intención de nadar en ese mar de confusiones muy útiles para desinformar. Debo aclarar que este concepto, extraído de los servicios de inteligencia, hace referencia a un tipo de información cuya intención es hacer creer lo que no ha pasado, u ocultar lo que en realidad se está dando.
Volvamos al dato. Es aquel tipo de información que contiene muy poco, recortado del contexto dentro del cual se lo extrajo, se limita a decir “esto es una cosa”, sin acompañarla de algunas respuestas que definan por qué se habla de “esto” y no de “aquello”; qué hizo que “esto” fuera relevante para ser puesto a la consideración pública; qué es lo que permite afirmar que es esa “cosa” y no otra; por qué esa “cosa” debiera ser informada en ese momento y no en otro, si es que ya se había dado en otras oportunidades; qué es lo que ha convertido lo que esa “cosa” es en algo digno de señalar en ese momento; etc. Para que ese dato, así tratado tan despojadamente, adquiera relevancia debe convertirse en información (adquirir forma), es decir rodearse del contexto que le otorga ubicación en tiempo y espacio, que permite comprender el por qué debe ser comunicado como un hecho relevante. Continuaré sobre este tema.
La década de los noventa fue el escenario sobre el cual este proceso encontró la posibilidad de exhibir las mil maravillas de sus capacidades. La presencia de Internet generó la idea de un mundo interconectado en tiempo real, sin reparar que el acceso a esa tecnología era sumamente restringido ya que apenas un cinco por ciento de los habitantes del mundo podían hacer uso de ello. Por lo que la impensada capacidad, poco tiempo atrás, de acumulación, procesamiento y transmisión de información, en virtud de los arrolladores avances que ofrecían las ciencias de la información y todas las variantes de las telecomunicaciones, se instalaron como algo que hubiéramos tenido desde siempre, puesto que hay muy pocas preguntas acerca de este fenómeno. Es, entonces, durante esa década en la que los términos conocimiento e información comenzaron a utilizarse como si fueran sinónimos. Es allí donde comienza la confusión de ideas que es necesario señalar para poder superarlas. Veamos.
Lo que circula por los medios electrónicos no es conocimiento y, a veces, ni siquiera es información. Es algo mucho más elemental: son datos. Es, sobre todo, dentro de la información periodística donde la confusión es más cotidiana y donde tengo mis mayores sospechas de que eso no es muy inocente. No me refiero a las manadas de lo que se denomina hoy “periodistas” dentro de las tres modalidades de los medios: escrito, radial y televisivo. En esas personas lo que reina es una ignorancia cultivada con mucha dedicación y esmero (salvo las consabidas excepciones). En el nivel directivo de esos medios se puede observar ya una perversa intención de nadar en ese mar de confusiones muy útiles para desinformar. Debo aclarar que este concepto, extraído de los servicios de inteligencia, hace referencia a un tipo de información cuya intención es hacer creer lo que no ha pasado, u ocultar lo que en realidad se está dando.
Volvamos al dato. Es aquel tipo de información que contiene muy poco, recortado del contexto dentro del cual se lo extrajo, se limita a decir “esto es una cosa”, sin acompañarla de algunas respuestas que definan por qué se habla de “esto” y no de “aquello”; qué hizo que “esto” fuera relevante para ser puesto a la consideración pública; qué es lo que permite afirmar que es esa “cosa” y no otra; por qué esa “cosa” debiera ser informada en ese momento y no en otro, si es que ya se había dado en otras oportunidades; qué es lo que ha convertido lo que esa “cosa” es en algo digno de señalar en ese momento; etc. Para que ese dato, así tratado tan despojadamente, adquiera relevancia debe convertirse en información (adquirir forma), es decir rodearse del contexto que le otorga ubicación en tiempo y espacio, que permite comprender el por qué debe ser comunicado como un hecho relevante. Continuaré sobre este tema.
sábado, 31 de enero de 2009
Lo uno y lo otro
Ya hablamos de las limitaciones que cercan a Obama y que acotarán fuertemente su capacidad de maniobra. Esto le da marco a las expectativas que ha despertado la presencia de un presidente negro en la Casa Blanca que se llama blanca pero que fue construida por negros. Estos, precisamente, están viviendo un tiempo de fiesta porque uno de ellos llegó. Y lo hizo acompañado por una mujer muy singular, a juzgar por sus declaraciones. Les advirtió a sus conciudadanos que el único que podía arreglar el desastre heredado era su esposo, pero ella no se puede olvidar que su abuelo negro murió siendo esclavo y fue enterrado en una fosa común dentro del campo en el que trabajaba, Carolina del Sur. Por tal razón le presta a Barack sólo por cuatro años.
Como una mujer con su formación intelectual, el acompañamiento político a su esposo, que declara que: «Cuando era niña [fines de los sesenta] no había políticos negros en el Capitolio y en los micros los negros sólo podían viajar en el asiento de atrás. En los parques donde jugaba, blancos y negros usaban distintos baños y distintos bebederos, y muchos comercios y restaurantes sólo atendían a los blancos», no puede ser y no parece que vaya a ser, nada más que esposa, su papel puede sorprendernos. Veamos quién es. Cuando estaba en el secundario sólo se dedicó a estudiar porque decía que: «No iba a hacer deportes simplemente porque era alta, negra y atlética» y descollar en el deporte es propio de negros, a diferencia de su hermano que ingresó a la Universidad de Princeton para jugar en el equipo de básquetbol. Recién en su tercer año en la universidad comenzó a practicar básquetbol y lo hizo muy bien. Primero logró que se la reconociera por su capacidad intelectual.
La tesis de su licenciatura en sociología llevó como título “Comunidad negra y negros educados en Princeton”, en la que muestra que no la pasó bien como estudiante negra. Dijo de su universidad: «Universidades predominantemente blancas como Princeton están diseñadas para servir a las necesidades de alumnos blancos». Luego pasó a Harvard donde conoció a su esposo. Con esto quiero decir que su voz se ha hecho oír en su matrimonio y nada hace pensar que no siga siendo así. Pareciera un contrapeso que le recuerda a Barack “de donde venimos” y esto no es poca cosa.
Ahora quiero rescatar algunas de las cosas que hizo Mr. President en sus primeros días: «1.- Dio orden de cerrar Guantánamo; 2.- ordenó terminar con la tortura y las cárceles secretas; 3.- ordenó desconocer todas las órdenes y recomendaciones emanadas del Departamento de Justicia desde el 2001; 4.- afirmó que para combatir el terrorismo no se puede abandonar los principios de los Padres Fundadores; 5.- eliminó el veto que la administración Bush le había concedido a presidentes, ex presidentes, vicepresidentes y ex vicepresidentes sobre la publicidad de documentos de la Casa Blanca; 6.- revirtió una instrucción del gobierno anterior que alentaba a las oficinas estatales a demorar y desalentar la entrega de información, y ordenó a los empleados públicos a ser “abiertos, transparentes y que se involucren con la comunidad”; 7.- Para cumplir con su promesa de “cambiar la manera en que las cosas se hacen en Washington”, puso en práctica un sistema de control más férreo sobre los lobby parlamentarios». Bien, como dije en la nota anterior, sobre economía no dijo ni hizo nada, aunque debe reconocerse que el parlamento va a ser una seria traba en el tema.
Planteado todo esto nos queda esperar. No hay duda que está frente a una oportunidad que hace muchísimos años no se daba. No hay duda que tiene una inteligencia y una formación que no admite ningún punto de comparación con Busch. Uno puede contentarse con que “ya es algo” y que una promesa de alguna brisa fresca se podrá esperar. Otro podrá sacar a relucir la cantidad de cosas que no es esperable que haga dado lo ya dicho. Pues bien: ni dejarse llevar por el exitismo fácil, ni caer en el escepticismo de que nada es posible. La consigna es esperar con los ojos abiertos.
Como una mujer con su formación intelectual, el acompañamiento político a su esposo, que declara que: «Cuando era niña [fines de los sesenta] no había políticos negros en el Capitolio y en los micros los negros sólo podían viajar en el asiento de atrás. En los parques donde jugaba, blancos y negros usaban distintos baños y distintos bebederos, y muchos comercios y restaurantes sólo atendían a los blancos», no puede ser y no parece que vaya a ser, nada más que esposa, su papel puede sorprendernos. Veamos quién es. Cuando estaba en el secundario sólo se dedicó a estudiar porque decía que: «No iba a hacer deportes simplemente porque era alta, negra y atlética» y descollar en el deporte es propio de negros, a diferencia de su hermano que ingresó a la Universidad de Princeton para jugar en el equipo de básquetbol. Recién en su tercer año en la universidad comenzó a practicar básquetbol y lo hizo muy bien. Primero logró que se la reconociera por su capacidad intelectual.
La tesis de su licenciatura en sociología llevó como título “Comunidad negra y negros educados en Princeton”, en la que muestra que no la pasó bien como estudiante negra. Dijo de su universidad: «Universidades predominantemente blancas como Princeton están diseñadas para servir a las necesidades de alumnos blancos». Luego pasó a Harvard donde conoció a su esposo. Con esto quiero decir que su voz se ha hecho oír en su matrimonio y nada hace pensar que no siga siendo así. Pareciera un contrapeso que le recuerda a Barack “de donde venimos” y esto no es poca cosa.
Ahora quiero rescatar algunas de las cosas que hizo Mr. President en sus primeros días: «1.- Dio orden de cerrar Guantánamo; 2.- ordenó terminar con la tortura y las cárceles secretas; 3.- ordenó desconocer todas las órdenes y recomendaciones emanadas del Departamento de Justicia desde el 2001; 4.- afirmó que para combatir el terrorismo no se puede abandonar los principios de los Padres Fundadores; 5.- eliminó el veto que la administración Bush le había concedido a presidentes, ex presidentes, vicepresidentes y ex vicepresidentes sobre la publicidad de documentos de la Casa Blanca; 6.- revirtió una instrucción del gobierno anterior que alentaba a las oficinas estatales a demorar y desalentar la entrega de información, y ordenó a los empleados públicos a ser “abiertos, transparentes y que se involucren con la comunidad”; 7.- Para cumplir con su promesa de “cambiar la manera en que las cosas se hacen en Washington”, puso en práctica un sistema de control más férreo sobre los lobby parlamentarios». Bien, como dije en la nota anterior, sobre economía no dijo ni hizo nada, aunque debe reconocerse que el parlamento va a ser una seria traba en el tema.
Planteado todo esto nos queda esperar. No hay duda que está frente a una oportunidad que hace muchísimos años no se daba. No hay duda que tiene una inteligencia y una formación que no admite ningún punto de comparación con Busch. Uno puede contentarse con que “ya es algo” y que una promesa de alguna brisa fresca se podrá esperar. Otro podrá sacar a relucir la cantidad de cosas que no es esperable que haga dado lo ya dicho. Pues bien: ni dejarse llevar por el exitismo fácil, ni caer en el escepticismo de que nada es posible. La consigna es esperar con los ojos abiertos.
lunes, 26 de enero de 2009
La pesada herencia
Ya había aparecido, en notas anteriores, el problema que debe enfrentar Obama. Ya habíamos hablado de las causas de este desastre que, como un huracán, se despliega por la economía y las finanzas. Si el capitalismo ha sido desde su nacimiento poco proclive distribuir la renta con alguna ecuanimidad; si el famoso mecanismo del mercado demostró que su capacidad para asignar recursos tuvo siempre una perversa tendencia a favorecer a los que más tienen; si el capitalismo siempre vio al Estado como una intromisión indebida en su operatoria; entonces, qué es lo sorprendente de esta situación.
La respuesta a esta pregunta no es fácil de hallar, sin embargo hay bastante certeza como para decir que si la codicia es mala por sí misma, dejarla a su libre juego de tener cada vez más sin ningún control estatal, como se pudo comprobar en estas últimas décadas, se convierte en un monstruo ciego e insaciable que no repara en las consecuencias sociales. Hemos podido aprender que dentro de las reglas propias del capitalismo se fueron dando dos líneas de desarrollo: la de la producción de bienes y servicios y, una segunda, la de la creación de instrumentos financieros cada vez más complejos y sofisticados para aumentar la renta a través de prácticas especulativas. Era de esperar, porque la lógica misma de la ciencia económica así pudo preverlo (pero no lo hizo), que en algún momento la primera se encontrara en serias dificultades frente a la segunda.
La vieja escuela inglesa supuso, desde sus comienzos, que el libre mecanismo del mercado sería lo suficientemente sólido como para sacar del juego a aquellos que no cumplieran con la ética de sus reglas. No caben dudas que a esta altura del proceso esas cuatro palabras suenan a cuento de hadas. A un cuento que contaba el que estaba haciendo trampas, el que se beneficiaba con la credulidad de sus contertulios, como el embaucador sentado en una mesa de pocker. De tal modo que los más sagaces y sin escrúpulos comprendieron rápidamente que se habría un ancho campo para las especulaciones, para los fraudes, para las estafas y así lo hicieron. Entre los miles de operadores de los mercados bursátiles debemos reconocer a una estrella rutilante que alcanzó el cenit por su capacidad de mantenerse en la cúspide tanto tiempo y por el monto de sus operaciones: Bernard Madoff.
Cuando decía más arriba que había dos canales de ganar dinero, el segundo se fue convirtiendo desde los setenta en una operatoria virtual: se compraban y se vendían papeles. Es decir, se operaba con valores simbólicos de naturaleza opuesta a los bienes y servicios de la producción. Esos papeles son acciones, títulos, bonos, papel moneda, que se cotizan (no se valorizan porque allí no se crea valor) según la capacidad del comprador para creer en su consistencia. Muy parecido a los que compran alta costura, compran apariencia, imagen, status, todos bienes intangibles. Todo funciona más o menos bien mientras lo aparente se mantenga cerca de los valores reales, que la moneda circulante esté en proporción con la generación de valores reales, es decir en una proporción de no más de tres a uno. Hemos llegado a una relación de veinte a uno. Por tal razón, algunos pensaron que operaban con papel pintado. Cuando algunos de estos operadores tuvieron la sospecha de que lo que tenían en la mano carecía de valor comenzaron a vender, así comenzó la catarata que todavía no paró.
Cuando los poseedores de esos papeles toman conciencia de qué es lo que tienen en sus carteras comienza la corrida y se producen las crisis. Esto se fue agravando, pero de esto no se habla, cuando el tesoro de los EEUU comenzó a emitir papeles pintados de verde. ¿Qué extraña magia hace que un papel verde casi sin respaldo sea aceptado como moneda de pago? ¿Qué extraño mecanismo logra que no se haya desatado la una inflación devastadora? Les dejo la explicación a los economistas.
La respuesta a esta pregunta no es fácil de hallar, sin embargo hay bastante certeza como para decir que si la codicia es mala por sí misma, dejarla a su libre juego de tener cada vez más sin ningún control estatal, como se pudo comprobar en estas últimas décadas, se convierte en un monstruo ciego e insaciable que no repara en las consecuencias sociales. Hemos podido aprender que dentro de las reglas propias del capitalismo se fueron dando dos líneas de desarrollo: la de la producción de bienes y servicios y, una segunda, la de la creación de instrumentos financieros cada vez más complejos y sofisticados para aumentar la renta a través de prácticas especulativas. Era de esperar, porque la lógica misma de la ciencia económica así pudo preverlo (pero no lo hizo), que en algún momento la primera se encontrara en serias dificultades frente a la segunda.
La vieja escuela inglesa supuso, desde sus comienzos, que el libre mecanismo del mercado sería lo suficientemente sólido como para sacar del juego a aquellos que no cumplieran con la ética de sus reglas. No caben dudas que a esta altura del proceso esas cuatro palabras suenan a cuento de hadas. A un cuento que contaba el que estaba haciendo trampas, el que se beneficiaba con la credulidad de sus contertulios, como el embaucador sentado en una mesa de pocker. De tal modo que los más sagaces y sin escrúpulos comprendieron rápidamente que se habría un ancho campo para las especulaciones, para los fraudes, para las estafas y así lo hicieron. Entre los miles de operadores de los mercados bursátiles debemos reconocer a una estrella rutilante que alcanzó el cenit por su capacidad de mantenerse en la cúspide tanto tiempo y por el monto de sus operaciones: Bernard Madoff.
Cuando decía más arriba que había dos canales de ganar dinero, el segundo se fue convirtiendo desde los setenta en una operatoria virtual: se compraban y se vendían papeles. Es decir, se operaba con valores simbólicos de naturaleza opuesta a los bienes y servicios de la producción. Esos papeles son acciones, títulos, bonos, papel moneda, que se cotizan (no se valorizan porque allí no se crea valor) según la capacidad del comprador para creer en su consistencia. Muy parecido a los que compran alta costura, compran apariencia, imagen, status, todos bienes intangibles. Todo funciona más o menos bien mientras lo aparente se mantenga cerca de los valores reales, que la moneda circulante esté en proporción con la generación de valores reales, es decir en una proporción de no más de tres a uno. Hemos llegado a una relación de veinte a uno. Por tal razón, algunos pensaron que operaban con papel pintado. Cuando algunos de estos operadores tuvieron la sospecha de que lo que tenían en la mano carecía de valor comenzaron a vender, así comenzó la catarata que todavía no paró.
Cuando los poseedores de esos papeles toman conciencia de qué es lo que tienen en sus carteras comienza la corrida y se producen las crisis. Esto se fue agravando, pero de esto no se habla, cuando el tesoro de los EEUU comenzó a emitir papeles pintados de verde. ¿Qué extraña magia hace que un papel verde casi sin respaldo sea aceptado como moneda de pago? ¿Qué extraño mecanismo logra que no se haya desatado la una inflación devastadora? Les dejo la explicación a los economistas.
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