domingo, 14 de abril de 2013

La mediatización de las palabras IV



Si nos acercamos al problema de la mediatización, en su versión globalizada en manos de las multinacionales, podemos incorporar otro concepto utilizado por la filosofía y la psiquiatría: la alienación. Esto nos obliga a analizar sus contenidos. Recurriendo una vez más a la Real Academia, podemos leer: «Proceso mediante el cual el individuo o una colectividad transforman su conciencia hasta hacerla contradictoria con lo que debía esperarse de su condición». Wikipedia agrega: «El término “alienación” se emplea en varios sentidos según las diversas disciplinas, como la Medicina, la Psicología, la Filosofía, la Sociología y las Ciencias Políticas. La idea común a todo concepto de alienación hace referencia a algo que es “ajeno” (allienus en latín) a sí mismo que el sujeto ya no controla, un bien que se vende o un “yo” que se extraña».
Estamos acercándonos a comprender que, mediante el proceso de la alienación, una persona o una colectividad pierden el dominio sobre su propia conciencia, a través de procesos confusos, y se llega a creer ser lo que no se es, por una acción exterior que le va infundiendo o induciendo una imagen de sí que no se corresponde con su realidad. En la penetración cultural, esto se percibe en vivir, sentir o pensarse como un otro idealizado. El tema es muy abarcador. Sólo me voy a concentrar en sus aspectos culturales. Si bien con las guerras de conquistas de la periferia de la Europa de los siglos XVI y XVII comenzaron a percibirse la penetración cultural del invasor y el avasallamiento de las culturas autóctonas, quiero centrarme en los procesos del siglo XX, especialmente en la segunda posguerra.
Un investigador denunciante de este proceso, ahora padecido por la Europa de 1945 en adelante, es Jean-Jacques Servan-Schreiber[1] (1924-2006), quien publicó en 1968 el libro El desafío americano, que buscaba denunciar esa especie de “invasión cultural” por parte de la industria y la tecnología estadounidenses, bajo el aprovechamiento de la “reconstrucción” de las naciones afectadas por la guerra conocida como el Plan Marshall[2].
El triunfo en la Segunda Guerra le abrió al país del Norte la posibilidad de las inversiones en el exterior, que crecieron aceleradamente después de 1950, y sus activos, representados en sociedades multinacionales, se multiplicaron ya no sólo en los sectores de las materias primas, sino en la industria más avanzada como la electrónica y la computación, que naturalmente tenían que estar apoyadas por una amplia infraestructura de servicios que dieron lugar al desarrollo de grandes filiales en sectores como banca, seguros, hotelería, etc. Esto generó una incidencia de los modos y hábitos yanquis que fue penetrando en toda Europa.
Armand Mattelart (1936) es un renombrado sociólogo belga, coautor  junto a Ariel Dorfman, del clásico Para leer al Pato Donald, un ensayo —o un «manual de descolonización», tal como lo describen sus autores— que analiza una de las consecuencias de un tipo de literatura de masas, en ese caso, las historietas cómicas publicadas por Walt Disney para el mercado latinoamericano. Su tesis principal es que las historietas de la compañía Walt Disney no sólo son un reflejo de la ideología dominante sino que también, además, son cómplices activos y conscientes de la tarea de mantenimiento y difusión de esa ideología.
Esta misma tesis es sostenida por Jacques Toubon[3] (1941) por haber advertido, en 1993 a los europeos, del desastre cultural que suponía el privilegio dado en las salas de cine del continente para la exhibición de películas estadounidenses. Casi cuarenta años antes, aparecía una denuncia cultural, realizada a través de una comedia  italiana, que ponía de manifiesto las consecuencias de la “penetración cultural”: Un americano en Roma (1954). Nos cuenta la reseña periodística: «Narra la vida de Nando Moriconi, un encantador joven del barrio de Trastevere en Roma, obsesionado con todo lo americano. En su habla, alterna su marcado acento romano con unos americanismos inverosímiles y repite continuamente los diálogos que ha aprendido de las películas americanas, persiguiendo su sueño de viajar a América y descubrir la sociedad más poderosa del mundo».



[1] Fue un periodista, ensayista y político francés. Su libro El desafío americano, un brillante ensayo, sigue siendo hoy el mayor éxito editorial en Francia. Se tradujo a quince idiomas y vendió millones de ejemplares en todo el mundo.
[2] Fue el plan más importante de los Estados Unidos para la reconstrucción de los países europeos después de la Segunda Guerra Mundial, que a la vez estaba destinado a contener un posible avance del comunismo.
[3] Político francés, exalcalde de París, ex ministro y también diputado del Parlamento Europeo, que se distinguió cuando era ministro de Cultura de Jacques Chirac.

miércoles, 10 de abril de 2013

La mediatización de las palabras III



La cita del doctor Umberto Mazzei puede haber provocado en algún lector —poco avisado sobre este tipo de informaciones— sorpresa o desconfianza, ya que se ataca a un órgano al que se  presentó como el Cuarto Poder, el garante de la libertad de prensa, el defensor de la democracia y el portador de la verdad pública. Recomiendo recordar o ver la película El ciudadano[1], en la que ya se denunciaba, en la década del 40 del siglo pasado, este tipo de maniobras con la información. Sigamos leyendo al doctor Mazzei:
Hasta el siglo XX, los medios de información eran de propiedad difusa, cobertura regional y diferente percepción de la realidad. Durante el siglo XX, la propiedad de los medios de información se concentró, la cobertura se amplió al nivel nacional e internacional, las versiones de la noticia se fueron haciendo más  coincidentes y se instalaron los medios audiovisuales, que estimulan la pereza intelectual. El siglo XXI comienza mostrando la propiedad de los medios concentrada y la difusión de noticias muy orquestada. Hay un cartel internacional cuyas miras políticas van más allá de las definidas por el Consenso de Washington o la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Su técnica básica es mentir por omisión. Se amputan partes esenciales de la verdad o de la realidad histórica y política, mientras se inventa o exagera lo que se quiere revelar. El fin es demonizar personas o países, creencias o ideologías.
Este manejo de la información pública va quedando cada vez más al descubierto. La prensa nacional e internacional ha publicado noticias falseadas muy burdas como para que pasen inadvertidas. Ha ocultado operaciones guerreras en el Cercano y Lejano Oriente, con miles de víctimas que incluyen en cifras alarmantes a niños, mujeres y ancianos. Los bombardeos con aviones no tripulados (los “drones”[2]). ¿Cómo se explica esta intención tergiversadora en el manejo de la información pública? La razón reside en que la propiedad de esos medios está en manos de las grandes multinacionales cuyo proyecto apunta a la dominación global, tema que no debe ser público y debe ocultar los medios utilizados, principalmente militares. Sigamos con el doctor Mazzei:
La concentración de la propiedad y el anonimato de los accionistas dificultan la identificación específica de los intereses económicos, políticos o confesionales que orientan la manipulación de la información, pero el modo como los grandes grupos informativos coinciden en calificar los intentos de democratizar la información como atentados contra la libertad de expresión, indica temor a la transparencia. Datos europeos recientes muestran que la concentración aumenta, porque la crisis afecta más a los medios de información pequeños e independientes. Según El País (14/12/2012), desde el 2008, en España desaparecieron 132 revistas y 22 diarios, y se sumaron 6300 periodistas al paro. La inversión en prensa, radio y televisión cayó un 45%.
Hay más: si bien los medios despiden a periodistas y a empleados —y esto afecta a los pequeños y a los medianos—, a los grandes las pérdidas no les preocupan, porque obtienen sus utilidades con sus grandes empresas para las cuales los medios desarrollan una tarea política:
Pero hay cosas de más profundidad. La investigación descubrió complicidades entre la prensa y la clase política, entre el Grupo Murdoch y los dos partidos principales, entre la policía y los diarios. El Juez Leveson ya se pronunció sobre los vínculos entre barones de los medios y los políticos británicos, con un clásico “understatement[3]” británico: “Durante los últimos 35 años hubo, en esa relación, una insalubre proximidad”.



[1] El ciudadano es una película estadounidense de 1941, dirigida, escrita, producida y protagonizada por Orson Welles. Está considerada una de las obras maestras de la historia del cine. La trama examina la vida de Charles Foster Kane, basada en la del magnate de la prensa estadounidense William Randolph Hearst (1863-1951). Durante su estreno, Hearst prohibió mencionar la película en sus periódicos.
[2] Los drones, vehículo aéreo no tripulado, son capaces de un alto poder destructivo, aunque éste no se basa en el potencial explosivo de estos  proyectiles, sino en su enorme capacidad de penetración.
[3] Declaración exageradamente modesta, que encubre toda la gravedad de lo dicho.

domingo, 7 de abril de 2013

La mediatización de las palabras II



Pareciera que el relato de esa realidad que nos muestran los medios desmiente la impresión espontánea de nuestra realidad circundante, inmediata, cotidiana. Georges Perec dice:
La prensa diaria habla de todo menos del día a día. La prensa me aburre, no me enseña nada; lo que cuenta no me concierne, no me interroga y ya no responde a las preguntas que formulo o que querría formular… lo que realmente ocurre, lo que vivimos, lo demás, todo lo demás, ¿dónde está? Lo que ocurre cada día y vuelve cada día, lo trivial, lo cotidiano, lo evidente, lo común, lo ordinario, lo infra-ordinario, el ruido de fondo, lo habitual, ¿cómo dar cuenta de ello, cómo interrogarlo, cómo descubrirlo?
Esto nos obliga a preguntarnos por las razones que han dado lugar a este tipo de fenómenos. Una liviana actitud de personas, poco dadas a la investigación y a la reflexión, acepta todo esto como un resultado simple de los procesos socio-históricos, como una consecuencia natural del devenir del tiempo. No puedo conformarme con razones poco consistentes; por ello, vamos a avanzar por este camino. Debo advertir que es necesario problematizar el tema, atravesarlo con preguntas que nos llevarán inevitablemente también a politizarlo. Se nos cruza una palabra muy manoseada y tergiversada que ha padecido un desgaste intenso: “política”. Por ello, dejo aclarado que la utilizaré en el más clásico sentido aristotélico.
Aristóteles[1] parte de la base de que el fin superior del hombre es la búsqueda de la felicidad, que consiste en la vida contemplativa. La contemplación le permitirá discernir con claridad qué caminos conducen a ella. La vida en la comunidad es la condición para ese logro, que debe estar regido por la ética y, como ésta debe subordinarse al bien común,  desemboca en la política. Define al hombre como un animal social, «zoon politikon», que desarrolla sus fines en el seno de una comunidad. La política del hombre se explica por su capacidad del lenguaje, único instrumento capaz de crear una memoria colectiva y un conjunto de leyes que diferencia lo permitido de lo prohibido. De manera que nos encontramos con el tema que hemos estado analizando: la palabra como instrumento de la política, entendida ésta como el conjunto de propuestas y debates sobre ello, la coordinación de muchas acciones que debe tener en cuenta la voluntad de los demás. La política gira en torno a las leyes e instituciones creadas para elaborarlas y administrarlas.
La palabra que cruza el escenario social está siempre traspasada por la política, puesto que su misión es acercarse a los otros para comunicarles nuestros deseos, pensamientos, ideas, propuestas, que no deben marginar la participación y la voluntad de los otros miembros del espacio público: la comunidad.
Al abordar el tema de la palabra en el espacio público, sobre todo a partir de la Segunda Guerra, nos enfrentamos al de la concentración de la propiedad de los medios en muy pocas manos internacionales, y con el del uso que se hace de ellos. El Doctor Umberto Mazzei[2] nos advierte que no debe pensarse esto con mirada ingenua:
Desde el siglo XX, controlar la información sin usar constricción formal, para limitar el alcance de la mente y del espíritu, obsesiona a los ambiciosos del lucro desmedido, como los llamó Adam Smith. Es en los Estados Unidos donde se elaboró el modelo. Allí se redujo al mínimo en la educación media -la de la masa- la enseñanza de temas humanísticos, como la historia, la geografía o la filosofía, que son la referencia del pensamiento crítico. La idea es impartir sólo el conocimiento necesario para que el trabajador sea útil, pero ignorante en lo político. Eso permite forjar en la mente de las mayorías una visión del mundo alejada de la verdad, pero que la orienta según convenga a la ambición de los dirigentes. El truco sirve también a gobiernos que sin alharaca electoral tienen una clase dirigente visible, pero es en las democracias donde es más útil, porque allí los que de verdad mandan, se ven poco, pero usan la propaganda engañosa para promover sus títeres en los carnavales electorales.
Son muy duras y tajantes aseveraciones que nos imponen avanzar cuidadosamente, revisando sus contenidos[3]. Si bien este no es un tema nuevo, investigadores de la talla de Noam Chomsky, de Harvard y del Instituto Tecnológico de Massachusetts, han publicado bastante al respecto, pero el contenido de sus denuncias no son publicadas por el sistema de medios concentrados.



[1] Aristóteles (384– 322 a. C.), filósofo, lógico y científico de la Antigua Grecia, cuyas ideas han ejercido una enorme influencia sobre la historia intelectual de Occidente por más de dos milenios.
[2] Doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Florencia. Es Director del Instituto de Relaciones Económicas Internacionales en Ginebra.
[3] Para un estudio más detallado de este tema sugiero mis trabajos El control de la opinión pública y La democracia frente a los medios de comunicación, en la página www.ricardovicentelopez.com.ar .

miércoles, 3 de abril de 2013

La mediatización de las palabras I



Hemos analizado el papel central del lenguaje en la vida de cada ser humano, la importancia definitoria de su presencia, de su uso y de su interpretación. En gran parte, nos hemos movido dentro de un universo que suponía una relación personal, casi de cara a cara, en el proceso comunicacional. Pero la vida moderna ha mediatizado las relaciones personales, directa o indirectamente. Equivale a decir que, a diferencia de la interlocución de la sociedad tradicional, ha aparecido un intermediario que fue ganando cada vez más espacio. El neologismo “mediatizar” es el modo mediante el cual las ciencias de la comunicación se refieren a este fenómeno desconocido antes del siglo XX. Expresa la nueva realidad que se fue incorporando para re-estructurar la información que circula entre las personas, ahora planetarizadas[1].
La Academia define mediatizar como: «Intervenir dificultando o impidiendo la libertad de acción de una persona o institución en el ejercicio de sus actividades o funciones». Propongo una interesante comparación con el significado que da del verbo “desinformar”: «Dar información intencionadamente manipulada al servicio de ciertos fines. Dar información insuficiente u omitirla». La desinformación, según Wikipedia, «es la acción y efecto de procurar en los sujetos el desconocimiento o ignorancia y evitar la circulación o conocimiento de datos, argumentos, noticias o información que no sea favorable a quien desea desinformar. Habitualmente, es utilizada en referencia a los medios de comunicación, pero estos no son los únicos medios por los cuales se puede desinformar». Es fácil encontrar unas cuantas conexiones entre ambos términos.
El análisis de estas definiciones abre espacios de reflexión sobre el uso cotidiano del vocablo desinformar, sobre todo dentro de los mismos medios, algo que no sólo no hacen, sino que también los aguachentan bastante.
La presencia de esa mediación ha condicionado las subjetividades de los hombres y mujeres, con especial énfasis a partir de la segunda mitad del siglo pasado. Su presencia ha infiltrado nuevos modos de ver, pensar y comunicar los hechos de la realidad. El escritor Edgar Borges[2] ha reflexionado sobre este tema en un artículo que tituló Vida cotidiana y vida mediática. El título ya nos sugiere que nuestra vida, es decir nuestra relación con el mundo que nos circunda, puede ser vista, conocida, pensada desde dos dimensiones diferentes: una, desde la mirada directa de nuestros ojos; otra, a través de los medios que nos la muestran y relatan.
Borges parte de una cita de Georges Perec[3] (1936-1982), quien, pensando cómo nos llega esa realidad mediatizada, escribe:
Quien nos  habla, me da la impresión, es siempre el acontecimiento, lo insólito, lo extraordinario: en portada, grandes titulares. Los trenes sólo empiezan a existir cuando descarrilan y cuantos más muertos hay, más existen; los aviones solamente acceden a la existencia cuando los secuestran; el único destino de los coches es chocar los árboles: cincuenta y dos fines de semana al año, cincuenta y dos balances: ¡tantos muertos y tanto mejor para las noticias si las cifras no cesan de aumentar! Es necesario que tras cada acontecimiento haya un escándalo, una fisura, un peligro, como si la vida no debiera revelarse nada más que a través de lo espectacular, como si lo elocuente, lo significativo fuese siempre anormal: cataclismos naturales o calamidades históricas, conflictos sociales, escándalos políticos.
La cita da lugar al comentario de Edgar Borges  respecto de lo que cada quien observa en la calle, y compara la vida cotidiana con la  vida mediática:
Con el paso del tiempo, la estructura mediática dominante (en cada momento histórico), a nivel informativo, ha ido creando una vida artificial que muy poco o nada tiene que ver con la vida anónima, sencilla, íntima, de las personas. Del periódico que ejercía de intermediario del poder en una determinada región, pasamos al voraz crecimiento de una industria televisiva que en las últimas décadas del siglo XX terminó de consolidar la realidad, según el criterio del mercado de consumo mundial (bajo la dictadura del morbo y del miedo). Y hoy, siglo XXI, cuando las llamadas “nuevas tecnologías” (Internet, como la Madre Red) le “regalan a cada quien una realidad satélite de la realidad colectiva impuesta, hemos asumido (al ciento por ciento) el guion de una falsa (y mediocre) instantaneidad. Cambiamos la memoria vivencial por la memoria mediática. Ya no hay educación ni cultura que valga; la pauta la dicta la industria de la estupidez. Hay un molde de realidad para cada grupo consumidor.



[1] La palabra hace referencia a la expansión por todo el planeta.
[2] Escritor venezolano (1966). Ha trabajado el relato, la novela, la crónica y la dramaturgia.
[3] Fue uno de los escritores más importantes de la literatura francesa del siglo XX.