miércoles, 13 de noviembre de 2013

Subjetividad posmoderna y el buen vivir XIV



Entonces, a partir de este cuestionamiento, el buen vivir promueve una toma de conciencia que se va extendiendo desde los sectores marginados hacia las capas medias. Éstas, en su camino de pérdida de conquistas y de mejoras sociales percibidas ya como algo difícilmente recuperable reciben el mensaje esperanzador de un posible mundo mejor: el buen vivir. Un movimiento sintetizador de estas propuestas es el Ecosocialismo, cuyo título habla de una síntesis entre el viejo socialismo, ahora remozado y reformulado, y los movimientos ecológicos cuyas propuestas mostraban una despolitización que las convertía en poco viables. Enuncianda su postura, sostienen:
Por un lado, interpela los fundamentos de la civilización industrial capitalista, partiendo de las críticas a un modelo basado en el extractivismo y el consumismo. Por otro lado, invita a pensar en la vida buena, que a diferencia de la felicidad (algo "privado" y “psicológico”), se basa en elementos básicos que el Estado debería promover y que los ciudadanos tienen el derecho de disfrutar y desarrollar por completo: salud, seguridad (física o económica), respeto, libertad para actuar con autonomía, armonía con la naturaleza, lazos afectivos con los demás y con la comunidad…
Agrego a esto las afirmaciones del doctor en Ciencias Políticas Internacionales, profesor Matthieu Le Quang, quien colaboró con la Secretaría Nacional de Planificación y Desarrollo de Francia, en la elaboración del Plan Nacional para el Buen Vivir. Sostiene en un libro de reciente publicación, Ecosocialismo y buen vivir:
El mundo  atraviesa una crisis económica, social, ecológica y cultural que exige buscar soluciones innovadoras. Al ser global, invalida las soluciones locales, y al ser multidimensional, imposibilita adoptar recetas como las aplicadas en 1929, a raíz de la crisis, que produjo grandes pérdidas para los ecosistemas y para los países del Sur. Por el contrario, exige un profundo cuestionamiento de los fundamentos y valores de la sociedad en la que vivimos. Partiendo de la crítica al sistema imperante, se deben plantear alternativas. El objetivo de este libro es permitir un diálogo constructivo entre diferentes propuestas que se inspiran en culturas y cosmovisiones diversas, promoviendo un enriquecimiento mutuo entre el Buen Vivir y el ecosocialismo.
La propuesta de este autor abre el análisis sobre tres corrientes, dentro del Buen Vivir: la «culturalista», la «ecologista» y la «ecomarxista». El paso propuesto es morigerar el antropocentrismo de la cultura occidental desplazándose hacia un biocentrismo. La propuesta del Buen Vivir  permitiría integrar una mayor preocupación sobre las cuestiones ambientales. Su tesis defiende el aporte marxista puesto que  se lograría, de este modo, desarrollar su crítica al capitalismo y fortalecer los argumentos en torno a los cambios necesarios en las relaciones sociales, económicas y políticas. La mirada culturalista, además, agrega la integración de la problemática en la crítica a las desigualdades dentro de los pueblos indígenas. A la vez, contribuye a repensar la oposición Occidente-pueblos indígenas, sin invalidarla.
Un importante pensador, el filósofo y teólogo Leonardo Boff[1] (1938), que ha desarrollado una larga lucha de denuncias acerca de la tendencia a menospreciar el hábitat en los congresos y foros políticos y económicos, denominó a ese tipo de conductas: “ecocida” (‘deterioro del medio ambiente y de los recursos naturales’) y “geocida” (‘que atenta contra la vida toda en la Tierra’). Afirma:
Hay una aguda patología inherente al sistema que actualmente domina y explota el mundo: la pobreza, la desigualdad social, el agotamiento de la Tierra y el fuerte desequilibrio del sistema-vida. Las mismas fuerzas e ideologías que explotan y excluyen los pobres también están devastando toda la comunidad de vida y socavando las bases ecológicas que sostienen el planeta Tierra. Para salir de esta situación trágica estamos llamados, de una manera muy real, a reinventarnos como especie. Para ello necesitamos una sabiduría que nos lleve a una profunda liberación/transformación personal, pasando de señores sobre las cosas a hermanos y hermanas de las cosas. Esa transformación implica también una liberación/reinvención colectiva a través de otro diseño ecológico, que nos impulse a respetar y a vivir de acuerdo con los ritmos de la naturaleza. Debemos saber qué extraer de ella para nuestra supervivencia colectiva y cómo aprender de ella, pues ella se estructura sistémicamente en redes de inter-retro-relaciones que aseguran la cooperación y la solidaridad de todos con todos y dan sostenibilidad a la vida en todas sus formas, especialmente a la vida humana. Sin esta cooperación/solidaridad nuestra con la naturaleza y con los seres humanos, no encontraremos una salida eficaz.



[1] Escritor y ecologista brasileño. Se doctoró en Teología y Filosofía en la Universidad de Múnich, Profesor de Teología y Espiritualidad en varios centros de estudio y universidades del Brasil y del exterior, y profesor visitante en las universidades de Lisboa (Portugal), Salamanca (España), Harvard (EUA), Basilea (Suiza) y Heidelberg (Alemania).

domingo, 10 de noviembre de 2013

Subjetividad posmoderna y buen vivir XIII



Como tesis para la comprensión del proceso de cambio al cual pensamos dirigirnos, debo plantear que los obstáculos son muchos más de los deseables o esperables. Es indispensable saberlo de antemano para no perdernos en un laberinto de ideas desalentadoras. Además, los tiempos del cambio no son homogéneos, los tiempos individuales son necesariamente diferentes, y ese acompañamiento será una tarea nada sencilla. Debe contarse también con las fuerzas que se nieguen a cambiar por las más diversas razones, y suponer una sucesión de etapas asincrónicas que impondrá un trabajo de coordinación de parte de los sectores propuestos a liderarlo. Sostiene la doctora Cucco, como modos de proceder:
En relación con los procesos de transformación, los consensos instituidos no desaparecen fácilmente, y perduran en sus efectos, a pesar de los cambios en las condiciones sociales y materiales. Liberarse de los aspectos instituidos que son parte constituyente de nosotros mismos implica, por tanto, dentro de la intervención social, realizar acciones específicas y de modo propositivo, ya que supone estar trabajando sobre temas que nos atraviesan de parte a parte. Se puede trabajar una metodología participativa, pero si no se dan las condiciones de reconocimiento y de trabajo sobre nuestras actitudes autoritarias que se arrastrarán por un tiempo, nuestro saber y nuestras mejores intenciones pueden fracasar.
Los necesarios obstáculos que impone el pasado, incrustado en nuestras conciencias, plantearán una dura batalla interior que no debe soslayarse. Esa tarea, denominada la batalla cultural, debe ser asumida, en primer lugar, por los sectores sociales que lideren el cambio; se obtendrá de allí un aprendizaje necesario para compartir y trasmitir al conjunto. Agrega detalles de este proceso, como un diagnóstico necesario para tener en cuenta:
Las circunstancias sociales actuales afectan seriamente los procesos de un crecer saludable. La apología del cumplimiento inmediato de deseos, de la baja tolerancia a la frustración, junto al desprestigio de las normas y la dificultad adulta de poner límites adecuados, la falta de esfuerzo y la inmediatez que niega la idea de proceso dificultan los procesos de aprendizaje de vida. Cada vez más encontramos descontrol de impulsos y agresividad, junto a dosis de sobreestimulación de cosas que no pueden procesar, y promesas de abastecimiento absoluto. Un mal reaccionar suplanta la deseable relación intersubjetiva y muestra indicios del hundimiento de los espacios simbólicos. Las personas de hoy “hablan mucho, escuchan poco y piensan nada” expresaba con preocupación un analista social. El neoliberalismo y su gran industria de producción de subjetividad atacan hoy el núcleo mismo del proceso que nos constituye como sujetos autónomos.
Esta descripción de temas por considerarse no debe ser entendida como un impedimento de producir el cambio; sólo propone una mirada lo más realista posible para abordar las propuestas superadoras. Asumir así la inmensidad de la tarea realizable incluye los tiempos necesarios para alcanzar, al menos en parte, los objetivos propuestos.
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Comencemos a pensar el buen vivir. Una pregunta obligada que debe intentarse responder es: ¿qué se entiende por buen vivir? Esta pregunta es parte de un debate que se añade a las agendas de los movimientos  sociales de todo el planeta. Es un concepto procedente de los países andinos, y se ha incorporado a la reflexión de tantos pueblos y culturas que se proponen superar las condiciones de vida del Occidente actual. El “buen vivir” es una expresión con capacidad de expresar mucho de los cambios profundos que se van produciendo,  señal de  un camino hacia un horizonte deseado de diversos modos que tienen en común el sueño de un mañana más humano. Es un concepto contemporáneo alimentado con las luchas y prácticas de los modos de vida andinos. Sirve hoy, en todas las culturas, para cuestionar los fundamentos de nuestra civilización y, por tanto, para incitarnos a reflexionar acerca de la vida buena.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Subjetividad posmoderna y buen vivir XII



Podemos afirmar, como tesis que sustentará los pasos siguientes, que el capitalismo aparece y crece   indisolublemente unido a la alteración de los individuos, de las instituciones, de las relaciones sociales, políticas y económicas. El orden social naciente busca, entonces, instituir interpretaciones dominantes que se arraiguen en las subjetividades, al clausurar toda tentativa de cuestionamiento o interrogación, que acarrearía serios riesgos de debilitar el entramado de ideas y certidumbres sobre las que se comienza a asentar la nueva identidad colectiva. Esta institucionalización de significaciones, entendimientos básicos y  valores que fundamentan el nuevo orden definen, al mismo tiempo, las condiciones de lo pensable y lo factible. De ese modo, se mantendrán unidas y consolidadas la sociedad naciente y la subjetividad colectiva correspondiente.
Así toda formación económico-social "sujeta" su orden; cabe decir, también, que la sociedad es intrínsecamente historia y, frente a lo instituido, se pueden operar nuevos procesos instituyentes. En este sentido, queremos rescatar la vida cotidiana como un lugar privilegiado para la intervención de estos procesos. A pesar de ser considerada con cierto desdén como lugar de lo mero empírico, es imprescindible su estudio toda vez que se quiera comprender la interrelación entre el mundo económico-social y la vida humana. La vida cotidiana es el espacio idóneo para observar cómo se materializa una formación económico-social dada; cómo se instituyen  sujetos acordes con ese orden dado; cómo se invisibilizan los malestares que genera, dándoles estatus de normales y dejándolos sujetos a una queja sin análisis ni consecuencias, conformándose el estado de conformismo generalizado.
Este párrafo de la Doctora Cucco agrega precisiones que abren un abanico de ideas respecto de cómo se consolida un orden social y, al mismo tiempo, cómo se van configurando nuevos mecanismos de cambio hacia un posible avance en la búsqueda de un perfeccionamiento que prometa una sociedad cada vez más humana.
 El cambio social va acumulando pequeñas correcciones, producidas por otras tantas innovaciones de las conductas cotidianas que pueden pasar inadvertidas para los ciudadanos de a pie. Pero la acumulación de estas modificaciones en un momento actúa como las placas tectónicas profundas, en cuyos choques hacen sentir la fuerza del cismo. Los grandes cambios revolucionarios han sido precedidos por procesos similares. En momentos históricos en que las fuerzas sociales confrontan sus intereses, sus contemporáneos no siempre las viven como el cambio deseable; muchas veces se han presentado como un enorme caos social que arrasa con el orden existente. Además, como sucede habitualmente cuando el pensamiento acerca de la posibilidad de un mundo mejor se proyecta hacia lo exterior de las subjetividades humanas —como una necesidad de transformar las estructuras sociales, económicas, políticas—, se pierde de vista que están constituidas por una cantidad infinitas de pequeñas acciones personales, sustentadas por los valores e ideas imperantes.
Rara vez en la historia, los actores de los grandes cambios sociopolíticos fueron conscientes de qué estaba sucediendo. Hoy mismo, en todas partes del planeta, se van produciendo modificaciones no percibidas por su dimensión como cambios; pero después, desde la perspectiva histórica, se las define como procesos revolucionarios. Por tal motivo, prestar atención a los procesos individuales y grupales es parte esencial de un aprendizaje colectivo de percepción de los pequeños cambios emergentes que pueden anunciar las grandes reestructuraciones posteriores. Se puede decir que hay siempre pequeños laboratorios sociales que experimentan en la dimensión micro lo que posteriormente se proyectará en lo macro. Esos laboratorios van incubando los nuevos sujetos sociales que portarán, a su vez, las nuevas subjetividades creadoras de una  nueva sociedad.
Debemos ahora aventurarnos en el análisis de los nuevos escenarios posibles y deseables, con la conciencia de que estamos proyectando mundos posibles que requieren subjetividades acordes. Éstas deberán encarnar ese cambio, fruto de los consensos que se hayan ido tejiendo.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Subjetividad posmoderna y el buen vivir XI



Al colocar dentro de un marco específico: la sociedad capitalista, ahora en su etapa posindustrial, la subjetividad adquiere sutilezas que debemos poder detectar y explicitar. Si aceptamos lo ya dicho: Lo que instituye, materializa y hace posible una sociedad, está dado por la estructura de unas relaciones sociales, junto a la producción de universos de sentido que dice que "las cosas son como son". El lenguaje coloquial menciona muchas veces lo que se denomina el “sentido común” – agregando que es el “menos común de los sentidos”− para hacer referencia a tantas ideas compartidas que no requieren mayor aclaraciones. Si bien ese “sentido común” existe y trabaja cotidianamente, es mucho más de lo que se dice con esa expresión. El concepto “imaginario social” es más preciso y alude a un universo de cosas que escapan a la percepción del ciudadano de a pie pero que condiciona todo su modo de percibir y pensar. Ese imaginario funciona, podría decirse, subliminalmente, por debajo del umbral de la conciencia, pero es muy efectivo en la producción de ideas y concepciones sobre el mundo exterior.
La sociedad de posguerra avanzó mucho en el conocimiento de los mecanismos de producción de ese plexo de ideas, dedicó muchos recursos y esfuerzos de investigación de sus mejores centros y universidades para  someterlo a las necesidades de un poder que se iba globalizando. Erich Fromm (1900-1980) escribía a mitad de los sesenta del siglo pasado:
Las aplicaciones de la psicología se han generalizado a partir del manejo  del consumidor y del trabajador, al manejo de todo el mundo, a la política. Mientras la idea original de la democracia se basaba en el concepto del ciudadano responsable y con ideas claras, en la práctica esto se distorsiona cada vez más, por la utilización de los mismos métodos que se desarrollaron primero en la investigación de mercado y en las “relaciones humanas”.
A esta denuncia debemos agregar el manejo de los medios de comunicación, sobre lo que volveré en seguida. Avanza la Doctora Cucco:
Así, desde la articulación de un universo de significaciones imaginarias sociales que operan como corrientes de sentido, se puede regular el comportamiento de las gentes. La institución familiar es un ámbito privilegiado para realizar, paso a paso, este disciplinamiento de los comportamientos. Siempre, por lo tanto, todo lo que una sociedad establece como real conlleva una carga imaginaria. Aquello asumido como realidad social ("el empresario crea puestos de trabajo", "siempre existieron los pobres", "esto es natural de las mujeres", "los hombres son egoístas por naturaleza", etc., etc.) conlleva una interpretación colectiva solidificada socialmente y arraigada en las subjetividades.
El capitalismo es mucho más que un modo de producir y distribuir bienes necesarios – y de los otros−. Para lograrlo fue introduciendo en la conciencia colectiva valores y pautas de conducta que fueron transformando su idiosincrasia. Utilizo este concepto en el siguiente sentido:
La idiosincrasia (del griego "temperamento particular") es un conjunto de características hereditarias o adquiridas que definen el temperamento y carácter distintivos de una persona o un colectivo. Identifica las similitudes de comportamiento en las costumbres sociales, en el desempeño profesional y en los aspectos culturales. Las relaciones que se establecen entre los grupos humanos según su idiosincrasia son capaces de influir en el comportamiento individual de las personas, aun cuando no se esté convencido de la certeza de las ideas que se asimilan en masa.
El proceso de este paulatino cambio que se fue dando en la Europa de los siglos XVIII y XIX, a partir de la Revolución industrial, transformó a lo que podemos denominar el hombre tradicional, comunitario, fraterno, solidario, en un hombre individualista y competitivo, que fue acentuando estas características de su personalidad hasta aparecer consolidada en el siglo XX.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Subjetividad posmoderna y el buen vivir X



La relación que se entabla entre la conciencia y la vida exterior está enmarcada, desde su mismo origen, por las características propias de esa novedosa forma de vida que es la humana. Para lograr una comprensión más acabada y profunda, podemos pensar ese proceso desde dos dimensiones que se complementan:
Según la investigación filogenética, es decir, desde la aparición del género homo, se entabla una dialéctica por la cual se va condicionando mutuamente la configuración de la vida comunitaria, la cultura y su reflejo en la subjetividad primigenia. Cada una de ellas se desarrolla de modo acompasado, construyendo dos caras de un mismo proceso. La subjetividad es el modo individual por el cual cada miembro de la comunidad originaria configura su conciencia, que crece colectivamente en su proyecto de dominar el mundo circundante. Este es el resultado del trabajo social de todos.
 Ontogenéticamente, es decir observando la maduración de un bebé en su relación con su madre, primero; con el entorno familiar, después;  por último, su incorporación al medio social, muestra un proceso similar. En ambos casos, se evidencia la estrecha relación entre el modo de ser de la subjetividad de cada persona y el del medio cultural.
La doctora Cucco, cuyo trabajo venimos leyendo, traslada ese planteo a un escenario determinado: la sociedad capitalista. Esto nos permite acercarnos al modo específico en que se ha ido estructurando la subjetividad  posmoderna:
Ahora bien, para ocuparnos de la transformación de nuestra propia subjetividad en juego, será necesario determinar el proceso que genera una realidad e individuos afines a ella, aptos para reproducir un orden dado. Será preciso relacionar una formación económico-social [un modelo cultural] con el devenir subjetivo. Será necesario entender cómo se "fabrican el hombre y la mujer capitalistas". Será imperioso identificar nuestros comportamientos para no luchar por la autonomía, a la vez que en nuestra vida cotidiana reproducimos los de  dependencia. Será de gran utilidad comprender el papel de las formaciones sociales imaginarias dentro de la institución de la sociedad: no sólo se trata de un modo de producción económica, sino de un modo de producción social.
En las sociedades tradicionales, los mecanismos específicos y las identificaciones estaban en la superficie de los procesos sociales, por lo cual analizarlos era una tarea relativamente sencilla. En cambio, la complejidad de la sociedad moderna, potenciada por la aparición de su modo industrial capitalista, obliga a la utilización de instrumentos conceptuales mucho más finos y precisos. De allí que el lenguaje de nuestra investigadora se torne un tanto inaccesible: subraya y acentúa lo adelantado en el párrafo anterior. Señala la necesidad de deconstruir el mecanismo por el cual se "fabrica el hombre y la mujer capitalista". Y en este avance del análisis, advierte la necesidad de evitar caer en la trampa de pensar la subjetividad y las relaciones sociales como fenómenos autónomos, aunque se los califique como relacionados. En este juego, la autora denomina formaciones imaginarias sociales a los modos por los cuales la subjetividad asume como propio lo recibido del medio social, aunque no sea totalmente consciente de ello. La subjetividad resultante, pensada de esta manera, es siempre derivación de las relaciones dentro de un marco cultural; por lo tanto, su autonomía es, en gran parte, una forma engañosa de ignorar la dependencia. 
Lo expresa con estas palabras:
Por el contrario, no hay personas o cosas a las que se agreguen cualidades por estar en el sistema capitalista, sino que la relación capitalista es la condición de estar mediada por personas y cosas capitalistas. Así, la conciencia mitificada de las personas capitalistas es una condición del funcionamiento de una economía capitalista. Si los cambios político-sociales no caminan junto a la liberación de la psiquis del individuo, si se apuesta por lo social negando la subjetividad, toda construcción va a ser autoritaria.