domingo, 14 de diciembre de 2014

La guerra de los laboratorios en el mundo global V



 Las maniobras que he comentado dan una idea de la cantidad de dinero que se mueve en este tipo de negocios y la disposición de tantas personas que aceptan esa ilegalidad en perjuicio del público. La doctora Teresa Forcades i Vila nos comenta al respecto:
El extraordinario incremento de poder político y económico de las grandes compañías farmacéuticas estadounidenses se inició con la ley de extensión de patentes (Ley Hatch-Waxman) que la mayoría republicana de la era Reagan aprobó en 1984, y se consolidó con la creación de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 1994, destinada a asegurar que la globalización no atentara contra los intereses del gran Capital. Los márgenes brutos de esta industria son del 70 al 90% y su tasa de ganancias es la más elevada de todas (según la revista Fortune fue, en el año 2000, del 18,6%, versus el 15,8% de los bancos comerciales; la tasa de ganancias del laboratorio Pfizer, la mayor compañía farmacéutica, fue en el año 2004 del 22% del total de las ventas (53 billones de dólares). A pesar de dichas ganancias billonarias, la carga impositiva que paga la industria farmacéutica es muy inferior a la media de las empresas (de un 16,2% versus el 27,3% del promedio de la gran industria), mientras que su principal producto (los medicamentos de receta) incrementa de precio muy por encima del nivel de la inflación (de un 6 a un 20% todos los años).
Esto nos está poniendo en la pista de lo que se mueve por detrás de la compra de un medicamento que nuestro médico nos receta. Cuánto de negocio se agazapa detrás de los pretendidos congresos científicos, en la promoción de investigaciones “científicas” que apuntan sólo a lo que es más rentable. Sin olvidar las publicaciones de tantas revistas [excepto algunas serias] en las que opinan profesionales al servicio de esas grandes empresas. Este negocio internacional tiene una plataforma de lanzamiento en los EEUU donde las prácticas de cabildeo (presión sobre funcionarios) de lobistas profesionales[1], es decir de especialistas en conseguir que se aprueben determinadas leyes que faciliten, en este caso, el negocio de los laboratorios.
El lobby de las compañías farmacéuticas de EEUU (la PhRMA) contaba en el año 2000 con 297 lobistas profesionales, es decir, uno por cada dos congresistas. Dicho número –que ya superaba en mucho el de cualquier otro grupo de presión –, ha sido triplicado en los últimos años, de modo que en 2002 la PhRMA financió el trabajo de 675 lobistas, lo que significa que había trabajando en Washington, más promotores de los intereses de las compañías farmacéuticas que congresistas. Ello ha hecho posible que esta industria consiguiera las ventajosas condiciones que le han permitido dominar progresivamente el mercado mundial: el 60% de las patentes de medicamentos son de EEUU, versus el 20% de la Unión Europea. EEUU domina el mercado de los 50 medicamentos más vendidos (todos, blockbusters, es decir productos que pasan cada uno los mil millones de dólares de facturación).
¿Cuáles son los resultados de ese ejército de profesionales de la presión a funcionarios, para obtener más ventajas que aseguren una ganancia siempre en aumento? La Doctora responde:
Las exenciones y reducciones de impuestos y la multiplicación de leyes y pactos favorables a partir de la era Reagan muestran que la situación actual de desproporcionado privilegio de que disfruta la industria farmacéutica no es fruto del “libre mercado” sino de una política deliberada destinada a proteger una industria que en EEUU es tan estratégica como la del petróleo. En el año 2002, la suma de las ganancias de las 10 compañías farmacéuticas más importantes superó las ganancias combinadas de las otras 490 empresas que aparecen en la lista de las 500 industrias más provechosas de la revista Fortune (las 10 farmacéuticas más importantes, juntas, tuvieron un beneficio total de 35,9 billones de dólares y las restantes 490 empresas, juntas, tuvieron un beneficio total de 33,7 billones de dólares).
La Dra. Marcia Agnell, editora jefe durante casi 20 años de la revista médica de mayor impacto, el New England Journal of Medicine, afirma:
Una industria con tal volumen de ganancias es como un gorila de 500 kg: hace lo que quiere. Y Philippe Pignarre, directivo durante diecisiete años de una gran compañía farmacéutica y actualmente profesor de la Universidad de París-VIII, insiste en que «el mercado no es ni ha sido nunca una realidad “natural” sino “cultural” o “social”, o sea, fruto de reglamentaciones y normas que no regulan una “realidad natural” previa al establecimiento de las normas sino que “hacen posible”, “dan a luz” o “modifican” una realidad intrínsecamente cultural. El mercado siempre tiene normas que lo regulan. El “mercado libre” (libre mercado) no existe; existe, eso sí, el “mercado salvaje”, es decir, el mercado regulado según los intereses del rey de la selva o del gorila de 500 kg, y el “mercado menos salvaje”, en el que las normas intentan atemperar la avidez de los más fuertes.
La ley que impera en el mercado es la del sagrado lucro en crecimiento imparable.



[1] Un lobista es un profesional que realiza acciones dirigidas a influir ante la Administración Pública, las Cámaras de Representantes o funcionarios en general, para promover decisiones favorables a los intereses del sector de empresas para el que trabaja.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

La guerra de los laboratorios en el mundo global IV



Voy a continuar contando lo que la Dra. Forcades i Vila denuncia en su trabajo. Un año después de lo relatado en la nota anterior, apareció un artículo en una revista especializada (JAMA)[1] titulado Disfunción sexual en EE.UU.: prevalencia y variables predictivas. En él se afirmaba con seriedad científica que un 43% de la población femenina sufría la “nueva enfermedad” que se definía de acuerdo a lo que ya se ha mencionado antes: 
Los pasos seguidos para identificar a la “población enferma” fueron los siguientes: 1) se elaboró una lista de siete “problemas” considerados cada uno de ellos de suficiente peso como para justificar el diagnóstico de la nueva enfermedad si una mujer los había presentado durante dos o más meses en el último año; 2) se pasó el cuestionario a una muestra de 1.500 mujeres; 3) se evaluaron los resultados de forma que responder “Sí” a uno solo de los ítems se consideró criterio suficiente para identificar la enfermedad.
Queda claro que la manipulación en el manejo de las respuestas conseguía que la encuesta demostrara, precisamente, lo que se estaba buscando (¡las encuestas, las encuestas…!). Comenta nuestra autora que de este modo todas las mujeres que no habían sentido el deseo sexual durante dos meses o más, cualquiera fuera la causa de ello, quedaban encuadradas dentro de la definición de la enfermedad:
Independientemente de si estaban de luto por la muerte de un ser querido, preocupadas por falta o por exceso de trabajo, atrapadas en una relación insatisfactoria o gozando de una etapa de plenitud interior, todas ellas eran consideradas enfermas. Dos de los tres autores del citado artículo tenían vínculos económicos con laboratorios farmacéuticos.
Continúa afirmando:
El mismo año, 1999, tuvo lugar un tercer encuentro sobre el mismo tema organizado por la Facultad de Medicina de la Universidad de Boston, pero promovido y financiado por 16 compañías farmacéuticas. El 50% de los asistentes admitieron tener intereses en la industria farmacéutica. Del encuentro surgió el Forum para la Función Sexual Femenina, que celebró dos conferencias más en los años 2000 y 2001 en Boston gracias a la financiación de 20 compañías lideradas por Pfizer.
En el 2003 todas estas maniobras fueron denunciadas por Ray Moynihan[2] en una de las revistas médicas de mayor prestigio, el British Medical Journal. Los editores de la revista recibieron 70 respuestas con relación a ese artículo y dos tercios de las respuestas fueron en apoyo de Moynihan, éstas recogían la indignación de los médicos ante esas maniobras comerciales.
En diciembre de 2004, la agencia reguladora de los medicamentos en EE.UU. impidió que se comercializara el primer medicamento destinado a sanar la “disfunción sexual femenina” denunciando: los responsables de los estudios clínicos –todos ellos financiados y supervisados por Proctor y Gamble [laboratorios]- habían presentado sus resultados de forma sesgada, de modo que lo que se anunciaban como beneficios claros eran resultados dudosos que podían con mayor probabilidad producir efectos secundarios peligrosos −cáncer de pecho y enfermedades cardiacas−.
Concluye esta parte la doctora afirmando:
La disfunción sexual femenina (como cualquier otra enfermedad) tiene que ser estudiada en función de los intereses médicos de las mujeres afectadas y no en función de los intereses económicos. Yo comenté con algunos médicos esto y me contestaron que no era novedad, que cualquier profesional con años de práctica había ya visto muchas cosas como estas.
Por ello cierro con estas palabras de la Dra. Forcades i Vila: «Si los médicos no colaborásemos con los abusos de las compañías farmacéuticas, esos abusos no acontecerían». La connivencia de cierto sector de la profesión médica con las prácticas comerciales de los laboratorios internacionales posibilita el ocultamiento de este tipo de maniobras. Al manejar los medicamentos con el mismo criterio con que se maneja cualquier otro tipo de mercancía, éstos no se distinguen del manejo comercial en general. De este modo los medicamentos  se convierten en el mercado en un objetivo comercial sin más.



[1] JAMA es la sigla de Journal of the American Medical Association (Revista de la Asociación Médica Estadounidense), nombre oficial de la revista médica, el medio de divulgación de dicha asociación. Se publica semanalmente, 48 veces al año, siendo la revista médica de más amplia difusión en el mundo.
[2] Multi-galardonado investigador australiano, periodista especializado en salud, documentalista y autor. Trabaja como periodista de investigación en la Australian Broadcasting Corporation, y también en el Australian Financial Review; actualmente es editor del British Medical Journal.

domingo, 7 de diciembre de 2014

La guerra de los laboratorios en el mundo global III



 Los medios de comunicación nos informan sobre investigaciones que está realizando la justicia respecto a la venta y uso de medicamentos denominados “truchos”. Este es un problema serio, pero no puede dejar de sorprendernos por qué no aparece información alguna sobre investigaciones respecto de las maniobras fraudulentas de los laboratorios internacionales. Esto no invalida lo primero, pero pareciera funcionar como un telón que oculta delitos muchos más graves y de dimensiones insospechadas que realizan esos laboratorios. Hace unos años, como consecuencia de la lectura de un informe sobre el comportamiento de las empresas productoras de medicamentos escribí algunas notas al respecto. Hoy debo volver sobre el tema por nuevas denuncias de mayor gravedad. Lo que voy a contar se apoya en un folleto publicado por los jesuitas de Barcelona y su autora es una monja benedictina, doctora en medicina egresada de Harvard e investigadora, Teresa Forcades i Vila, quien ha venido sosteniendo una lucha con sus denuncias.
En este folleto se dedica a contar algunas cosas que hacen los laboratorios más importantes del mundo[1]. Por ejemplo, cuenta el éxito que Pfizer, la principal compañía farmacéutica de EEUU, cuya página web nos informa:
La historia de Pfizer habla de asumir riesgos y aceptar desafíos. Esta breve reseña de lo que fueron sus hitos fundamentales, permite entender cómo la pequeña empresa de ayer se convirtió en la poderosa Organización de hoy y remarca las fortalezas que están construyendo su futuro. Fundada en 1841 ha llegado a ser uno de los más grandes laboratorios del mundo. Su último éxito de mercado ha sido la presentación del Viagra, el fármaco fue patentado en 1996, y aprobado para su uso en disfunción eréctil por la Administración de Drogas y Alimentos de Estados Unidos (FDA) en 1998, se convirtió en la primera pastilla aprobada para el tratamiento de ese problema.
 Se ofreció a la venta ese mismo año, e inmediatamente se convirtió en un gran éxito: las ventas anuales de Viagra en el período 1999-2000 superaron los mil millones de dólares y facturó tres años  después de su aparición la cifra de 1.500 millones de dólares en el 2001. Las promesas de tales ganancias, que iban en aumento, movieron a los laboratorios a pensar la posibilidad de crear un Viagra femenino.
En tiempos en que se habla tanto de las multinacionales, de sus capitales, de sus maniobras ilícitas, de su expansión global que les da un poder con características casi divinas: son omnipotentes, omnipresentes y omniscientes, lo que les permite ocultar sus fines exclusivamente mercantiles, sea como fuere. Los laboratorios medicinales gozan de una aureola diferente porque se dedican a investigar y producir cosas que están ligadas directamente a la vida y el dolor. Un mundo como el actual tan fascinado por los resultados de la tecnología le otorga a los medicamentos poderes casi mágicos. Los laboratorios no desperdician estos aspectos que el imaginario social guarda cuidadosamente. Por el contrario los explotan puntillosa y científicamente.
No debemos dejar de lado una amplia gama de instituciones que colaboran en la creación y en el mantenimiento de ese imaginario social. Éstas cubren un espacio que abarca desde academias, universidades, empresas productoras de tecnología medicinal, revistas especializadas, entre las más serias. Luego aparece el mundo que comercializa los medicamentos que no desprecia el marketing y la publicidad. De estos últimos es fácil suponer que no se detienen demasiado en el cumplimiento de las reglas éticas. Pero veamos a los laboratorios que se presentan como serios.
Como consecuencia del éxito del viagra se reunieron en Nueva York especialistas médicos para definir El perfil clínico de la disfunción sexual femenina. La iniciativa, organización y financiación del encuentro corrieron a cargo de nueve compañías muy preocupadas por el hecho de que no existiera una definición de este trastorno compatible con un potencial tratamiento farmacológico. Los promotores de tal encuentro eligieron entre sus colaboradores directos las personas que debían asistir al mismo. El objetivo de la reunión era diseñar la estrategia adecuada para crear una nueva patología en función de los intereses económicos de la industria farmacéutica.
Creo que se va entendiendo bien, era necesario crear una nueva patología para la cual luego se pudiera vender el tratamiento adecuado. Sobre todo en un terreno tan publicitado hoy como lo es el sexo y el placer. Sigamos leyendo:
Un año y medio más tarde, en octubre de 1998, se celebró en Boston la primera conferencia internacional para la elaboración de un consenso clínico sobre la disfunción sexual femenina. Ocho compañías financiaron esta conferencia y 18 de los 19 autores de la nueva definición “consensuada internacionalmente” admitieron tener intereses económicos directos con estas u otras compañías.
Hasta acá vamos descubriendo dos verdades, celosamente ocultas por laboratorios, farmacéuticos y médicos como parte de este importante negocio internacional: la creación de una nueva enfermedad y la producción de los medicamentos adecuados para ella.




[1] Teresa Forcades i Vila, Los crímenes de las grandes compañías Farmacéuticas, Cuaderno nº 141. Se puede consultar en internet en www.fespinal.com.

martes, 2 de diciembre de 2014

La guerra de los laboratorios en el mundo global II



 Para aportar a una fundamentación seria, que consolide el contenido de lo dicho en la nota anterior, y  evitar de este modo caer en esa práctica tan difundida y tan perniciosa hoy como lo es el “opinologismo” presente en los medios concentrados, en especial la televisión, voy a proponer la lectura de citas de personalidades académicas, investigadores, profesores universitarios, que no son palabra habitualmente publicada en los grandes medios. Ellos nos ayudarán en este recorrido para comprender mejor el tema propuesto.

Comenzando por Pepe Escobar (1954), periodista de prestigio internacional cuyas investigaciones lo han llevado a vivir en lugares tan dispares como Londres, París, Milán, Los Ángeles, Washington, Bangkok y Hong Kong. Escribe cotidianamente una columna para Asia Times Online, y trabaja como analista para Russia Today y Tom Engelhardt's TomDispatch.com. Comentando las reuniones del empresariado  internacional dice:
Las sesiones ávidamente disputadas por la constelación de egos son rutinariamente anunciadas por cencerros que resuenan de un lado al otro del Centro de Congresos. Cada cencerro que resuene hasta el sábado usará un tono que corresponde al tema de la reunión de 2014: “La remodelación del mundo: consecuencias para la sociedad, la política y los negocios”. Esa remodelación es propuesta por muchos de los que causaron (o se beneficiaron de) la crisis financiera de 2007-2008.
¿A quiénes se refiere este analista internacional? Nos lo responde el Director de Navegación e Ideas, consultora especializada en desarrollo social y cultural. El sociólogo Doctor Juan Francisco Coloane, con una Maestría en la Universidad de Gainesville, Florida, es actual funcionario de Naciones Unidas:
El capital de las Corporaciones Transnacionales conforma un sistema mundial de bienes y servicios que se transan en procesos productivos fragmentados a través de un intenso comercio internacional. El circuito de insumos y productos adquiere vida en redes y franquicias manejadas por contratistas y los bienes y servicios que lo componen, en su gran mayoría pertenece a consorcios privados. Todo ello existe porque al nivel macro, el capital corporativo transnacional además de ser el principal propietario del circulante, diseña y controla el mundo. La implicancia consiste en que cualquier modificación mayor de política económica doméstica y con mayor razón, de política económica internacional, estará sujeta a ese flujo de capitales que proviene de las Corporaciones Transnacionales, especialmente las privadas.
Los dueños de ese enorme capital de miles de billones de dólares conforman una especie de Club Privado de los ricos. El Doctor Paul Krugman (1957) premio Nobel de Economía (2008); Profesor de Economía y Política Internacional en las universidades de Yale, donde se graduó, de Princeton, de Stanford y del prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), habla de ellos:
Lo primero que hay que decir es que esperar que los ricos no hagan ostentación de su riqueza es, por supuesto, poco realista. Si uno tiene la impresión de que en las décadas de 1950 y 1960 los ricos eran más comedidos, pues es porque eran mucho menos ricos, tanto en términos absolutos como relativos. La última vez que nuestra sociedad fue tan desigual como lo es hoy, las mansiones gigantes y los yates eran igual de ostentosos que ahora; por algo, Mark Twain llamó a aquella época la Edad Dorada.
Y agrega más adelante:
Aparte de eso, hay muchos ricos para los que la gracia está precisamente en alardear. Vivir en una casa de 3.000 metros cuadrados no es mucho más agradable que vivir en una de 500. Yo creo que hay gente que de verdad puede apreciar una botella de vino de 350 dólares, pero la mayoría de las personas que compran algo así no se darían cuenta si la sustituyésemos por una botella de 20 dólares. Así que, en gran medida, se trata de exhibirse, algo que, naturalmente, podría haber dicho el sociólogo y economista Thorstein Veblen[1].
El premio Nobel de Economía, Nouriel Roubini expuso en el 2º Congreso Internacional de Responsabilidad Social (noviembre de 2014):
Si se agudizan las diferencias sociales resultado de este orden económico mundial puede haber una revolución porque las empresas privadas no toman personal. Están reduciendo los costos laborales, eso es menos consumo y más peligro para las empresas. Deben implementarse políticas que sostengan el consumo de los trabajadores;  pero debo alertar por la acción de las élites que tienen poder de lobby y poder de voto. La combinación de dinero y corrupción tiene resultados desastrosos en la política económica.
Creo que podemos dejar como ya aclarado el panorama internacional que rige desde la segunda posguerra, etapa que los periodistas y ciertos investigadores han denominado con un concepto técnico, que esconde su verdadera naturaleza: globalización.



[1] Economista y sociólogo estadounidense (1857-1929). Se licenció en filosofía por la Universidad Johns Hopkins y se doctoró por la de Yale. Por su énfasis en los usos y costumbres sociales como fenómenos explicativos de la actividad económica, se le considera el fundador de la corriente institucionalista del pensamiento económico.