miércoles, 10 de septiembre de 2014

XIII.- La necesidad de la verdad



 Hace unos diez años, en oportunidad de presentar la candidatura del juez Baltasar Garzón[1] (1955) para el Premio Nobel de la Paz, Ernesto Sábato leyó unas palabras, importantes para recordar. Si bien, a mi juicio, tienen ese tono ético, tan propio de él —por lo que, de modo distinto del que hemos leído, se ubica en el plano del “deber ser”—, no por ello pierden el valor de ser útiles para contraponer otro modelo de información pública de masas, tan necesaria en esta etapa. Sus palabras, por momentos, adquieren un tono muy crítico, son un llamado para el ejercicio de un periodismo responsable:
El hombre de este tiempo vive delante de lo que acontece en el mundo entero. Y lo hace a través de la mirada de los periodistas; ellos son los testigos, quienes nos narran los acontecimientos. De ellos depende el cariz con que interpretamos los hechos, el partido que asumamos frente a lo que nos pasa como humanidad. El periodista habrá de deponer su propia visión de las cosas para abrirse a lo que sucede, comprendiendo que son sus ojos y sus palabras las que llevarán a los demás hombres la realidad de la que son parte. El periodista es así testigo, mediador e intérprete. La suya es una tarea de suprema responsabilidad. A lo largo de los años en que fue gestándose mi obra ensayística y literaria, yo mismo he colaborado con los diarios de mi país y con importantes medios gráficos de todo el mundo.
El escritor habla de su experiencia periodística y de las razones que lo llevaron a expresarse a través de la prensa:
Puede parecer contradictorio que un hombre habituado al silencio y la demora que requiere el ensayo y la literatura, sienta la necesidad, a su vez, de expresarse a través de esa palabra inmediata, del instante, que caracteriza a la escritura periodística. Así también lo ha hecho Ortega, y otros genios, y el propio Gandhi que, desde las columnas de un humilde y precario periódico alentó su revolución espiritual, el verdadero despertar del alma de su pueblo sometido. Sucede que, ante determinados acontecimientos, todo intelectual auténtico debe postergar su obra personal en favor de la obra común, poniendo su voz al servicio de los hombres, para ayudarlos a construir una nueva fe, una débil pero genuina esperanza. Entonces, en el vertiginoso suceder de los acontecimientos, la palabra que surge en respuesta logra evadir su destino fugaz y perecedero.
Ya creo haberme referido a la calidad de la participación de notables pensadores que aportaban su palabra docente, como guía de un pueblo necesitado de la palabra de los grandes maestros. Al referirse a su experiencia, transmite un modo de comunicar responsablemente en momentos en que es necesario ver con más claridad:
En este sentido, quienes trabajamos con la palabra, escritores, filósofos, periodistas, pensadores, y quienes a través de sus imágenes hacen oír el clamor de tantas voces silenciadas, todos nosotros, digo, más que una función pedagógica, tenemos un deber ético con las sociedades. Debemos restaurar el sentido de las grandes palabras deterioradas por aquellos que intentan imponer un discurso único e irrevocable.
La palabra de quien es poseedor de una mirada más profunda, que escarbe por debajo de la superficie de la realidad, es imprescindible, en ciertos momentos, puesto que brotan desde la autoridad de quien las pronuncia, autoridad bastante escasa hoy.
El periodismo es un formador de opinión pública que da un sentido crítico frente a los hechos de la vida. Hoy, el periodismo debe reconciliarse con sus mejores señas de identidad históricas por donde respire la libertad de opinión y la capacidad imaginativa de sus intelectuales. La prensa en estos últimos años ha adquirido una notable expansión social y política, jerarquizada por su labor en las áreas de investigación y cultura. Quienes tienen en su poder el funcionamiento de los grandes medios, han de permanentemente tomar conciencia de la gran transformación a la que pueden contribuir. Capacitados, como están, para intervenir en las graves necesidades a las que estos tiempos nos está enfrentando.
Advierte que el poder informático puede ser utilizado bien o mal y respecto de ello llama la atención:
Por la magnitud de su alcance, este poder es a veces utilizado por quienes pretenden perpetuar la hegemonía de un modelo único, sin alternativa. Imponiéndonos el yugo de una obscena globalización que justifica el sufrimiento de millones de hombres y mujeres, a la vez que nos relegan en una sensación de impotencia perpetua e inevitable. La sociedad está a tal punto golpeada por la injusticia y el dolor; su espíritu ha sido corroído tan a menudo por la impunidad, que se vuelve casi imposible la transmisión de valores a las nuevas generaciones. Sin embargo, la enorme posibilidad de modificar el aciago rumbo que venimos llevando se halla presente en el alcance ilimitado que los medios de comunicación poseen sobre la formación de conciencia de niños, hombres y mujeres.
Las palabras precedentes son un importante aporte al tema tratado en estas notas



[1] Jurista español que ha ejercido, entre otros cargos, el de asesor del Tribunal Penal Internacional de La Haya y el de director de la defensa jurídica del fundador de Wikileaks, Julian Assange.

domingo, 7 de septiembre de 2014

XII.- La crítica del periodista formador de periodistas



Atendiendo especialmente a la cantidad de trabajadores de los medios y, por tal razón, a su sustento de vida, uno de los ángulos que no se pueden pasar por alto —algo ya quedó dicho de aquellos prostituidos en la profesión— consiste en pensar la situación y la actitud del periodista dentro del cuadro que hemos venido analizando. Uno de ellos, docente de la Escuela de Periodismo del Círculo de la Prensa, Ernesto Martinchuk, adopta un punto de vista “profesional neutro”, según mi parecer, y nos ofrece algunas reflexiones interesantes. Sus definiciones apuntan hacia “un deber ser” que se desentiende de los problemas que he planteado. Pero es útil leer lo que escucha un estudiante de periodismo que, en su ingenuidad, acepta como la “verdad” de su futuro oficio:
Una de las condiciones para ser un eficaz periodista profesional es el sentido crítico. Un periodista es un crítico por naturaleza, y tiene que estar dotado por la naturaleza de un atributo que es la curiosidad. Todo lo demás es perfectamente suplantable con un buen aprendizaje. Conocer la técnica y aprender el oficio es una cosa, pero si el periodista no reúne básicamente una condición natural de curiosidad, es muy difícil que pueda llegar a ser eficaz en su oficio. El periodista primero debe buscar, observar lo encontrado y, luego, investigar lo observado, analizarlo y tomar nota. Luego debe redactar sobre todo lo acumulado, desarrollando su poder de síntesis.
Lo que dice es compartible, aunque suene un tanto a definición de manual. No quiero decir que no sea útil, sino que subrayo el tono que se puede contraponer a la realidad cotidiana del periodista. Continúa:
Este sentido natural de la curiosidad por la noticia es el incentivo que lo invita a juzgar el tema. Si el tema es asignado por un jefe, existen otras connotaciones colaterales que deberá juzgar para obtener el mayor  caudal informativo posible, debe dar la información en la menor cantidad de palabras y la mayor cantidad de datos posibles. Este es el instrumento más difícil de este  oficio. Un instrumento cuyo manejo se adquiere lentamente a través de la práctica constante. Es necesario leer y releer lo escrito pensando en que quien recibe el mensaje debe entenderlo. Muchas veces la soberbia nos impide releer lo escrito.
Se percibe el tono que trasmite una libertad muy grande en lo investigativo y en lo informado. Se parece en algo al estudiante de abogacía al que se le enseña a colaborar con el juez en la búsqueda de la verdad…
La experiencia y los años en la profesión autorizan a un periodista a emitir juicios. Pero si desarrolla el sentido de la crítica, también debe aprender a desarrollar la autocrítica, no sólo de su trabajo, sino también de su oficio». Lo que no dice, y sabrá él por qué, cuáles serán los condicionamientos que también aprenderá con el oficio. Luego hace referencia a algunas características del mundo actual de la información.
Hoy la información llega con una velocidad increíble a, y desde, cualquier punto del planeta. Casi todas las crisis recientes tienen alguna relación con las nuevas tecnologías de la comunicación y la información. Los mercados financieros no serían tan poderosos, si las órdenes de compra y venta no circularan por las autopistas de la comunicación que Internet ha puesto a su disposición. Esta velocidad genera, por una parte, gran caudal de información, pero por otra el riesgo de que la opinión pública no disponga de tiempo para analizarla, por falta de contextualización.
Parece una ingenuidad, y bien puede serlo, como les sucede a muchos periodistas de las generaciones anteriores, que advierte un riesgo atribuible a un tema técnico; sin embargo, arriesga una crítica. Aunque su escalpelo no llega al hueso, dice:
Existe un exceso de información que no es importante, y falta interpretación de las pocas cosas que realmente son importantes. Existe una invisibilidad, en muchos casos intencionada, del emisor. Ha llegado el momento de que los periodistas hagamos crítica y autocrítica de lo que hemos venido haciendo hasta ahora y separar lo que es la “empresa periodística” o “periodista empresario”, y lo que representa el verdadero ejercicio del periodismo. Hoy no nos asombran los “periodistas” que incursionan en el mundo de la publicidad. Suelen “vendernos” desde un seguro hasta una crema antiarrugas, con lo cual desacredita su profesión, aunque abulte sus bolsillos.
Su crítica llega al tono moralista, a la ética personal del periodista, el peso del concepto lucro impuesto por la “empresa” periodística no aparece, porque no lo ve o porque prefiere no abordarlo. Por ello, predica:
El único capital de un periodista es su nombre y su credibilidad. Notamos a diario informaciones que no están bien redactadas y, fundamentalmente en televisión, individuos que al transmitir una información reflejan su total carencia de los mínimos conocimientos culturales que debe tener un periodista. Del mismo modo, los responsables de cada área deben exigir a sus periodistas que las informaciones sean revisadas, chequeadas y corregidas antes de emitirse. Es una obligación hacerlo, ya que en alguna medida están formando la cultura general del pueblo.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

XI.- La verdad en los medios concentrados



La “verdad científica” se incorporó a la vida cotidiana, no como tal, sino en los modos de algunos términos que adquirieron carta de ciudadanía en nuestro lenguaje cotidiano: “hablar objetivamente”, por decir algo que se parezca un poco a la objetividad de lo comunicado; “hablar con precisión”, cuando se puede comprender, a poco que nos detengamos en ello, que lo máximo que se puede lograr es una aproximación con palabras cargadas de sentidos ambiguos; “describir con exactitud” cuando en la mayor parte de los casos eso es imposible. Claro está que quien lo solicita no es consciente de lo que está demandando y que, en realidad, pretende que lo que se le diga sea lo menos disparatado posible.
Pero se agrega a ello que después de un siglo cargado de descubrimientos científicos y avances tecnológicos, el XIX, nos encontramos con las dos Grandes Guerras que desmoronaron el prestigio de la cultura europea, madre del modo de pensar de una gran parte del  mundo,  proceso que arrastró todos los valores en los que habíamos sido educados. Poco quedó para creer. Allí ubico el comienzo de esa caracterización de la conciencia de la segunda mitad del siglo XX: relativismo, escepticismo, cinismo, que adquirió un nombre académico que la vistió con mejor ropaje: la posmodernidad. Sin embargo, parece que en el mundo de las comunicaciones se dio un proceso inverso. Si desde el siglo anterior los medios eran la expresión de un grupo determinado, político, filosófico, artístico, la última mitad, la de la posguerra, inauguró la modalidad de la información profesional, que ya hemos analizado, y se vistió de “objetividad periodística”.
La última década del XX empezó a develar lo que se escondía detrás de tal pretensión, analizado en notas anteriores. Por tal razón, recurrí a la cita de Stanley J. Grenz, que actualiza la pregunta de Pilato: ¿qué es la verdad? Ésta adquiere en este siglo XXI una virulencia, tal vez, demasiado fuerte para que el ciudadano de a pie se haga cargo de ella. Es demasiado pesada para la conciencia de ese hombre que vive corriendo sin saber de qué se está escapando, que prefiera “entretenerse” con liviandades, porque “la realidad es demasiado negra” para querer saber cómo es y qué está pasando. En esa condición de “hombre saturado”, prefiere no hacerse cargo de preguntas duras y pesadas. Si haber llegado a esa condición fue también resultado del modo de comunicar la información, los medios viraron inmediatamente hacia la mezcla de información con entretenimiento, el “infoentretenimiento”, del que ya algo quedó dicho.
Se ha producido un efecto de retroalimentación entre los medios y los consumidores. Los medios fueron acondicionando la conciencia de un público masificado, y ese público demandó productos de fácil digestión. La nueva modalidad encuentra allí su justificación. Y, ante ese público “educado” en la modalidad del  “infoentretenimiento”, se argumenta, hipócritamente, que el consumidor tiene la “potestad” y la “libertad” de elegir el medio por el que se quiere informar, al ocultar la mediocre monocromía de la oferta.
Tal vez, nuestra cultura haya adquirido una especie de antivirus, por lo que los propósitos de los grandes medios concentrados solo han llegado atenuadamente entre nosotros. Pero, para mirarnos en un espejo que nos devuelve la imagen de un futuro posible, de no tomar conciencia de todo esto y defendernos de esos ataques mediáticos, el público estadounidense es un ejemplo claro para estudiar. Repito algo ya  dicho en varias oportunidades: Homero Simpson es el ciudadano medio del Norte.
Podemos ahora desarmar esa especie de cóctel que terminó siendo la conciencia del consumidor mediático, un poco de escepticismo que se traduce por “todo es lo mismo”; una buena dosis de cinismo que se presenta en un “qué me importa”; otro tanto de relativismo, que reduce todo a un sin-valor parejo y se expresa en un “me da igual”. No debe ser tomado esto como una descripción amarga. Es una aproximación investigativa sobre cómo se ha dado en el mundo globalizado la relación medios-consumidor y, al mismo tiempo, una advertencia de lo que se propone el poder internacional concentrado.

domingo, 31 de agosto de 2014

X.- El tema de la verdad



Tomando en cuenta todo lo que hemos venido analizando, aceptando que la información es siempre un recorte respecto de la totalidad, casi infinita, de los datos que ofrece la realidad; que ese recorte sacrifica una parte mucho mayor que no se informa; que el criterio con que se elige y se desecha es, en alguna medida arbitrario, se impone una pregunta: entonces, ¿la información verdadera no es posible?; ¿cuánto de ella queda mostrada? En los tiempos que corren, en los que el relativismo, el escepticismo, el cinismo, han ganado una parte de la conciencia colectiva, cuantificarlo es imposible. Parece que utilizar el concepto “verdad” contiene una pretensión un tanto exagerada y soberbia, puesto que deberíamos también preguntarnos quién y cómo es el portador de ella.
La dificultad radica, según mi criterio, en el modo binario de presentar el problema: es “verdadero” o es “falso”. Es decir, se tiene toda la verdad o no se la tiene. De este modo de pensar es probable que hayamos desembocado en este tiempo cargado de incertidumbres que nos abisma en esa descripción  propuesta antes: el relativismo, el escepticismo, el cinismo. Ello, sin que la mayor parte de las personas tenga conciencia clara de que así se está dando nuestra relación con el mundo que nos rodea. Es más, esa mayoría o gran parte de ella rechazaría de plano tal caracterización. A pesar de ello, seguiré insistiendo en que mis análisis me llevan a afirmarlo.
Vamos a escaparnos por una rama que nos alejará del tema, pero creo que nos lo iluminará. Intentemos abordar el problema desde otro ángulo. La primera pregunta y base de todo este planteo es ¿qué es la verdad? Si nos internamos en la historia del pensamiento, descubriremos que la pregunta es tan vieja, que se remonta a los orígenes de la filosofía, por lo menos a más de dos milenios. De esa historia, podemos rescatar un momento que me servirá como excusa para seguir ahondando en la investigación. Recurro a un especialista en estudios evangélicos para colocar un punto de partida que nos remita a este hoy. Stanley J. Grenz[1] (1950-2005), profesor de Teología en Carey Theological College, Vancouver, que, partiendo de esa pregunta, dice:
“¿Qué es la verdad?", preguntó Pilato como respuesta a la afirmación de Jesús de que había venido al mundo a “testificar la verdad”. Muchas personas, especialmente los que se educaron antes del decenio de 1970, podrían descartar las nostálgicas palabras de Pilato como anticuadas maquinaciones de un escéptico premoderno. Una respuesta diferente recibiría hoy, sin duda, el gobernador romano ante los avances científicos modernos que han contribuido al descubrimiento de “muchas verdades” acerca del mundo, que se desconocían en el primer siglo. No obstante, en el momento que la comprensión científica de “la verdad” parece haber alcanzado indiscutible soberanía, la inquietante pregunta de Pilato —“¿qué es la verdad?”— ha resurgido con más fuerza.
La reflexión me parece pertinente, porque nos remite a confrontar con modos diversos de plantearse la pregunta. La respuesta “científica” ha adquirido una legitimidad aceptada en la cultura moderna que, en su terreno, no admite competencia. La refutación posible de esa verdad por verificaciones posteriores no    deteriora esa legitimidad; por el contrario; la refuerza. Ahora bien, el tipo de verdad que se presenta con esa legitimidad paga un precio muy grande, inadvertido por muchísimas personas que lo aceptan. Ese precio es la negación del recorte que opera sobre la totalidad de la realidad reduciéndola a aquella parte que sea factible de cuantificar, puesto que es esto una imposición metodológica insoslayable para pretender el carácter de tal.
Lo que quedó oculto durante siglos es que esa porción de la realidad material presenta ciertas características que corresponden a lo investigado, fundamentalmente, por la física y la química. Apartándose de esos territorios científicos, la certeza de las verdades enunciadas no logra el mismo grado de legitimidad.
Ese otro territorio fue propiedad de las humanidades y de las ciencias sociales más recientemente. Es precisamente aquí donde debemos colocar la verdad de la información. Por lo tanto, fue necesario abrir el “problema de la verdad” para poder avanzar en la búsqueda que nos hemos propuesto. Dejamos señalado que, cuando hablábamos de “objetividad” periodística, esta se parapetaba detrás del modo científico de investigar, vedado para la información de temas sobre el hombre. En la próxima nota, me extenderé sobre esto.



[1] Obtuvo un doctorado de la Universidad de Colorado, una Maestría en Divinidad. del Seminario de Denver y un Doctorado en Teología de la Universidad de Munich (Alemania), hizo su tesis doctoral bajo la supervisión de Wolfhart Pannenberg.