jueves, 16 de julio de 2009

Para revisar los olvidos

Es imperioso meternos a revisar las causas del olvido de la Nación. Porque el entramado de ideas, que se fue tejiendo a lo largo del último cuarto de siglo, operó como una sustancia corrosiva que fue minando las bases de los valores y creencias que habían llevado más de un siglo construir. Esos valores que constituyen lo mejor de nuestra tradición, sobre los cuales se edificó la argentinidad (palabra casi carente de significado hoy para nosotros, pero de notable significancia si se busca su equivalente en el juego interno de otras naciones) deben recibir una delicada atención de nuestra parte para desenterrarlos de donde fueron a parar. Se podría decir, casi una tarea arqueológica.
No quiere ello decir que esté afirmando que ya no existan en nuestra vida cotidiana. Por el contrario, porque creo que todavía mantienen la vitalidad que sólo las grandes ideas tienen, es que es necesario hacer estas excavaciones en la conciencia colectiva. En esa tarea se nos irá dando una experiencia casi psicoanalítica. Vamos a encontrar allí lo mejor de nosotros mismos cubierto por el polvo de décadas de aquella prédica ya mencionada. Prédica que fue operando como una amnesia de muchos que empujó a la copia de modelos y formas extrañas, por olvido de las propias. La argentinidad fue suplantada por la norteamericanidad. Nuestros chicos y jóvenes se fueron acercando a gustos, estilos, costumbres, prácticas sociales pertenecientes a una cultura orgullosa de ser lo que es pero que, por las políticas imperiales de sus dirigentes, se fue introduciendo en nuestras tierras provocando una colonización cultural. Ahora tendemos a pensar en inglés.
Esta tarea de rescate es la que nos permitirá reconstruir los cimientos, que deberán ser sólidos, para sobre ellos levantar nuevamente las paredes del edificio de la Nación argentina. Esos cimientos deben consolidarse con los viejos valores que hicieron a nuestro modo de ser, que abrevaron en las fuentes de la tradición judeocristiana y que recibieron el aporte de las culturas originarias. Conformando así un plexo de convicciones, de certezas, de ideas fuerza, que impulsaron a los hombres de comienzo del siglo XIX a proclamar al mundo que: «Se levanta a la faz de la tierra una nueva y gloriosa nación». Es necesario hoy volver a leer a esos hombres, sus vidas, sus ideas, sus creencias, sus convicciones, para darle fuerza de ánimo a esta tarea hercúlea de volver a levantar esa nación.
Por ello, creo, que en el trabajo arqueológico resplandecerán ante nuestra mirada viejas cosas aprendidas y olvidadas. Desde la grandeza de los héroes de la nacionalidad, argentina y americana, hasta los pequeños gestos y actos que configuraron nuestro perfil humano. No debe interpretarse esto como una negación de los costados oscuros de nuestro pasado, porque creo que esa es también una deuda pendiente con el pueblo argentino: emprender la aventura de reescribir nuestra historia, para darle a cada quien el lugar que le corresponde. Pero tampoco se debe caer en la adoración del pasado como pretenden los conservadores y restauracionistas. Es tal el deterioro al que hemos llegado, es tan poca la convicción del valor de lo que somos y debemos ser, que es preciso fortalecer el cuerpo de la nacionalidad para luego someterlo a los dolores de enfrentarse con la crudeza de su propia historia.
En esta tarea de reconstrucción deberemos detenernos en ciertos conceptos que han funcionado en nuestras conciencias como elementos perturbadores. La confusión habitual entre Estado y Nación como una sola idea no permitió delimitar con claridad lo específico de cada concepto. La Nación es una idea que parte de lo colectivo y se proyecta como un poncho patrio para abrigo de todos, con mayor énfasis en los que más lo necesitan; debe ser el marco dentro del cual se diriman los conflictos de intereses y expectativas apuntando hacia una equidad necesaria: justicia social, para ello no se deberá perder de vista la necesaria redistribución de las riquezas para el logro de una igualdad de oportunidades para todos. El crecimiento espiritual de la comunidad nacional requiere del libre ejercicio de su soberanía respecto de los intereses exteriores (hoy el de las multinacionales), acompañado de la libertad de las diversas comunidades interiores que conforman el todo mayor para un avance armónico: soberanía política.
Para una conducción atenta del sano y equilibrado desarrollo de estos objetivos aparece la figura del Estado. Teniendo presente que a lo largo de nuestra historia éste fue, muchas veces, el instrumento que se utilizó contra el logro de esos propósitos de la comunidad nacional. Por lo tanto, el Estado debe estar en manos de una dirigencia imbuida de una doctrina que sintetice lo ya expresado, en cuyo seno se posibilite el debate de los mejores caminos a recorrer. Entre los miembros de esa dirigencia debe acordarse un compromiso básico que será el pacto fundante de la nueva Nación, a partir del cual son admisibles las discordancias de las voces que representarán, en el ejercicio democrático. Estas voces expresarán las naturales diferencias de las comunidades interiores, de los diversos estamentos sociales, de las instituciones de todo tipo que componen el entramado de la vida de esa nación.
Por lo tanto, la primera etapa de esa construcción es de carácter ético, de responsabilidad ante los más sufrientes, a los que debemos devolverle todo lo que perdió o se le sacó, pero en primer lugar y sobre todo su dignidad de persona. Todos estos son temas para agregar a la agenda política. La madurez posterior evitará riesgos en la etapa de la reconstrucción, pero nos obligará a enfrentarnos con todas las dudas que el camino nuevo a emprender nos irá presentando. Una advertencia es necesario que nos hagamos. Todo esto es un ideal hacia el que deberemos ir caminando, sin olvidar que habitamos un territorio y una etapa en la que los ángeles y los sacrificados no abundan. Deberemos elegir los que más se aproximen a ellos y vigilarlos muy de cerca. Pero, digo una vez más, estar atentos a las ofertas políticas facilistas, con frases cortas y punzantes que nada dicen, y que prometen una rápida solución para todo porque ellos pueden.