domingo, 6 de diciembre de 2009

El poder de las grandes multinacionales

La entrevista en la que Miguel Jara está informándonos del resultado de sus investigaciones avanza sobre otros tipos de empresa que no difieren mucho en sus manejos de los laboratorios. Como propuesta de comprensión de todo ello habla de un concepto interesante: el actual desorden organizado. Idea que encierra una contradicción en su expresión que él explica de este modo: «El desorden organizado alude en buena medida, a los grandes grupos industriales que manejan la economía y la sociedad a su antojo y utilizan a la clase política para ello y para dar una sensación de legitimidad democrática a lo que es puro autoritarismo de mercado. Una sociedad en la que tantas personas enferman por el grado de contaminación al que hemos llegado, en parte porque existen muchas industrias que contaminan sin pudor, no es una sociedad sana, muy por el contrario. Pero ese caos es controlado por los grandes grupos industriales que además pretenden hacernos ver que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Una de las enseñanzas del libro Un mundo feliz de Aldous Huxley es que la sociedad totalitaria perfecta es aquella en la que el individuo es feliz en su alienación. El colapso ambiental se oculta tras la inconciencia de mucha gente. Muchos de nuestros conciudadanos están enfermando por “estar” en esta sociedad, como le digo. Los diferentes contaminantes despiertan hipersensibilidades en sus organismos. Al ignorar que eso es una clara señal de que nos hemos equivocado de camino habremos entrado en ese “mundo feliz” de la novela».
Una de esos modos de la inconciencia se puede detectar en el uso masivo de los celulares telefónicos. Cuenta Jara, en la primera parte de su libro, que en 2002, Gro Harlem Brundtland, una destacada médica y política noruega que es reconocida como una líder internacional en desarrollo sostenible y la salud pública era entonces la máxima responsable de la Organización Mundial de la Salud, comentó a un periodista noruego que en su oficina de Ginebra estaban prohibidos los teléfonos móviles. La doctora Harlem sufría hipersensibilidad a los campos electromagnéticos. La noticia fue publicada el 9 de marzo de 2002 en el periódico noruego Dagbladet. Meses después de publicarse la información, Gro Harlem tuvo que abandonar la dirección de la OMS. Denuncia Jara que, según el doctor Carlos Sosa, médico especialista en contaminación por irradiaciones electromagnéticas, ha sido Michael Repacholi, el máximo representante medioambiental de la OMS, y a la industria de la telefonía móvil, como autores de la renuncia de la Dra. Harlem. La denuncia sostiene: «El 5 de Julio de 2005 fue descubierto públicamente que el Dr. Michael Repacholi, persona responsable en el tema de evaluación de efectos sobre la salud de la tecnología móvil y de líneas de transporte de energía eléctrica en la Organización Mundial de la Salud, recibió 150.000 dólares al año de parte de la industria de telefonía móvil, para reuniones y viajes. Esto significa que transgredió las normas de la OMS que prohíben recibir dinero directamente de la industria».
El poder de corrupción de las grandes empresas no parece tener límites. Esto lleva al Dr. López Arnal a preguntar: ¿Los colegas científicos pueden comportarse con tan poca piedad? ¿Tanto poder tiene la industria de la telefonía móvil para descabezar nada más y nada menos que la dirección de la OMS? Ante esta pregunta responde Jara: «Todo sector industrial que se precie tiene grupos de presión, lobbies, a su disposición para infiltrarse y presionar en las instituciones más importantes. Esto lo hacen a diario y supone la desvirtuación de la democracia. Piense que las decisiones que hoy toman instituciones como la OMS o el gobierno europeo, la Comisión Europea, o cualquier gobierno, están muy influidas por los intereses privados. Parte de esa estrategia consiste en someter la ciencia a los intereses del mercado».