miércoles, 6 de agosto de 2008

Democracia y esperanza

No hace tanto se gritó desaforadamente por las calles: "¡Qué se vayan todos!", poco tiempo después se volvió a votar a muchos de ellos con aire de resignación. Pareciera que cierta gente necesita que estén los malos para poder tener razón y seguir sentada en su sitial de conocedora de la política. Estuvimos a pocos puntos, en las elecciones anteriores, de repetir la historia con de uno de los culpables del desastre social, y estuvo muy cerca en votos otro de los que repetían, aunque con mayor academicidad, el mismo repertorio de recetas. ¿Es que no somos capaces de aprender? Cuando en el mundo ha quedado claro que el neoliberalismo es el causante de los males que dice querer solucionar, los predicadores de ese evangelio siguen teniendo prensa y siguen teniendo auditorios dispuestos a escuchar. Ahora, que una parte de todo aquello quedó atrás, cuando gran parte de los escépticos se ven beneficiados por la nueva situación, cuando el consumo ostentoso de esos que gritan por que quieren ganar más llena el aire con sus reclamos, se acentúan las críticas olvidando de donde venimos y de cómo estaban mucho de ellos.
Pensemos en esta afirmación: «la democracia, tal cual la hemos conocido hasta aquí hoy es parte tanto de nuestro problema pero es, al mismo tiempo, nuestra solución». Pareciera, a primera vista otra contradicción más, un juego de palabras. Pero es necesario meternos en este problema para acercar alguna luz que nos ayude a avanzar. Sobre todo que nos saque del escepticismo en el que estamos sumergidos. El primer problema radica en la aceptación generalizada, por la opinión pública, pero que reconoce a muchísimos especialistas de las ciencias políticas como sus predicadores, que la democracia que se ha practicado en este poco más de un siglo, es la democracia sin más. Con lo cual nos colocamos en un callejón sin salida. Escuchemos la opinión de un economista liberal del Instituto Tecnológico de Massachussets, el doctor Lester Thurow:
La democracia y el capitalismo tienen muy diferentes puntos de vista acerca de la distribución adecuada del poder. La primera aboga por una distribución absolutamente igual del poder político,”un hombre un voto”, mientras el capitalismo sostiene que es el derecho de los económicamente competentes expulsar a los incompetentes del ámbito comercial y dejarlos librados a la extinción económica. La eficiencia capitalista consiste en la “supervivencia del más apto” y las desigualdades en el poder adquisitivo. A medida que la brecha entre la clase superior e inferior se ensanche y la clase media se reduzca, los gobiernos democráticos van a tener problemas serios para manejarse con la desigual estructura económica... La democracia, en cuanto al voto universal, es un sistema muy reciente y todavía no ha demostrado ser la forma política “más apta” disponible. Es decir, una sociedad que en teoría, está basada en la democracia y en la economía de mercado pero donde, en realidad, sucede que la democracia es derribada, destruida por la economía de mercado.
Quien habla, para que no queden dudas, es un defensor del capitalismo que advierte que hay cosas que andan muy mal. Entonces, la democracia que conocimos jaqueada por el sistema de mercado no funciona como democracia, por lo que se podría decir que todavía no hemos conocido una verdadera democracia. El simulacro formal que hemos conocido ocultó su impostura, se disfrazó de una igualdad para todos que negaba en los hechos al someterse a la impiedad del mercado. La democracia, que ha sido hasta ahora nuestro problema, es esta apariencia de democracia que practicó un sistema social autoritario y excluyente. Si esto no era una democracia de verdad debe haber otra democracia que lo sea auténticamente. Aquí aparece la necesaria intervención de un Estado que se ocupe de la distribución de las riquezas, poniéndole límites al mercado y atendiendo a los indefensos. Acerca de esa democracia es necesario que nos detengamos a reflexionar con mucha profundidad, porque allí se perfila el horizonte de un mundo mejor. Sobre todo hoy que se alzan voces iracundas en nombre de la democracia.