miércoles, 23 de septiembre de 2009

Sin compromiso no hay salida

Es importante comprender cómo las prédicas mediáticas tienen un objetivo de superficie y otro de carácter subliminal, si se acepta este retorcimiento el concepto. Intento decir que una lectura lineal y superficial de todo lo que fluye por la red, en todas sus variantes, peca de una inocencia que ha sido infiltrada por esa misma red mediática. No ignoro que decir esto genera rechazo de algunos (no importa cuántos) que no creen, con aire de saber de qué se trata, en lo que se denomina “las teorías conspirativas” (remito a mi trabajo Las brujas no existen pero…. en mi página de geocities). Una reconocida Doctora en Filosofía, Paola de Delbosco, asegura que nuestra incapacidad para decir “no”, cuando es necesario, se debe a que estamos inmersos en la cultura de la abulia, y nos cuesta comprometernos con la realidad. En su reflexión parte de cómo el lenguaje coloquial se expresa: «“Todo bien”, “da igual”, “no te metas”, “no es problema tuyo”» y agrega lo siguiente: «Hace un año, cuando estaba de vacaciones en una playa, me llamó la atención observar la cantidad de gente que hablaba por celular. Se comunicaban con una persona virtual, que no estaba junto a ellos. Cada uno habitaba su propio mundito, no era consciente de lo que sucedía alrededor, de la posibilidad de encuentro con otros, del disfrutar de lo simple, de la naturaleza».
Ella habla de «una perfecta metáfora de la sociedad actual». Avanza con afirmaciones muy fuertes: «Las personas le temen a la gente de carne y hueso, se refugian en lo virtual porque ahí no se le ve la cara al otro y uno termina la conversación cuando desea». Lo que está insinuando es que hay una actitud muy compartida de no meterse en el riesgo de ponerse a opinar por los riesgos de entrar en un debate desgastante, ser diferente en una sociedad masificada tiene riesgos de sufrir la discriminación de los otros que prefieren evitar. Ser sinceros respecto de lo que podemos pensar tiene aristas que pueden lastimar. Es preferible vivir livianamente, dejarse arrastrar por la manada, sumergirse en relaciones virtuales descomprometidas, ser uno más dentro de la marea humana, es un modo de sobrellevar la vida en una sociedad tan intimidadora.
Es bastante corriente atribuir esto a la posmodernidad como si se tratar de un fenómeno climático, se sabe que sucede pero no está totalmente claro por qué. La contratara de esto, o tal vez su esencia se deba al lento desmoronamiento de la cultura occidental, pero esto excede por mucho las posibilidades de este espacio de notas. La historia nos muestra que los períodos de decadencia van acompañados por un espíritu escéptico de profundo descreimiento de los valores que han sustentado el proceso que va terminando. Por tal razón la esperanza de poder hacer algo por mejorar lo existente se ve suplantada por la abulia, el descreimiento, la pasividad y la angustia. No otra cosa nos está sucediendo.
Un filósofo francés decía «En el desierto posmoderno todo es indiferencia, las grandes finalidades se apagan pero a nadie le importa un bledo, ésta es la alegre novedad», Gilles Lipovetsky en La era del vacío años atrás. La doctora Delbosco nos dice: «Hoy no nos escuchamos, no nos comprometemos con las cosas más chiquitas, ir a ver una película que nos gusta, decir en voz alta una idea que es nuestra por más que el resto opine diferente, ir a un curso que nos permite aprender algo nuevo. De lo chiquito a lo más grande hay una imposibilidad de comprometerse con la realidad, con algo que te llene la vida, que te haga sentir que tus capacidades tienen un buen destino… Los adultos de hoy son totalmente funcionales. Durante los cinco días de trabajo, se concentran con seriedad en eso y los fines de semana, cuando llega la hora de descansar, muchas veces se divierten con cosas evasivas, llámese alcohol, deportes riesgosos. Comprometerse con algo o alguien no resulta una alternativa fácil de tomar para la gente de hoy en día».
Es estimulante que ella diga: «Basta ver a los jóvenes. Se entusiasman mucho cuando se proponen situaciones difíciles. Por ejemplo, cuando se alejan de la ciudad y resuelven situaciones de pobreza extrema, donde les parece que las cosas no están hechas todavía y hay espacios para hacerlas. En esos contextos, están dispuestos a aceptar la incomodidad. Lo mismo sucede con los adultos; muchas veces los vemos pasar de una vida “fofa” a una más comprometida cuando ven que hay ciertas personas que están logrando cosas en este mundo que para ellos parece de “porquería». Sin embargo: «Este mundo embota la capacidad de responder porque parece ya hecho, ya pensado; está continuamente generando nuevas necesidades. Vivimos un tiempo individualista en el que la gente se encierra en sí misma y el otro molesta».

1 comentario:

manuel el coronel dijo...

Ricardo, la verdá que está fantástico lo que dice, lo que me lleva a pensar que en realidad, la internet, de revolucionario, poco che. y de materialismo, menos.