martes, 10 de marzo de 2015

El negocio de las investigaciones medicinales VI



El investigador Hinkes-Jones da más ejemplos de la relación comercial (¿legal?) entre los laboratorios y las empresas farmacéuticas:
En el caso de la empresa farmacéutica estadounidense Pfizer, su producto Neurontin contra las convulsiones, diversos académicos recibieron 1.000 dólares por suscribir artículos de prensa escritos por empleados desconocidos y por hablar en conferencias en las que se ensalzaron las virtudes de un producto –que estaba destinado inicialmente a los epilépticos–. La extensión de sus aplicaciones en el tratamiento de afecciones tan diversas como el trastorno bipolar, el estrés postraumático, el insomnio, el síndrome de las piernas inquietas, sofocos, migrañas y cefaleas tensionales, son avalados por los investigadores. Los consumidores no solo no reciben información correcta sobre la seguridad y la eficacia de los medicamentos que les recetan, sino que pagan tres veces por ellos: por la financiación pública de la investigación académica encaminada a descubrir esos medicamentos (impuestos), el sobrecosto de los fármacos patentados (publicidad) y la desgravación fiscal con que se benefician las compañías farmacéuticas por su patrocinio de las universidades.
Es evidente que la escasez de la financiación pública al sistema académico, sobre todo a los laboratorios de investigación, está íntimamente ligada al proyecto político de privatización de todo aquello que pueda ser rentable. Entonces, debido a esa mayor dependencia de la financiación privada, las universidades no han habían podido invertir regularmente en nuevas instalaciones. Esa financiación no debe ser vista con ojos ingenuos, hay detrás de ello un sometimiento a las políticas comerciales de las empresas. Sigamos leyendo a nuestro investigador que nos muestra el avance en construcciones de laboratorios:
Un estudio de McGraw-Hill[1] sobre el sector de la construcción revela que entre 2010 y 2012 las instituciones de enseñanza superior se gastaron más de 11.000 millones de dólares en nuevas instalaciones. Al emitir gran cantidad de obligaciones para financiar nuevos laboratorios de investigación biomédica y modernos gimnasios, las facultades esperan atraer a estudiantes y científicos de renombre, además de patrocinadores que les ayuden a pagar todo esto. Sin embargo, estas facultades se han endeudado hasta el cuello, de manera que ahora se hallan inmersas en el círculo vicioso de una carrera competitiva por las subvenciones. Invierten masivamente en investigación para atraer subvenciones y ofrecen los derechos de propiedad intelectual al mejor postor para poder sufragar los inmensos costes administrativos y las enormes deudas que han contraído.
Nos muestra, además, cómo y quienes terminan, en parte, pagando esos costos financieros que generan esas carreras de negocios, encubiertos por la aureola de prestigio que da la investigación biomédica:
La carga de esta carrera por el dinero y la fama recae en los estudiantes. En los últimos treinta años, el costo de las tutorías se ha multiplicado por seis. Hay cada vez menos ofertas de posgrado, incluso en ese mundo de la investigación académica en que se gasta tanto dinero. El flujo de dinero privado que inunda el sistema de investigación científica no ha contribuido a ampliar la gama de carreras académicas. En vez de emplear a más científicos de plantilla, las universidades contratan a estudiantes de posdoctorado y los dedican a investigaciones llamativas con el fin de atraer subvenciones. Estos estudiantes se gradúan entonces en especialidades científicas ocupadas por posdoctorados que compiten entre sí por un número cada vez menor de puestos de investigación disponibles. El resultado es un mercado de trabajo muy reñido en que hay demasiadas personas luchando por ocupar cada vez menos puestos. En todo el ámbito universitario, la presión por reducir costos conlleva la sustitución de los puestos fijos por la contratación de adjuntos peor pagados y carentes de toda seguridad de empleo, mientras que los salarios de los administradores y los rectores aumentan sin cesar.
Puede sorprender al lector descubrir esta otra faceta del medio académico de los EEUU, que se ha ido extendiendo a los países centrales. Pero no es más que una de las tantas consecuencias de mercantilizar la educación y la investigación.



[1] McGraw-Hill es una editorial estadounidense, con sede en Nueva York, fundada por James H. McGraw y John A. Hill en 1909. Publica obras científicas y técnicas, de economía empresarial, gestión, etc.