martes, 10 de marzo de 2015

Mirar el mundo I: Saber o comprender en el siglo XXI

Bajo el título MIRAR EL MUNDO comienzo una serie de columnas radiales que vengo presentando en el programa Ballotage, conducido por Carlos Quiroga, todos los miércoles a las 18 horas en Radio Universal, FM 95.5 de Bahía Blanca.
En el encabezado se puede escuchar la grabación de las notas y, más abajo, leer un resumen de la misma.









Saber o comprender en el siglo XXI
Ricardo Vicente López – 4-2-15

Creo que afirmar que nos ha tocado vivir en un mundo muy injusto, en el cual más de las dos terceras partes viven más que mal, y en el otro polo un puñado de familias se queda con más del 50% de las riquezas, puede ser compartido por mucha gente. Sin embargo, una gran mayoría acepta mansamente este estado de cosas convencida de que es muy poco, si es que hay algo, que se pueda hacer. ¿Cómo explicar esta terrible ecuación? La intención de esta columna es hacer una invitación a reflexionar sobre lo que contiene la pregunta, sobre las posibilidades de encontrar una gama amplia de respuestas. Con la convicción de que aprender a preguntar es comenzar a abrir el camino. Somos el resultado de una educación que nos llevó por el camino de respuestas ya elaboradas de las cuales hemos tenido muy pocas posibilidades de repreguntar. Bueno, de ello se trata.

Diagnóstico de estos tiempos

Debemos enfrentarnos a una época que nos muestra, entre tanta incertidumbre, que la única constante  comprobable es el cambio. Un cambio que, si bien no sabemos si adquirirá una mayor velocidad, percibimos por momentos su aceleración. Sin embargo, la hora sigue teniendo los mismos sesenta minutos y el día no ha agregado ni ha quitado nada a sus veinticuatro horas. ¿Dónde radica, entonces, esta percepción del aumento de la velocidad del tiempo? Solamente en nuestras consciencias. Pero, a pesar de ello, pareciera, que no es mucho lo que podemos innovar para domeñar este tiempo que se presenta tan esquivo.
El saber de las ciencias tradicionales se demuestra insuficiente para encontrar las respuestas que nos permitan aferrarnos a verdades sólidas. Han desaparecido las viejas certezas con que nuestros predecesores construían sus futuros. Miramos hacia adelante y nos invade una sensación de perplejidad, carencias y de inhabilidad para la tarea que debemos enfrentar si nuestra intención es comprender este mundo. El gran físico Albert Einstein (1879-1955) afirmaba con palabras terminantes: «Cada día sabemos más y  entendemos menos».
Si bien es cierto que no debe haber sido muy diferente para las mujeres y hombres que debieron afrontar el derrumbe del Imperio Romano o los cambios del siglo XVIII en la Europa occidental, no nos alcanza con saber que ellos también padecieron situaciones semejantes. Lo que nos sumerge en una cierta zozobra es la percepción de que la dinámica de los cambios que se avecinan escapa a nuestras previsiones. Se agrega a ello el saber qué expresa esa frase tantas veces escuchada, pero no siempre comprendida en toda su dimensión: «Esta no es una época de cambios, sino un cambio de época». Lo que nos está diciendo es que gran parte de lo sabido corre el riesgo de ser inútil, pero todavía no estamos totalmente en condiciones de poder discernir qué sirve y qué no.
Pedro Luis Barcia nos advertía no hace mucho:
La vertiginosidad que nos envuelve en lo cotidiano da la tónica de los tiempos. Estamos realizando nuestra tarea educativa en el seno del vértice de cambios en todos los niveles. Esto obliga a una doble atención: a lo que debemos consolidar en medio del cambio a través de nuestra labor pedagógica y a lo que debemos atender de estos cambios, para apelar de continuo al contexto móvil en que estamos insertos docentes y alumnos[1].
A pesar de ello, son evidentes las carencias del sistema educativo, en todos sus niveles, para encontrar respuestas posibles con las cuales procesar las características de este tiempo, ello impide encontrar los nuevos caminos. Se da vueltas en torno a cuestiones técnicas, administrativas, didácticas, suponiendo que algunas modificaciones circunstanciales, poco analizadas e implementadas por las exigencias de los tiempos políticos, más aún los electorales, puedan resolver el problema. Así es que en las últimas décadas hemos observado y padecido cambios educativos que pretendieron ser estructurales y que nos colocaron en esta intemperie. Éste, no es un problema sólo nuestro, es una de las consecuencias de una globalización achatante.
La UNESCO publicó en 1999 un estudio que fue redactado por Edgar Morin[2] (1921), y que contó con la colaboración de intelectuales pertenecientes a una importante cantidad de universidades de todos los continentes: Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. En él podemos comenzar a vislumbrar lo profundo y complejo del tema:
Cuando miramos hacia el futuro, vemos numerosas incertidumbres sobre lo que será el mundo de nuestros hijos, de nuestros nietos y de los hijos de nuestros nietos. Pero, al menos, de algo podemos estar seguros: si queremos que la Tierra pueda satisfacer las necesidades de los seres humanos que la habitan, entonces la sociedad humana deberá transformarse.
Es altamente iluminador, pero sorprendente, percibir que coloca la cuestión en todos y cada uno de nosotros. Es habitual que intentemos pensar en términos de los cambios estructurales, lo cual nos desculpabiliza al quedar fuera del asunto. Por ello, la condición de posibilidad para ese logro no parece ser sencilla. ¿Cómo lograr ese cambio? ¿Dónde encontrar los mecanismos adecuados para ese logro? La respuesta no es demasiado misteriosa, y a nadie escapa que debe ser la educación la encargada de producir esos cambios fundamentales. «La educación es “la fuerza del futuro”, porque ella constituye uno de los instrumentos más poderosos», sostiene Morin.
Sin embargo, por lo dicho antes, no es la educación que conocemos la que está en condiciones de hacerlo. ¿No es, en parte, lo que aprendimos con ella lo que nos ha colocado en esta situación? Einstein nos advertía sobre nuestra situación de personas viviendo el tiempo de cambio: «Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo».
En esa misma línea de pensamiento el Doctor Federico Mayor (1934); Director General de la UNESCO, escribió en el prefacio:
Uno de los desafíos más difíciles será el de modificar nuestro pensamiento de manera que enfrente la complejidad creciente, la rapidez y lo imprevisible que caracterizan nuestro mundo.
Para dimensionar la magnitud de la tarea que debemos enfrentar debemos pensar una educación acorde a las exigencias de los tiempos futuros; debemos aceptar que nos es difícil comprender la enorme dificultad de la tarea. Más difícil aún en cuanto el problema lo presenta la educación que hemos recibido. La paradoja se presenta así: pensar una educación para enfrentar toda esta problemática, debe comenzar en cambiar la estructura de nuestro pensamiento e incluir a todos los docentes.



[1] Barcia, Pedro Luis, Educación y Cambio, en  Cuestiones Educativas,  Editorial Magisterio del  Río de la Plata, 1997,  pág. 11.
[2] Profesor en la Universidad de La Sorbona en Nanterre, fundó la revista Argumentos y fue director del Centro para el estudio de la Comunicación de Masa.