miércoles, 24 de marzo de 2010

La crisis del capitalismo IV

Sin embargo, esto no fue siempre así, el comienzo de la aparición de una economía mercantilista, fue la evolución de una sociedad con una economía más comunitaria. Lo cual obliga a pensar las razones que impulsaron este cambio fundamental de la historia de occidente que transformó una sociedad comunitaria, solidaria, ética, volcada al apoyo de los más necesitados, en una sociedad competitiva, individualista, ambiciosa, codiciosa, que se desentendió de las consecuencias que provocó ese modo de crecimiento material y técnico. Un tema que no debe dejarse de lado y que no aparece por lo general es que éste fue un fenómeno socio-económico, con repercusiones graves en lo político, que tuvo inicio sólo en la Europa occidental, y dentro de ella en un área restringida. Es allí donde este comienzo adquirió a partir del siglo XVIII una fuerza y una velocidad que arrastró luego, en su expansión, a casi todo el resto del planeta. Esta particularidad no pudo escapar a la fina sensibilidad del profesor de Heidelberg, el sociólogo alemán Max Weber (1864-1920). Es interesante leer en su trabajo, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, como expresa esta particularidad que se convirtió en el fundamento de la construcción del capitalismo industrial:
“... cuando un hijo de la moderna civilización europea se dispone a investigar un problema cualquiera de la historia universal, es inevitable y lógico que se lo plantee desde el siguiente punto de vista: ¿qué serie de circunstancias han determinado que sólo en Occidente hayan nacido ciertos fenómenos culturales que, al menos tal como solemos representárnoslos, parecen marcar una dirección evolutiva de universal alcance y validez?”
Esos fenómenos culturales dieron forma a una sociedad que se expandió por el mundo en la búsqueda de negocios, no importando qué métodos se emplearan: saqueo, genocidios, colonialismo, etc. Sin embargo, sin que podamos entrar aquí en un análisis más detallado, es necesario advertir que Weber, como la mayor parte de los investigadores europeos, busca las causas de la aparición del capitalismo dentro del contexto de esa sociedad. Desprecian, de este modo, causas mucho más significativas que quedan ocultas para esas miradas, como el descubrimiento de un nuevo continente, la explotación y el saqueo colonial que allí comenzó. Se ignoran así las consecuencias de la introducción en el viejo continente de metales (oro y plata) que multiplicó por cinco o por seis las reservas de ellos que se tenía hasta entonces.
Los nuevos productos, obra de la mano esclavizada provenientes de la periferia colonial, colocaron las bases del desarrollo capitalista de los siglos XVI y XVII. La racionalidad de los procesos administrativos e institucionales que tanto destaca Weber es el signo de los nuevos tiempos, apoyados en la primacía de la Razón que postulara el filósofo francés Renato Descartes (1634-1706). Todo ello mueve al pensador argentino Enrique Dussel a enhebrar todos estos fenómenos afirmando que Hernán Cortés (1485-1547) había sentado, previamente, las bases de las conquistas coloniales que posibilitaron y requirieron la racionalidad que señala Weber. El ego cogito (yo pienso) de Descartes fue precedido en más de un siglo por el ego conquiro (yo conquisto) de Cortés. Las enormes ganancias acumuladas, a costa de la sangre de los pueblos de esa periferia, crearon la acumulación de capital necesaria para el salto económico que significó el capitalismo moderno. Este proceso económico adquirió tales dimensiones que hicieron necesario un ordenamiento racional para su manejo. Este origen manchado de sangre del capital previo necesario para el despegue es un tema que han esquivado la mayor parte de los investigadores. Por tal razón todas las elucubraciones acerca de por qué la periferia pobre no puede desarrollarse ocultan que es porque fue sometida, saqueada y explotada.
Esto no pretende desmerecer el genio europeo en la aceleración de la revolución burguesa y en el rumbo que le fue impreso a partir del siglo XVII, sobre todo con el traslado de su centro neurálgico de España a los Países Bajos, para posteriormente pasar en el siglo XVIII a Gran Bretaña. Sino que no debe pasarse por alto esta circunstancia, porque radica allí el punto de partida de un proceso que marcará a fuego el resto del desarrollo capitalista y la relación de los países centrales con el resto del planeta. Esa racionalidad se sigue expresando hoy, a través de los ajustes que siguen pretendiendo imponer los centros financieros internacionales, que ocultan la expoliación de los países dependientes de esos centros de poder. Esos centros, mediante la prédica de sus universidades, fundaciones y los institutos de los think tank (think es 'pensar' y tank es 'tanque', la traducción literal es tanque o contenedor de ideas), siguen mostrando la eficiencia del capitalismo central como ejemplo de un camino para el desarrollo de los países subdesarrollados, en vías de desarrollo o como se prefiera denominarlos. Esta prédica oculta que la estructura de poder político-económico internacional define el curso de las utilidades lo cual impide ese propósito dentro del actual ordenamiento internacional. Por ello este tema es necesario tenerlo claro, porque no significa un desprecio por la racionalidad productiva ni administrativa, sino un señalamiento de cómo esa racionalidad se la coloca al servicio de esa estructura de poder.