miércoles, 19 de septiembre de 2012

La mercancía humana I





 La década de los noventa pretendió colocarle un epitafio a las ilusiones de un mundo más equitativo. En el mejor estilo del pensamiento único[1] decretó que el socialismo había fracasado, la implosión soviética lo había demostrado, y que sólo restaba aceptar con crudo realismo el triunfo y el imperio del sistema capitalista. No voy a ingresar acá en el debate, bastante complejo por cierto, acerca de qué es capitalismo, lo dejo para otra investigación. Pero, me parece imprescindible salir al cruce de un escepticismo que se ha ido extendiendo por el mundo como una espesa capa de niebla: sin la utopía de un mundo mejor sólo quedaba la resignación de aceptar éste, tal cual es.
Lo que propongo, como marco conceptual para leer estas líneas, es partir de la aceptación de que el sistema global se desarrolla dentro de las normas de un sistema económico regido por las leyes del mercado. Aceptando esto como hipótesis, y sólo para este análisis, podemos acordar qué es lo que no toleramos, y no toleraremos, de esta versión del capitalismo que varios analistas, incluido el papa Juan Pablo II, definieron como salvaje. Será necesario plantearnos cuáles son los recursos institucionales disponibles para poner ciertos límites a los desbordes actuales, morigerando en alguna medida sus aristas más feroces. Esta es una tarea posible hasta tanto la Historia no nos ofrezca un escenario que habilite a soñar con otros modos de vivir y relacionarnos.
Durante las últimas décadas, en las cuales la peor parte de este esquema brutal caía con todo su rigor sobre los pueblos de la periferia, todo debate sobre esas injusticias parecía caer en el vacío ya que no había oídos disponibles en los dirigentes y teóricos de ese Primer Mundo que nos acompañara en esos reclamos. La doctrina del neoliberalismo parecía haber ocupado todos los espacios políticos. Pero el comienzo del siglo XXI nos sacudió con una crisis financiera (2007-8) de enormes repercusiones, cuyas consecuencias más profundas las estamos observando todavía en países centrales de economías capitalistas desarrolladas. Aparecen ahora con toda claridad y a la vista de todo el planeta las peores consecuencias sociales, culturales, políticas y económicas, que habían sido patrimonio exclusivo del padecimiento de los pueblos de la periferia.
Entonces se podría pensar que hemos avanzado en la comprensión política del problema. Por lo menos, una porción muy importante de la población mundial está comenzando a tomar conciencia de la necesidad de ponerle límites al capitalismo salvaje. Si bien esto es muy poco, comparándolo con las demandas revolucionarias de décadas atrás, es por lo menos un camino posible hoy para comenzar a recuperar parte de lo perdido y trazar nuevos senderos hacia un futuro más vivible. Prestemos atención en cómo se ve y se denuncian estas consecuencias desde los, hasta no hace tanto tiempo, los ricos del Norte.
El periodista Àngel Ferrero, miembro del Comité de Redacción de SinPermiso[2], ha publicado una nota en que reflexiona sobre la Europa actual. Cita en ella lo siguiente que apareció en una reciente publicación alemana:
Después de terminar los estudios les resulta cada vez más difícil encontrar un trabajo. La solución para  muchos: es emigrar. Cada vez más ingenieros, médicos, académicos y trabajadores cualificados hacen las maletas […] Sus destinos son sobre todo Gran Bretaña, los Países Bajos, Alemania y Noruega.
Después de esta cita, aclara: «El texto no se refiere a Grecia ni a España, ni tampoco a Portugal, sino a Polonia. Los flujos migratorios que están teniendo lugar en Europa desde el estallido de la crisis refuerzan la tensión entre centro y periferia y alimentan todo tipo de recelos hacia los alemanes».



[1] El periodista y profesor de la Universidad de París, Ignacio Ramonet, lo definió como: “Hay un solo tipo de problemas y hay una única solución para ellos”.
[2] SinPermiso es una revista electrónica semanal, un proyecto político de crítica de la cultura, material e intelectual, del capitalismo contra-reformado, desregulado, re-mundializado y re-liberalizado del siglo XXI.