sábado, 25 de enero de 2014

La inseguridad es una paranoia construida por los medios IX



Gracias al aporte de las investigaciones de los estudiosos que he consultado, hemos podido leer y pensar la tesis alrededor de la cual gira todo este estudio. Todo ello nos ha permitido un proceso de diversas aproximaciones. En mi opinión, hemos logrado encuadrar el tema de la inseguridad social dentro de un marco teórico, con las respectivas conclusiones de las investigaciones realizadas. Agrego, ahora, estos dos párrafos del profesor Hayward en los cuales se extiende para darle un primer cierre:
Muchos de los que delinquen no son capaces de descifrar el modo en que el capitalismo los está explotando porque no cuentan con educación o tienen una mala escolarización. No son capaces de manifestarse si no es a través de la protesta violenta. Lo que resulta interesante es que evidencian sus sentimientos en el mercado, llevándose los artículos que quieren: zapatillas, ropa deportiva, televisores de pantalla plana, etc. A la vez, muchos de los sentimientos que el capitalismo trata de engendrar entre los más jóvenes para hacerlos consumir pueden también utilizarse para explicar por qué provocaron los disturbios. Si se piensa en el consumismo, lo que se requiere de los jóvenes, especialmente, es una demanda constante por tener más, una demanda insaciable. La idea del consumismo está diseñada para que se diga: “lo voy a tener ahora, en realidad no puedo afrontar su costo, pero lo voy a conseguir”. Esta especie de suspensión de la racionalidad  normal, las prácticas irracionales, y la excitación consumista y demandante generan excitación y estimulación. En cierto modo, algunos de los rasgos que mostraron los disturbios fueron sentimientos o emociones similares: gente impulsiva, actuando por fuera del proceso de toma de decisiones, sin ser conscientes de que estaban siendo captados por las cámaras. Muchos pueden lidiar con esto y controlar la situación con eficacia. No obstante, algunas personas, y muy a menudo las más pobres dentro la sociedad, reciben la mayoría de los mensajes.
Esta afirmación corre el ángulo del delito, lo coloca como una de las consecuencias de una cultura que incita a consumir: en ella aparece una víctima que los medios convierte en un delincuente. Martillar la conciencia de los que están marginados mostrándole todo lo que podrían tener, pero a lo que no pueden acceder por estar arrinconados por ese mismo mercado que no les permite la entrada, es la expresión más perversa de este juego publicitario.
Algunos estudios realizados en los Estados Unidos sugieren que las personas más vulnerables de los barrios  más pobres son quienes están más expuestas a los avisos publicitarios, porque están mirando televisión todo el tiempo, no leen libros ni van al colegio, constantemente reciben el bombardeo de mensajes publicitarios. Incluso, los habitantes de algunos barrios pobres de los Estados Unidos ni siquiera pueden firmar o escribir su nombre, aunque conocen marcas muy exclusivas como Armani o Gucci, porque son bombardeados seis horas al día con promociones o publicidades. Son los más expuestos a la lógica que marca la cultura del consumo. No siempre, pero muy a menudo, fueron quienes estuvieron involucrados en los disturbios en Londres; con frecuencia, eso estuvo vinculado con lo que yo denomino la “mercantilización de la violencia” o el “marketing de la transgresión”.
La palabra del papa Francisco le da un cierre profundo a todo lo dicho hasta acá e ilumina con su sabiduría evangélica lo más hondo y estructural del problema. Ha escrito en el apartado Nº 59 de su Exhortación Evangelii gaudium que lleva como título: No a la inequidad que genera violencia:
Hoy en muchas partes se reclama mayor seguridad. Pero hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia. Cuando la sociedad –local, nacional o mundial– abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad. Esto no sucede solamente porque la inequidad provoca la reacción violenta de los excluidos del sistema, sino porque el sistema social y económico es injusto en su raíz.