domingo, 24 de febrero de 2013

El amor en los tiempos de la globalización IX



Ya he mencionado la necesidad de abordar este tema desde las diferentes facetas que presenta, incorporando lo que puede señalarse como la dimensión institucional del tema y, también, el cuadro estructural del cual emerge. Para ello, invitamos a presentarse en estas reflexiones, aporta de su particular mirada, a una investigadora de interesante itinerario. Profesora de la Universidad de Jerusalén, Eva Illouz  pasó por la carrera de Literatura y por la academia estadounidense. Nació en Marruecos, tiene una formación francesa y una trayectoria internacional. Ha trabajado, desde hace tiempo, el cruce de las emociones románticas y sexuales con la cultura y la economía en el capitalismo tardío, lo que la coloca en otro nivel del análisis y hace particularmente interesante su pensamiento.
Introduce un concepto un tanto revulsivo para las almas románticas: el mercado del amor, dado que observa los comportamientos y las relaciones sentimentales contemporáneos como un juego de ofertas y demandas, condicionadas por las reglas imperantes que aparecen por debajo de lo que podría suponerse como la libre elección. Y así como en el mercado capitalista se presentan de modo evidente los condicionamientos padecidos por esa supuesta libertad, se permite contrastar también a las relaciones sentimentales como recibiendo fuertes influencias externas a la subjetividad originadas en el marco mercantilista de la cultura dominante. Esto lleva a Eva Illouz a afirmar que «las reglas del juego amoroso funcionan como reglas de mercado».
Lo que para Marx era la mercancía, en mis investigaciones es el amor. Lo producen y configuran determinadas relaciones concretas que circulan en un mercado donde los actores compiten en desigualdad de condiciones. En el mercado de la pareja hétero, hay mayor predisposición de las mujeres al compromiso, y las monedas de cambio son el capital erótico y la propia subjetividad. Si hace varios siglos era habitual que un hombre construyera su virilidad en torno del sufrimiento que podía sentir por una doncella, hoy en día eso es impensable. Hace años que funciona la ley del “boys don’t cry”. Y menos por una mujer. En realidad, en esta sociedad utilitaria, el dolor no sirve para nada, y hay que descartarlo cuanto antes, porque obstruye la cadena de producción de amor.
No se puede negar que el lenguaje nos golpea; sus referencias y comparaciones ingresan desde un discurso al que no estamos habituados. Tal vez lo utilice, para golpear nuestra sensibilidad, llamándonos a un despertar para asumir estas nuevas realidades, que en realidad no son tan nuevas, han ido apareciendo subrepticiamente sin ser percibidas, y hoy se presentan ante nuestra incomprensión. Cuando afirma que la ley que condiciona las relaciones sentimentales es “muchachos no lloren” lo hace motivada en la contraposición entre la subjetividad del hombre y la mujer contemporáneos con la de nuestros antepasados. Y me pregunto: ¿cuánta influencia de viejas nostalgias nos estará impidiendo pensar todo esto con mayor distancia y objetividad?
La respuesta de Illouz sobre por qué se sufre por amor es sociológica y materialista:
Toda experiencia se encuentra contenida en las instituciones y organizada en ellas: la lectura va de la subjetividad a lo colectivo. Nos pasamos horas revisando los traumas de infancia para saber qué es lo que nos hace fracasar en el amor. Pero si las condiciones están dadas por las disposiciones culturales, en realidad el terreno de las relaciones amorosas no sería un parque de diversiones, donde cada uno elige con mayor o menor felicidad su propia aventura, sino un parque bursátil donde las acciones suben y bajan según las leyes de la oferta y la demanda.
En contraposición con los “viejos sentimentalismos románticos”, el amor pasa hoy por la racionalización y el desencanto. Sostiene: «La dominante cultural es la ironía, que es lo opuesto a la intensidad». Esta afirmación es el resultado de la investigación sociológica que ha desarrollado sobre la historia de la vida emocional. En esas investigaciones, llega a algunas conclusiones: la necesidad de asumir que  «el “yo” está moldeado por las instituciones y por los modelos culturales». Al estudiar la subjetividad en este nuevo enfoque, aparecen condicionantes que no se habían detectado, según la autora.