miércoles, 5 de junio de 2013

La filosofía “no sirve para nada” VIII



 Nos enfrentamos a una segunda etapa, una vez aceptada la necesidad de la filosofía como condición del comienzo de un pensar más profundo, más agudo, que intenta ver por detrás de las apariencias (según la Academia: aspecto o parecer exterior de alguien o algo; verosimilitud, probabilidad) y sumergirnos en lo más denso de la existencia. En esta, la tarea se impone como una búsqueda de las mejores respuestas sobre: qué es aquello que somos y qué deberíamos ser realmente. Equivale a preguntarse sobre lo más humano de lo humano, aceptando lo humano como una vida tendida hacia un futuro, un proyecto, sin desconocer que el pasado es el condicionante de la estructura de nuestro pensamiento actual. Advertimos que nos queda todavía mucho trecho por delante.
Una cuestión soslayada durante bastante tiempo, emparentada con las preguntas anteriores, es acerca de cuáles son las posibilidades reales de la persona, en su calidad de humana, de conocer en qué mundo vive, que choca contra la idea proveniente de la vieja tradicional definición latina del hombre como ser racional. Esta certeza se consolidó con el racionalismo de cuño griego clásico, replanteado por la filosofía francesa de los siglos XVII y XVIII, denominados la Edad de la Razón. Posteriores crisis del pensamiento europeo emergen en el siglo XIX, y fueron tres grandes maestros quienes las denunciaron. A ellos, el filósofo francés Paul Ricoeur[1] (1913-2005) los rescató como los Maestros de la Sospecha. Una buena síntesis de esta afirmación la encontramos en Wikipedia:
Los tres maestros de la sospecha: Marx, Nietzsche y Freud, aunque desde diferentes presupuestos, consideraron que la conciencia en su conjunto es una conciencia falsa. Así, según Marx, la conciencia se falsea o se enmascara por intereses económicos; en Nietzsche, por el resentimiento del débil, y en Freud por la represión del inconsciente. Sin embargo, lo que hay que destacar de estos maestros no es ese aspecto destructivo de las ilusiones éticas, políticas o de las percepciones de la conciencia, sino una forma de interpretar el sentido. Lo que quiere Marx es alcanzar la liberación por una praxis que haya desenmascarado a la ideología burguesa. Nietzsche pretende la restauración de la fuerza del hombre por la superación del resentimiento y de la compasión. Freud busca una curación por la conciencia y la aceptación del principio de realidad. Los tres tienen en común la denuncia de las ilusiones y de la falsa percepción de la realidad, pero también la búsqueda de una utopía.
Estos tres pensadores pusieron de manifiesto un proceso que había comenzado en el siglo XVIII, con la aparición de la producción en masa en grandes fábricas, en las que se transformó a los trabajadores en “animales para la producción”. La cultura europea, que florecía en sus sectores privilegiados, ocultaba la brutalización y animalización de las clases subalternas que iban generando un malestar sobre el cual estos pensadores se convierten en profetas. Las resultantes de estas investigaciones mellan profundamente la certeza de la capacidad de la Razón al develar sus limitaciones. Un siglo después, acontecidas las dos Grandes Guerras, este proceso estalló en la denominada Posmodernidad europea. El pensador J. I. González Faus afirma: «No entenderemos bien todo eso que se ha dado en llamar “posmodernidad”, si no percibimos que está hecha de dolor o, al menos, de decepción».
La duda se entronizó cuestionando valores que habían funcionado como columnas sólidas de la estructura cultural durante siglos, y que dejaban ahora en descubierto una relación sujeto-mundo, sobre la que se sustentaba la certeza del saber humano: la razón es el instrumento legítimo para conocer.  Los Maestros habían introducido una sospecha que fue socavando esa certeza. Ya no se contaría con las seguras respuestas de antes.
Esta síntesis, un tanto esquemática necesariamente, intenta colocar un suelo aceptable sobre el cual comenzar a construir un pensamiento crítico que nos despeje el camino de aquellos escombros para que, liberado el camino, podamos asegurar nuestra marcha hacia respuestas más hondas y densas a las  preguntas antes formuladas: ¿qué somos realmente? y ¿qué deberíamos ser?, que equivale a preguntar ¿Qué es lo más humano de lo humano?



[1] Filósofo y antropólogo francés, conocido por su intento de combinar la descripción fenomenológica con la interpretación hermenéutica. Licenciado por las Universidades de Rennes y de la Sorbona. Fue profesor de las Universidades de Estrasburgo y de la Sorbona, en París.