miércoles, 7 de agosto de 2013

La Doctrina Social de la Iglesia y el pensamiento político moderno I





La expectativa a que ha dado lugar la elección de un papa argentino, Jorge Bergoglio (1936) que adoptó el nombre Francisco, más las repercusiones que ese nombre generó al remitirse a la importante figura del pobre de Asís[1] (1182-1226), puede ser una oportunidad propicia para recuperar y poner en debate algunos contenidos de la Doctrina Social de la Iglesia como propuesta de carácter político ante las dificultades del mundo actual. Si la elección del nombre de aquel revolucionario de la historia de la Iglesia se hace presente simbólicamente en las primeras actitudes del nuevo papa, puede ser interpretado como un intento, que esperemos no se vea frustrado, de postular la humildad y la pobreza como el inicio de una recuperación de un modo de vida y pensamiento para repensar los aportes que esa importante institución puede hacer hoy. Para ello es necesario: «Hombres que amen la pobreza, sea la pobreza interior como libertad ante el Señor, sea la pobreza exterior como simplicidad y austeridad de vida. Hombres que no tengan “psicología de príncipes”», dijo en Brasil.
Otro factor, de no menor importancia, que me inclina a abordar este tema es la percepción de la lenta caída de la conciencia occidental en un escepticismo dominante. Diagnosticar este padecimiento colectivo como la consecuencia de la simbólica caída del Muro de Berlín se debe a que dejó sin alternativa aparente lo que se enseñoreaba como un capitalismo triunfante, que puso de manifiesto en las últimas décadas sus peores y agazapadas intenciones. La polarización entre el modelo de capitalismo estadounidense y un   supuesto socialismo real, la experiencia soviética, produjo, ante el derrumbe de ésta, un horizonte ideológico desesperanzador. Intentaré mostrar que aquella polarización, llamada la guerra fría, ocultaba otros caminos alternativos posibles y que la vieja sabiduría judeo-cristiana atesoraba propuestas posibles todavía.
Quiero dejar aclarado dos cosas: 1.- el título de estas notas puede despertar una actitud de rechazo, frente a esta posibilidad ruego que se permita el lector avanzar un poco en su lectura para después decidir; 2.- el tratamiento que haré de este tema no contiene ningún sesgo religioso. Los textos que citaré serán trabajados, dentro de esta investigación, sólo por su carácter histórico y por los contenidos ideológicos y políticos que contengan. Los análisis y conclusiones propuestos serán elaborados a partir de la mirada de una filosofía política. La intención es rastrear los contenidos sociopolíticos, que a lo largo de unos tres mil años fue atesorando la sabiduría bíblica histórica, los cuales abren una línea de pensamiento humanista dentro de la política.

Un poco de historia sobre estas dificultades
Debe destacarse la discordancia que se han producido entre los documentos sociales de la Iglesia católica y las conductas, declaraciones, posiciones políticas de las jerarquías, a lo largo de siglos. Esto ha provocado mucha confusión. Resultado de ello ha sido un distanciamiento, un divorcio o una actitud opositora de parte de  importantes sectores de la sociedad, en las diversas naciones de Occidente. Desde el siglo XVI en adelante, con la ruptura protestante, la modernidad europea comenzó a manifestar una dura crítica que se fue propagando por el resto del mundo. Para la experiencia indoamericana los comportamientos de algunos sectores de esa iglesia asociados a la conquista y colonización dejaron marcas profundas en la conciencia popular. Si bien algunos notables representantes, como fray Bartolomé de las Casas[2] (1474-1566), fray Antonio de Montesinos[3] (1475-1540), fray Pedro de Córdoba[4] (1482-1521), mostraron una conducta diferente, de protección a los indígenas y de denuncia de la explotación, sólo representan un aspecto minoritario dentro del cuadro social.
Como regla general fue creciendo, en algunos sectores de las sociedades occidentales, una actitud que variaba entre el distanciamiento y el rechazo. La historia de las iglesias y de muchos de sus representantes, se cruza con la historia del pensamiento cristiano y ello produce, para mucha gente, un gran desconcierto. Por ello el anticlericalismo, el ateísmo, el anticristianismo, el escepticismo religioso, el agnosticismo, son formas que adquiere la conciencia colectiva a partir de la modernidad europea. No es ajeno a esto el enfrentamiento de las burguesías europeas con las posiciones políticas de las jerarquías eclesiásticas ligadas a las monarquías durante los siglos XVII al XIX. La prédica de los intelectuales del iluminismo francés y de los liberales ingleses se expresó como la voz  de ese descontento. No debe dejar de decirse que mucho de todo ello tenía fundadas razones al achacar a esos dignatarios de las iglesias connivencias con los peores intereses de las aristocracias y las noblezas reinantes.
Es un sacerdote español, profesor de teología del Instituto Superior de Teología de Madrid, Luis González-Carvajal[5], quien escribe lo siguiente:
A partir del momento en que comenzó el proceso de secularización de la sociedad (entre los siglos XVI y XVII), la Iglesia - incapaz de descubrir los valores evangélicos que subyacían al mismo- se negó a despedirse de la cultura que fenecía, comenzando así una etapa de creciente aislamiento, podríamos decir que desde el siglo XVI la Iglesia ha vivido permanentemente a la defensiva... Alguien ha dicho cáusticamente que la Iglesia lleva siempre “una revolución de retraso”: cuando tuvo lugar la Revolución Francesa la Iglesia se aferró al Antiguo Régimen, logrando que la burguesía se volviera ferozmente anticlerical; cuando comenzó a fraguarse la revolución proletaria la Iglesia empezaba a sentirse a gusto en medio de la burguesía y se alió con ella frente a los trabajadores.




[1] Fundador de la orden franciscana, hijo de un rico mercader, Francisco era un joven mundano de cierto renombre en su ciudad. Disconforme con la vida que llevaba decidió entregarse al apostolado y servir a los pobres. En 1206 renunció públicamente a los bienes de su padre y vivió a partir de entonces como un ermitaño.
[2] Sacerdote español, llegó a la isla de Santo Domingo en 1502, influido por la prédica indigenista del fraile Antonio de Montesinos, renunció a sus encomiendas, para convertirse en un acérrimo defensor de los nativos que estaban siendo exterminados cruelmente por los conquistadores.
[3] Junto a la primera comunidad de dominicos de América fray Pedro de Córdoba, se distinguió en la denuncia y la lucha contra el abuso, explotación y el trato inhumano al que se sometía a los indígenas por parte de los colonizadores españoles
[4] Misionero y fraile dominico español, fue uno de los primeros evangelizadores de América y protector de los indios.
[5] Es Doctor en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca. Ha sido profesor de Teología Moral en el Centro de Estudios Teológicos «San Dámaso», en el Instituto Superior de Pastoral y en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia Comillas.