domingo, 25 de agosto de 2013

La Doctrina Social de la Iglesia y el pensamiento político moderno VI



Ya hemos visto el tratamiento del tema en el Antiguo Testamento, fuente donde la Doctrina Social de la Iglesia fundamenta su pensamiento social. Veamos ahora cómo aparece todo esto: la propiedad, la riqueza excesiva, la condición de los pobres, en la prédica y la práctica socio-política de Jesús de Nazaret (a quien me refiero, para esta investigación, sólo en su condición de personaje histórico, dejando de lado toda consideración religiosa). El registro que la tradición ha hecho en los Evangelios, nos permite recoger su pensamiento en algunas de sus palabras. Lo que queda claro en ellas es que si hay ricos, es porque hay pobres, no hay riqueza sin pobreza. El concepto riqueza, como Jesús lo utiliza, significa una gran acumulación de bienes en comparación con las escasas posesiones de otras muchas personas, y son poseídos y utilizados siempre por una minoría frente a una mayoría que carece de bienes necesarios. Contra esa situación Jesús es terminante, citaré algunas de esas afirmaciones:
«Dejaos de amontonar riquezas en la tierra, donde la polilla y la carcoma las echan a perder, donde los ladrones abren boquetes y roban»; «Nadie puede estar al servicio de dos amos, porque aborrecerá a uno y querrá al otro, o bien se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero»; «Más fácil es  que pase un camello por el ojo de una aguja que entre un rico en el Reino de Dios».
Ante el pedido de un joven rico que sostenía cumplir con todos los mandamientos de la Ley, que le  solicitaba a Jesús que le dijera qué debía hacer para ser uno de sus discípulos, contestó:
«Una cosa te falta: vete a vender lo que tienes y dáselo a los pobres, que Dios será tu riqueza; y, anda, sígueme a mí».
La riqueza, según esta doctrina, lleva impresa siempre una sospecha respecto a cómo se había conseguido. Los Padres de la Iglesia de los primeros siglos, fueron consecuentes con la prédica de Jesús. Como San Juan Crisóstomo, nacido en Antioquía a mediados del siglo IV, dice:
«Dime, ¿de dónde te viene a ti ser rico?, ¿de quién recibiste la riqueza?, y ése, ¿de quién la recibió? Del abuelo, dirás, del padre. ¿Y podrás, subiendo el árbol genealógico, demostrar la justicia de aquella posesión? Seguro que no podrás, sino que necesariamente su principio y su raíz han salido de la injusticia. Y hablo así, no porque la riqueza sea un pecado; no, el pecado está en no repartirla entre los pobres, en usar mal de ella. Nada de cuanto Dios ha hecho es malo; todo es bueno y muy bueno. Luego también las riquezas son buenas, a condición de que no dominen a quienes las poseen, a condición también de que remedien la pobreza».
San Ambrosio, obispo de Milán, también en el siglo IV, acusa:
«¿Hasta dónde pretendéis llevar, Oh ricos, vuestra codicia insensata? ¿Acaso sois los únicos habitantes de la tierra? ¿Por qué expoliáis a los que son de vuestra misma naturaleza y vindicáis sólo para vosotros la posesión de toda la tierra? En común ha sido creada la tierra para todos, para ricos y pobres, ¿por qué os arrogáis el derecho exclusivo al suelo? Nadie es rico ni pobre por naturaleza, pues ésta engendra igualmente pobres a todos… La naturaleza no distingue a los hombres ni en su nacimiento ni en su muerte. La naturaleza no engendró el derecho común; el uso establecido, el derecho privado».
San Basilio, obispo de Cesárea de Capadocia en ese mismo siglo, contesta con dureza:
«¿A quién, dices, hago agravio reteniendo lo que es mío? ¿Y qué cosas, dime, son tuyas? ¿Las tomaste de alguna parte y te viniste con ellas a la vida? Es como si uno, por ocupar primero un asiento en un teatro, echara luego afuera a los que entran, haciendo cosa propia lo que está allí para uso común».