miércoles, 28 de agosto de 2013

La Doctrina Social de la Iglesia y el pensamiento político moderno VII



Agregaré unas últimas citas para que pueda verse la coherencia de la predicación doctrinaria respecto de los temas sociales. Afirma San Basilio[1] (330-379):
«Tales son los ricos. Por haberse apoderado primero de lo que es común, se lo apropian a título de ocupación primera. Si cada uno tomara lo que cubre su necesidad y dejara lo superfluo para los necesitados, nadie sería rico, pero nadie sería tampoco pobre… Y tú, encerrándolo todo en los senos insaciables de tu avaricia,  ¿crees no cometer agravio contra nadie, cuando a tantos y tantos defraudas?… En resolución, a tantos haces agravio, a cuantos puedes socorrer».
La denuncia se extiende además a la violencia que los ricos ejercen contra los pobres, porque les molesta ver que éstos puedan tener algo que ellos no tienen. El profesor de la Universidad de La Rioja, España, José Vives (1961) compara esto con la historia bíblica de Nabot narrada en el libro de los Reyes que podría ser hoy relatada en diversas partes del mundo actual:
«La historia de Nabot sucedió hace mucho tiempo, pero se renueva todos los días. ¿Qué rico no ambiciona continuamente lo ajeno? ¿Qué rico no trama arrojar al pobre de su pedazo de terruño y anular las lindes del campo que el miserable recibió de sus antepasados? ¿Qué rico se contenta con lo que tiene? No ha sido Nabot  el único pobre asesinado: cada día un Nabot cae por los suelos; cada día algún pobre es asesinado».
Subraya, el profesor, la novedad radical de la concepción patrística con respecto al derecho romano vigente en aquella época, que volvió a tomar vigencia en el derecho burgués en el mundo occidental:
«Esta novedad consiste en el rechazo de la doctrina del derecho romano que dictaminaba que cada uno podía usar simplemente privata ut propia (en el sentido de que “cada uno podía hacer de lo suyo lo que le viniera en gana”), para agregar que de alguna manera también privata sunt communia, es decir, que la privatización sólo se justifica en cuanto y en tanto real y efectivamente contribuya mejor al bien de todos».
Avanzando en el tiempo, para no recargar este texto, nos detenemos en el siglo XIII, en Italia, para leer cómo se interpretó el tema en las palabras de un filósofo y teólogo fundamental para esa etapa. Allí nos encontramos, en continuidad con las doctrinas expuestas sobre los bienes y la propiedad sobre ellos,  con Tomás de Aquino[2] (1225-1274), quien hace el siguiente planteo:
Todo lo que es contrario a la ley natural es ilícito; y según el derecho natural todas las cosas son comunes, (es decir) a esta comunidad (de bienes) repugna la propiedad de posesiones. Por lo tanto, es ilícito al hombre apropiarse de algún bien exterior...  A la primera objeción hemos de decir que la comunidad de bienes es de derecho natural, no porque el derecho natural exija que todas las cosas han de ser poseídas en común y nada pueda ser poseído como propio, sino porque, según el derecho natural, no hay distinción de posesiones, que es más bien una convención (o pacto) humana, que pertenece al derecho positivo... Por lo que la propiedad de bienes no se opone al derecho natural, sino que está sobreañadida al derecho natural por la invención de la razón humana.
Sin menospreciar las dificultades del lenguaje que utiliza, propio del medioevo, intentemos comprenderlo: es natural el derecho de las comunidades que se encuentran en una etapa originaria, como ya vimos, en la que los bienes eran comunes. Lo que está en el centro de la cuestión es el bien común, no puede éste estar subordinado a un legalismo imperante en una determinada cultura, ni a un sistema social que acepte e imponga el orden establecido como el bien a preservar. De allí se concluye que es contrario a la simple intuición encontrar la naturaleza repartida, entre un conjunto de hombres propietarios y otro mucho mayor de excluidos de la propiedad, si se tiene en cuenta que en el origen no había propietarios, “todos los bienes eran comunes”.


[1] Llamado Basilio el Magno fue obispo de Cesárea, y preeminente clérigo del siglo IV. Es santo de la Iglesia Ortodoxa y uno de los cuatro Padres de la Iglesia Griega.
[2] Fue un teólogo y filósofo católico perteneciente a la Orden de Predicadores, el principal representante de la tradición escolástica, y fundador de la escuela tomista de teología y filosofía.