domingo, 6 de julio de 2014

El capitalismo y la felicidad humana XI



En la nota anterior, mencionamos los denominados derechos de segunda generación. Son aquellos cuyo reclamo surge cuando las necesidades básicas comienzan a ser satisfechas. En nuestra América, ya se han originado casos en los cuales la demanda no se dirige a comida, vestido o salud: en buena medida —como indican informes de instituciones internacionales—, se ha logrado un nivel aceptable de demandas básicas, aunque no totalmente satisfactorio. Lo que ha provocado la sorpresa de algunos periodistas o analistas de los medios concentrados es el surgimiento de conflictos por reclamos de mejor educación, mejor transporte, mejor trato de los funcionarios, etc.
Esto se coloca en línea con lo afirmado, en páginas anteriores, por Richard Layard respecto de la incidencia  de las metas conseguidas, en comparación con las obtenciones de otros (personas o grupos sociales).
 Podemos calificar la satisfacción como absoluta o relativa; la primera se mide desde sí misma, la segunda, en comparación con la de los otros. Ejemplifico: sectores sociales de las generaciones de fines del siglo XIX y comienzo del XX podían vivir en cierta pobreza satisfactoria (“pobre, pero honrado”), con un limitado  consumo de bienes. Fundamentalmente, a partir de la segunda posguerra, aparece una importante capacidad publicitaria comercial que incita a poseer lo que se le propone como deseable. El deseo puede ser ilimitado, en la medida en que sea provocado constantemente, y este es el gran descubrimiento del mercado de las últimas décadas. La felicidad comienza a estar condicionada por una insatisfacción provocada que la convierte en ilimitada. Cada demanda satisfecha abre el camino a la próxima insatisfacción, y así hasta el infinito: ya estamos dentro de la sociedad de consumo.
Convoco nuevamente a Mateo Aguado:
Como es sabido, buena parte de nuestro bienestar humano se sostiene sobre la posibilidad que tengamos de cubrir determinadas necesidades materiales; necesidades que, bajo una economía de mercado, son cubiertas a través del consumo. Sin embargo, las desigualdades existentes en el mundo hacen que las oportunidades de llevar a cabo acciones de consumo no sean iguales para todos, siendo siempre mayores en las clases de mayores ingresos y en el plano internacional en las naciones más ricas y “desarrolladas”. Estas desigualdades originan un caudal de insatisfacciones en constante crecimiento.
Destaco, para esta investigación, la proximidad que existe en nuestra cultura entre dos conceptos: felicidad, tratado anteriormente, y bienestar humano que aparece ahora. Tienen en común un piso de significados comunes, relacionados con el grado de satisfacción de las necesidades históricas, social y culturalmente vigentes (las poblaciones indígenas pueden quedar satisfechas con menos bienes que las poblaciones urbanas burguesas, dado el modo y la cantidad de oferta que el mercado actual ofrece existente). Este investigador avanza al respecto:
A pesar de que el PIB ha sido tradicionalmente utilizado para hacer comparaciones internacionales de progreso social y de bienestar humano, han sido muchos los investigadores que han criticado esto, preguntándose en qué medida los ingresos medios de un país pueden realmente reflejar el bienestar humano  de sus ciudadanos. Estas críticas hacia el PIB como indicador de progreso pueden resumirse en las siguientes: a) al tratarse de una media aritmética no contempla la desigualdad social; b) no incorpora otros elementos que influyen mucho en el bienestar como la esperanza de vida, el tiempo de ocio disponible o la degradación ambiental; c) no contabiliza la producción obtenida mediante el trabajo sumergido o la que no está contemplada por los mercados (como el trabajo doméstico o voluntario); y d) computa aspectos que no generan bienestar (como los gastos militares) a la vez que ignora aspectos que sí lo generan (como el patrimonio artístico).
Llegados a este grado de complejidad del tema podemos decir, con una pizca de ironía, ¡cuánto más sencillo era para el bueno de Aristóteles!