domingo, 20 de julio de 2014

El capitalismo y la felicidad humana XIV



 No debo soslayar que en temas como el de la felicidad se cae tantas veces en expresiones de deseos que proponen idealidades; las que se podrían sintetizar en frases coloquiales como: “Sería lindo que…”, “Tal vez algún día se pueda…”, “Llegará un día en que…”. El ciudadano de a pie que me fue siguiendo con su lectura a través de todas estas páginas tiene derecho a esperar conclusiones más concretas. Éstas no deben desconocer algunas de las condiciones que deben ser respetadas por cada persona, como requirió Aristóteles para el logro de ese estado espiritual. Cito nuevamente a Mateo Aguado para avanzar sobre un camino que no deja de sorprendernos. En un artículo suyo, que lleva por título Sobre felicidad, política y desarrollo (29-3-14), sostiene:
Alcanzar la felicidad es probablemente la mayor aspiración que ha tenido el ser humano en toda su existencia. Es algo obvio y difícil de cuestionar: todos deseamos, por encima de cualquier otra cosa, tener una vida feliz. Hasta tal punto esto es así que la mejor definición que –probablemente– se haya dado nunca de inteligencia (ese ambiguo concepto que tanto nos sobrevuela) es aquella que dice que ésta, la inteligencia, no es otra cosa que nuestra capacidad de ser felices.
Si acordamos con esta afirmación, de que  es una aspiración común a todo ser humano, y creo que si no todos una gran parte de los habitantes del planeta estaría de acuerdo con ello, debemos preguntarnos: ¿por qué no son tantos los que la logran? Una primera respuesta ya fue dada en páginas anteriores. Hemos analizado las condiciones culturales con las cuales cada sociedad, con sus estructuras institucionales dentro de las cuales se desarrolla la vida humana, funciona como posibilitante/limitante de los deseos de cada persona. Agreguemos a ello que la sociedad consumista, en su afán de lucro, ha afinado los mecanismos publicitarios para orientar compulsivamente ese deseo por caminos de una satisfacción fugaz. La sustitución de la felicidad por la satisfacción en el consumo ha desbarrancado en un deseo perpetuo e infinito de imposible satisfacción duradera.
Entonces ¿se han cerrado o impedido los caminos de acceso a una felicidad humana posible? Otra respuesta posible a pensar, aunque extraña y algo esquiva para nuestra cultura, la he encontrado en el artículo citado de Mateo Aguado. Nos cuenta una experiencia de un país, para mucho de nosotros desconocido: Buthán. Tuve que explorar en Wikipedia para saber algo de él:
Buthán se encuentra situado en el Sur de Asia a los pies del extremo este del Himalaya. Limita al norte con la República Popular China (República autónoma del Tíbet) al oeste con Sikkim (un estado de la India ubicado en la cordillera Himalaya), al sur con Bengala Occidental (un estado en la zona este de la India) y con Assam (un estado de India situado a su nordeste) y al este con Arunachal Pradesh en la India. Bhutan es una nación compacta sin salida al mar casi cuadrada, solo mide un poco más de largo que de ancho. La extensión aproximada del territorio es de 47.000 km² (un poco más que Misiones- Argentina) y una población que apenas llega a los 720 mil habitantes.
Según nuestro investigador, este país se propuso emprender un camino distinto dentro de la presión globalizadora del neoliberalismo. Para lograr una salida para la felicidad de su pueblo privilegió «el bienestar ciudadano frente al uso occidental los indicadores macroeconómicos que la mayoría de las veces poco o nada nos dicen sobre el sentir real de las personas». Dice Aguado:
Basándose en la creencia elemental que sostuviera Jeremy Bentham de que la mejor sociedad es aquella en la que sus ciudadanos son más felices, el Rey de Bután – Jigme Singye Wangchuck – acuñó en la década de los setenta el término de la Felicidad Nacional Bruta (FNB) bajo la convicción de que la mejor política pública es aquella que produce la mayor felicidad entre sus habitantes (y no así necesariamente la que produjese mayores niveles de ingresos y consumo).