miércoles, 2 de julio de 2014

El capitalismo y la felicidad humana X



 Para tomar una distancia purificadora de la concepción materialista burguesa de la felicidad, antes tratada, volveré a Aristóteles, aunque solo como un nuevo punto de partida. Esto es necesario, porque durante largo tiempo los pensadores políticos dejaron el tema de la felicidad en una banquina del camino.
Los clásicos del pensamiento político moderno de los últimos cuatro siglos no lo han tratado como un tema fundamental de la política. Sin embargo no debe entenderse como inexistente su abordaje por parte de otros pensadores, aunque sé que no abunda.
 La literatura de autoayuda de las últimas décadas recupera este problema para llenar un vacío en esa búsqueda. Pero su aporte es muy pobre, chato y extremadamente superficial. Nos ofrece una puerta de sencillo y  fácil tránsito hacia algo que no es más que humo de ilusión. Si bien es cierto que la felicidad no es de fácil conquista —como se insiste en las ofertas mencionadas—, no por ello está vedada a todo aquel que se esfuerce en obtenerla. Esta es la afirmación de Aristóteles, como punto de partida de lo que sigue:
He aquí precisamente el carácter que parece tener la felicidad; la buscamos siempre por ella y sólo por ella, y nunca con la mira de otra cosa. Pero digo, que si la felicidad no nos la envían exclusivamente los dioses, sino que la obtenemos por la práctica de la virtud, mediante un largo aprendizaje o una lucha constante, no por eso deja de ser una de las cosas más divinas de nuestro mundo, puesto que el precio y término de la virtud es evidentemente una cosa excelente y divina y una verdadera felicidad. Y añado, que la felicidad es en cierta manera accesible a todos, porque no hay hombre a quien no le sea posible alcanzar la felicidad, mediante cierto estudio y los debidos cuidados, a menos que la naturaleza le haya hecho completamente incapaz de toda virtud.
Las condiciones del camino hacia su encuentro hablan de un trabajo sobre sí mismo. Si bien reconoce lo difícil de su acceso, pone el énfasis en el carácter de disciplinamiento requerido al ateniense, la virtud, palabra hoy en gran parte caída en desuso. Sin embargo, con un atrevimiento quizá injustificable, criticaría su modo de encerrar la búsqueda de la felicidad solamente en el interior de cada persona y su divorcio del entorno cultural. Este constituye el marco que posibilita y restringe, al mismo tiempo, su obtención. Es cierto: no es exigible a la cultura de entonces del gran filósofo, puesto que el sentido del cambio social no correspondía a esa época, por lo cual el tiempo histórico no entraba en sus reflexiones. Y al pensar desde su clase social de hombre libre, condición natural inmodificable, su pensamiento se desliza por las posibilidades de ser feliz de un ciudadano ateniense. Ese ciudadano no reparaba en los excluidos de su entorno, quienes estaban fuera de estas disquisiciones.
Hoy, frente al mundo moderno, no  existe posibilidad de desarrollar un tipo de pensamiento que no incluya a todos. Además, debe prestar especial atención a quienes están por debajo de la línea de sus necesidades básicas. De ese modo, la felicidad adquiere, en primer término, el logro satisfactorio de eliminar la escasez. Dado este paso, se pueden plantear luego los denominados derechos de segunda generación. Detengámonos en este problema.