miércoles, 22 de octubre de 2014

La juventud - ¿esperanza o peligro? I



Me atrevo a afirmar que la juventud como fenómeno sociopolítico es una creación de la segunda posguerra.  Se manifestó entonces como un gran desencanto de la vida en Occidente, tras conocerse las atrocidades de la guerra  por parte de ambos bandos, aunque las culpas deban distribuirse en diferentes proporciones. Las consignas como Paz y Amor,  Hagamos el Amor y no la Guerra fueron expresiones de la contracultura de la década de los sesenta del siglo pasado.
 Las manifestaciones masivas de entonces, que culminaron en la plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, México (1968), y las de París —conocidas como Mayo francés o Mayo del 68—, tuvieron a los jóvenes como sujetos históricos determinantes. Fue una invasión de estos nuevos actores que levantaban en la plaza pública las banderas de rechazo al orden imperante, representado en los partidos políticos, en la cultura de época, en las instituciones paralizadas, en las autoridades incapaces de las diversas  organizaciones, a los que, en diversas medidas, consideraban cómplices del estado de cosas vigente.
No quiero señalar que la juventud no existiera o no fuera un fenómeno social anterior. Lo que pretendo subrayar es la irrupción como sujetos políticos que sumaban su voz al debate, respecto de un nuevo orden internacional y la exigencia de construir un mundo más justo, más humano, que descartara el belicismo como instrumento de resolución de conflictos. No expresaban un rechazo a la violencia en sí misma, por entonces justificada como una respuesta correcta a la violencia opresora.
Las revoluciones sociales de la época, que comprendieron y abarcaron un amplio territorio denominado Tercer Mundo, fueron protagonizadas en su mayoría por jóvenes, que también lo hicieron en los Estados Unidos, al manifestarse en contra de la guerra en Vietnam. Sin embargo, es necesario subrayar en esta reflexión que la juventud, como una etapa de la vida humana, tiene una larga historia anterior, aunque nunca antes había adquirido el valor  revelado en la segunda mitad del siglo XX. Menos aún, la casi divinización con que se la revistió en las últimas décadas, que podríamos definir como la cultura juvenilista. Es importante agregar que su protagonismo político durante los sesenta y setenta no fue bien visto por el poder y generó graves preocupaciones en las clases dominantes. Prueba de ello es la creación en 1973 de la Comisión Trilateral como respuesta:
El propósito de la Comisión es construir y fortalecer la asociación entre las clases dirigentes de Norte América, Europa Occidental y Japón.... La Comisión Trilateral, como entidad privada, es un intento para moldear la política pública y construir una estructura para la estabilidad internacional en las décadas venideras (Subrayados RVL).
El abogado y politólogo, Dr. Luis Aguilera García, reconocido estudioso del tema de la gobernabilidad, analiza los documentos de esta organización internacional:
La convocatoria para la elaboración de este informe está motivada por las profundas convulsiones que venían apareciendo tanto en los centros del poder imperial como en la llamada periferia, lo cual surge como colofón de sucesos políticos, económicos y militares que mostraban la verdadera esencia del imperialismo mundial ante el avance de las fuerzas de izquierda y del bloque socialista, conducían a un severo cuestionamiento de la legitimidad de las estructuras y sujetos del poder político en los países centrales del imperialismo (Subrayados RVL).
Esta preocupación por la gobernanza (concepto aparecido en esa época para referirse a la necesidad de estabilizar el sistema político internacional) mostraba la necesidad de contener la efervescencia juvenil y reencauzar la politización y la participación de los jóvenes. Los golpes militares de los setenta fueron la respuesta violenta contra los rebeldes. Para el resto, la reeducación mediante la publicidad dirigida: el consumismo, el alcoholismo y la exaltación del sexo libre, sexismo fueron fue los modos de domesticación de los ochenta y noventa. Esta prédica, lamentablemente muy eficaz, les ofreció una jaula de oro feliz para quienes pudieran pagar, pero la marginalidad para los demás. El resultado más evidente fue el descompromiso, la vida leve, vivir el presente, el egocentrismo, que acompañaron a la pérdida del sentido de la vida.