jueves, 7 de junio de 2012

El mito del mercado libre X


Como paso siguiente de su descripción del capitalismo y sus consecuencias, nuestro autor pasa a analizar el segundo punto de los cinco que propone para mostrar la incompatibilidad de las ideas de Smith respecto de la doctrina que avaló el capitalismo posterior:
«En segundo lugar, precisamente porque han sido desposeídos, el capitalismo conduce a la imposición del trabajo asalariado, o trabajo dependiente, que se convierte en la única posibilidad de obtener ciertos medios de subsistencia y, por ello, en algo obligatorio e inevitable para esa mayoría pobre y desposeída. Y sin puerta de salida, cualquier relación social es fuente de una esclavitud encubierta. Lo grave no es trabajar asalariadamente —finalmente, hay situaciones en las que puede convenir trabajar por cuenta ajena—; lo grave es no tener otra opción que trabajar asalariadamente o, más en general, que realizar trabajo dependiente; lo grave es no poder interrumpir esa relación social cuando así lo estimemos conveniente; lo  grave es tener que permanecer atados a esa relación laboral, sin, además, no poder decir nada con respecto a las condiciones en que realizamos dicho trabajo asalariado o dependiente».
La relación asalariada, como sostiene, no es mala en sí misma. Sucede que cuando se piensa desde categorías abstractas nada puede decirse respecto a que ese modo de relación contractual sea perjudicial. Pero, cuando aterrizamos en los mercados reales, en los que la relación patrón-asalariado es asimétrica, el trabajador lleva todas las de perder. Tiempo después, en los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, dirá Marx las palabras siguientes, con las que abona la tesis de la notable continuidad entre este pensador y Adam Smith:
«Partiendo de la economía en sí y empleando sus propios términos, hemos demostrado que el obrero es rebajado a mercancía —la más miserables de las mercancías—; que la miseria del obrero está en razón inversa al poder y al monto de su producción; que el necesario resultado de la competencia es la acumulación del capital en un pequeño número de manos y, por tanto, la restauración aún más temible del monopolio; que, en fin toda la sociedad debe dividirse en dos clases: la de los propietarios y la de los obreros no propietarios».
Siguiendo la línea de pensamiento de las consideraciones anteriores, que apuntan al orden económico, pasa el Dr. Casassas a analizar las consecuencias humanas en cada trabajador y las repercusiones sociales del sistema productivo.
«En tercer lugar, este trabajo asalariado se ofrece en unidades productivas, verticales y altamente jerarquizadas, de las empresas capitalistas. En ellas, precisamente por ello, no es posible controlar la actividad que se realiza, razón por la cual queda sometido a relaciones sociales profundamente alienantes. Es cierto que Adam Smith es el teórico de los beneficios empresarios, en términos de eficiencia, de la división técnica del trabajo —piensa en el famoso análisis de la fábrica de alfileres—; pero este pensador es también el primer teórico y analista sistemático de los efectos perjudiciales para la psique humana de la división social del trabajo —aquélla que lleva a desarrollar ciertas actividades porque se pertenece a la clase de los desposeídos, los que no tienen otra opción que aceptar las peores tareas—. Y, en este plano, Adam Smith se anticipa al Marx de los Manuscritos económico-filosóficos de 1844. Ambos denuncian cómo en las empresas de tamaño medio o grande y de dirección jerárquica se tiende a “perder la visión de conjunto del proceso productivo” y a repetir monótonamente la misma tarea. Esto que hace produce como resultado que “su mente se envilezca”».
En el libro que cita, del ya leímos un párrafo, Marx agrega, con un lenguaje no muy claro dado que son borradores que este autor nunca corrigió para darlo a publicación:
«El carácter exterior del trabajo con respecto al obrero aparece en el hecho de que no es un bien propio de éste, sino un bien de otro; que no pertenece al obrero; que en el trabajo del obrero no se pertenece a sí mismo, sino que pertenece a otro».
El obrero trabaja dentro de un sistema en el cual él es reducido a una pieza más del mecanismo de la producción. (Recordar la película Tiempos Modernos de Charles Chaplin).
Todo ello, además, ocasiona una importante pérdida de productividad y de eficiencia derivada del hecho de desempeñar una actividad que no se desea y en la que no se valora las destrezas y el verdadero espíritu emprendedor. El problema que padece el trabajador es que se encuentra sometido a una actividad que no es deseada, que es, por lo tanto, «trabajo forzado», puesto que sólo es realizada porque no puede encontrar otra fuente alternativa de medios de subsistencia. El autor llama la atención respecto de la sensibilidad de Smith que, ya en el siglo XVIII, el siglo de la ilustración por excelencia, se interesa por la cuestión obrera y la investiga. Debe tenerse en cuenta que el conflicto no había adquirido, en ese entonces, su manifestación más aguda, que se mostrará en todas sus dimensiones a comienzos del siglo XIX. Precisa con más detalle nuestro autor, para mostrar la mirada de Smith:
«En la Riqueza de las naciones, en el capítulo octavo de su libro primero, Smith analiza el funcionamiento de los mercados de trabajo y los procesos de determinación de los salarios que se dan en ellos. En este análisis, aparece un mundo violentamente escindido en clases sociales en el que un pueblo llano, desposeído, que “procede con el frenesí propio de los desesperados”, busca cualquier medio para lograr unas condiciones de vida y de trabajo algo mejores, condiciones que los propietarios no están dispuestos a conceder».