domingo, 3 de junio de 2012

El mito del mercado libre IX


El proyecto de Adam Smith, es de carácter político, económico y cultural, en la misma línea de la mayor parte de los «padres fundadores de la economía política de la ilustración», cuya preocupación se centraba en la libertad del hombre. Sobre la base de asegurar esa libertad investigaron los modos en que ésta posibilitara el más pleno desarrollo humano, como expresión del entusiasmo de la modernidad. El fantasma de la opresión medieval, se entienda esto como fuere, rondaba las cabezas de esos pensadores. El humanismo renacentista era su contracara y el iluminismo fue la trinchera desde donde se combatió a las tradiciones monárquico-religiosas. Entonces, se puede entrever como el marco cultural de la época ofrecía una fuerte presencia del cristianismo evangélico, sin que ello suponga necesariamente atadura alguna a las Iglesias institucionalizadas. Por el contrario, se debe decir que éstas existían porque esa cultura lo posibilitaba. En el marco de esa cultura, pensar la persona exigía colocar a ésta en un encuadre comunitario. Estas coordenadas culturales permanecieron casi intactas en medio de las guerras de religiones, en las que estaba en juego más el poder que cuestiones teológicas o filosóficas. Entonces, pensar el hombre era pensarlo como perteneciente a una comunidad.
Los «Padres fundadores» de la economía no podían no pertenecer a esa tradición que, aunque no se explicitara, mostraba una vigencia sólida. Gran parte de los pensadores de la época de la Ilustración tienen  una actitud anticlerical o antirreligiosa, pero eso no debe llevar a pensar que todos ellos confiesan el ateísmo. En algunos casos pueden adherir a una posición más o menos teísta o deísta, pero la concepción cristiana se filtra en todos ellos. La situación de Smith es clara, como afirma el economista, historiador y teórico político estadounidense Murray Rothbard (1926-1995): «Smith siguió siendo un ardiente presbiteriano», por tal razón esta fe atraviesa todas sus ideas económicas y está en la base de su sistema de ideas. La comunidad en la que piensan debe estar equipada con los mecanismos necesarios para que esa libertad sea efectiva, también en la manufactura y el comercio, como hemos visto. Debe tenerse en cuenta que todo esto está sucediendo algunas décadas antes de la consolidación del capitalismo industrial. «Adam Smith, lo habría censurado sin dudarlo, y sus primeras manifestaciones fueron reprobarlo con severidad».
Llegados a este punto, en el que nuestro autor entiende haber demostrado que Smith no es el padre del capitalismo dominante, se nos cruza la pregunta: ¿Por qué el republicanismo comercial no es posible bajo el capitalismo? ¿Qué elementos del capitalismo son incompatibles con el programa ético y político de Adam Smith? La respuesta que ofrece nuestro autor es bastante extensa. Leamos y analicemos.
«Me centraré en cinco puntos que me parecen especialmente importantes y que, además, conectan directamente con las preocupaciones de Adam Smith. Veremos, además, que, de manera interesante, la crítica smithiana del capitalismo industrial naciente parte de un análisis científico-positivo y de sus preocupaciones ético-políticas que, un siglo más tarde, contribuirán también a alimentar la crítica socialista  del capitalismo».
Esta herencia es recogida claramente por Carlos Marx —quien, si bien critica a Smith, no deja de reconocer los valiosos aportes de éste—. Continuemos leyendo:
«En primer lugar, el capitalismo es el resultado de la llamada acumulación originaria, que consiste en largos y masivos procesos de apropiación privada de los recursos de la tierra, de los medios de producción, que a la inversa de lo que exigía Locke cuando establecía que tales procesos debían dejar “sólo cosas buenas” para los demás, implicaron, y siguen implicando, la desposesión de la gran mayoría pobre. Pues bien, si libertad republicana significa independencia personal materialmente fundamentada, la desposesión generalizada no puede ser sino fractura de cualquier proyecto civilizatorio elementalmente realista».
Ya quedó dicho más arriba, las aproximaciones entre las conclusiones de Smith y lo escrito en el manifiesto Comunista de Carlos Marx. Lo que fue denominado como “propietarismo republicano” es una defensa de los pequeños productores que fueron arruinados por el impactante desarrollo de la gran industria. Por lo que ese modo de producción contradice en la práctica las tesis defendidas por el economista escocés. Veámoslo en palabras de Marx en el Manifiesto:
«Toda una serie de elementos modestos que venían perteneciendo a la clase media, pequeños industriales, comerciantes y rentistas, artesanos y labriegos, son absorbidos por el proletariado; unos, porque su pequeño caudal no basta para alimentar las exigencias de la gran industria y sucumben arrollados por la competencia de los capitales más fuertes, y otros porque sus aptitudes quedan sepultadas bajo los nuevos progresos de la producción».
Con un siglo de distancia, lo que Smith avizora como un problema que asoma en el horizonte de fines del siglo XIX, Marx lo analiza como el resultado evidente de las consecuencias de un mercado que no tiene reglas y deja desprotegido al trabajador, al pequeño productor y al labrador independiente.