miércoles, 13 de junio de 2012

El mito del mercado libre XII


 Pasando al quinto y último punto, dice nuestro autor:
«Dicho de otro modo Adam Smith pertenece a una tradición intelectual y política, la del grueso de la economía política clásica, que nos permite entender con claridad que bajo el capitalismo no hay libre competencia posible. Ello es así, según dice Smith, fundamentalmente por la tendencia innata de la clase propietaria, “cuyos intereses no suelen coincidir con los de la comunidad, [antes al contrario]: más bien tienden a deslumbrarla y a oprimirla”, a realizar acuerdos facciosos, bien a menudo con autoridades públicas corrompidas, para evitar la entrada de nuevos productores, cuya presencia puede hacer bajar los precios hasta el nivel de los costes y, por ello, hacer desaparecer el beneficio empresarial —cuando los precios se igualan a los costes, no hay beneficios—. Por ello, los propietarios se hallan estructuralmente incentivados a restringir la entrada de nuevos productores».
Este tipo de conducta, que todo el proceso posterior demostró acabadamente, deja en evidencia como los capitalistas son en realidad auténticos rentistas. Y que una de las fuentes de sus utilidades se desprende de su tendencia hacia la exclusión de los posibles participantes en condicione4s de sacarles parte de esa renta. Si bien todos los factores productivos deben ser debidamente remunerados en función de sus aportes en la producción de bienes, la renta del capital es entonces de orden usuraria, proviene de los plus de utilidades no provista por los costos mismos de la producción, más una ganancia justa.
Ahora, ya expuestos los cinco grupos de problemas enunciados, «parece claro que la crítica moral y política del capitalismo contemporáneo encuentra en la obra de Adam Smith penetrantes elementos de análisis que conviene no soslayar». Pero, que sin embargo, toda la economía posterior en manos de las  corrientes autodenominadas ortodoxas hicieron bien en ocultar esta herencia porque habría desbaratado la pretendida coherencia doctrinaria con la que se defendía un capitalismo feroz.

El excelente análisis que el Dr. Casassas ha realizado, sobre la obra de Adam Smith, nos deja en claro que las convicciones que este escocés expresaba auguraban un futuro muy distinto al que la historia posterior a la Revolución industrial mostró. La convicción y la esperanza, de claro cuño de la mejor tradición cristiana, burbujea en todo su pensamiento. La certeza de un fin de la historia, entendido desde una mirada complacida por los logros obtenidos, que se derramarían con plenas realizaciones humanas sobre una comunidad de hombres buenos y solidarios, era avizorada en un horizonte no tan lejano. He allí gran parte de su idealismo. Sin embargo esto no le impedía percibir algunos nubarrones que dificultarían su concreción, y por ello advertía sobre las necesidades de control político para pusiera límites o superara las dificultades que la historia siempre ofrece.
«Adam Smith tenía la convicción, compartida por el grueso de la Escuela Histórica Escocesa, la de los David Hume, Adam Ferguson  y John Millar, entre otros, de que el mundo de la manufactura  y del comercio podría traer de la mano la liberación de las energías creadoras de la gente y, de ahí, la culminación del proceso de civilización de la vida social toda al que estaba orientada la evolución de la historia del hombre en sociedad. En efecto, todos estos autores manejaban una teoría de los estadios del desarrollo de las sociedades humanas según la cual el mundo del comercio suponía el final de todo un proceso de perfeccionamiento de las formas de vida que tuvo lugar a través de cuatro etapas sucesivas que, generalmente, se siguen unas a otras en este orden: caza, pastoreo, agricultura y, finalmente, comercio».
Un contemporáneo alemán, el filósofo Georg W. F. Hegel  (1770-1831), en su obra monumental Filosofía de la Historia Universal, se expresa en concordancia con los pensadores de la Escuela Histórica Escocesa, aunque imponga cierta dificultad su lenguaje un tanto críptico:
«La historia universal es el desenvolvimiento, la explicitación, del espíritu en el tiempo… El progreso se define en general como la serie de fases por las que atraviesa la conciencia… La historia universal representa el conjunto de fases por las que pasa la evolución, cuyo contenido es la conciencia de la libertad… El hombre tiene una facultad real de variación y además esa facultad camina hacia algo mejor y más perfecto, obedece a un impulso de perfectibilidad».