domingo, 10 de junio de 2012

El mito del mercado libre XI



Con el propósito ya señalado, demostrar las diferencias entre lo que podríamos denominar el “verdadero Adam Smith” y la versión tergiversada de sus ideas, nuestro autor señala, con la misma sorpresa y admiración manifestada antes, que es a mediados del siglo XVIII que Adam Smith denuncia que la clase obrera es la gran damnificada en el proceso de transformación social. Este señalamiento es muy importante para quitarle al pensador escocés la fama de ser el creador de la teoría económica que avala las tesis de un mercado libre, sin controles. Lo que se puede advertir de las citas presentadas es la preocupación que demuestra por los perjuicios económicos, psíquicos y espirituales que padece el trabajador reducido a su condición de ser “una más de las mercancías del mercado”. Y sus análisis ya denuncian este resultado. En momentos, en los que recién se podían observar los primeros pasos de la Revolución industrial y sus consecuencias.
Sin embargo, percibe en el comienzo de la aparición de ese tipo de producción la destrucción de la anterior “sociedad comercial y manufacturera”. Una afirmación que se anticipa en casi un siglo a Marx, quien escribe, en esa misma línea de investigación:
«Lo que rinde es el capital, esa forma de propiedad que se nutre de la explotación del trabajo asalariado, que sólo puede crecer y multiplicarse a condición de engendrar nuevo trabajo asalariado para hacerlo también objeto de su explotación».
Lo que empieza a quedar claro ahora es pues que, si la libertad requiere de la independencia material, el trabajador asalariado, a diferencia del artesano y del labrador libre, no tiene posibilidad de ser libre en las condiciones que el mercado le impone, por lo cual no es para él un ámbito de libertad. En otras palabras, las condiciones de vida de la clase obrera empezaban a alejarse de los ideales fundamentales de los objetivos civilizatorios implícitos es la economía política de la Ilustración, de la que Smith participó con mucho entusiasmo. El mercado libre lo es sólo para aquellos que tienen garantizada su independencia económica, y éste no es el caso del trabajador.

Nuestro autor se introduce en el análisis de las características de la “sociedad industrial” dentro del marco del mercado ya afianzado el siglo XIX, cuando el  sistema capitalista ya había disciplinado casi todo el proceso económico bajo sus reglas, que comienzan por la búsqueda y perfeccionamiento en la consecución del mayor lucro posible, subordinando el resto a ese principio inalterable.
«En el cuarto punto, debemos analizar las condiciones del mercado en pleno capitalismo: si se trata de entrar en los mercados como productores, resulta que no es nada fácil. Ello es así porque dichos mercados, que muestran una estructura crecientemente oligopolizada o, sencillamente, monopólica, presentan sólidas barreras de entrada. Como ha mostrado la dinámica económica de los siglos XIX y XX, el capitalismo ha supuesto altos índices de concentración del poder económico que, curiosamente, han supuesto un fatal obstáculo para la tan difundida “libertad de empresa”: entendida como la libertad de emprender proyectos productivos propios y también la “iniciativa privada”, como la posibilidad de recurrir al propio ingenio y capacidad de autogestión para desplegar tales proyectos. Y debemos observar que esa famosa “libertad de empresa” e “iniciativa privada” no son, necesariamente, elementos de la civilización del mundo, cuando están dadas las condiciones restrictivas en el mercado, como las mencionadas. El problema es que, dadas las concentraciones de poder económico propias del capitalismo contemporáneo, tanto la una como la otra se han convertido en un privilegio funestamente restringido a una minoría muy reducida de la población».
Lo que queda evidenciado es la distancia existente, que ya hemos señalado, entre los postulados de la doctrina y las reales prácticas dentro del mercado capitalista. La priorización del lucro del capital por sobre toda otra consideración desata una competencia feroz, cuyo resultado es la existencia de ganadores y perdedores. Esto demuestra que en el comienzo mismo del desarrollo del sistema capitalista éste confrontaba con los ideales del “propietarismo republicano”, ideal de los padres de la economía clásica.