miércoles, 14 de noviembre de 2012

La crisis estructural del capitalismo II



El problema quedó planteado en la nota anterior. Veamos lo que nos dice el profesor Andrés Piqueras:
Las crisis cíclicas del capitalismo están estudiadas desde sus orígenes. Lo importante es que estos ciclos son manifestaciones que indican una enfermedad crónica del sistema. En el capitalismo se producen periódicamente crisis de sobreacumulación, porque los procesos de producción incorporan cada vez más capital (en forma de maquinaria y tecnología), en detrimento del trabajo humano. En otras palabras, se acumula demasiado capital. Y esto es, en sí, una fuente de obstaculización de la plusvalía. Por eso el desarrollo tecnológico implica grandes contradicciones para el sistema.
En esta explicación puede encontrarse la influencia del pensamiento de Carlos Marx, en el que se mira el problema desde sus estructuras más profundas. La Revolución industrial del siglo XVIII incorporó la máquina al sistema productivo, ello permitió la utilización de una fuerza potenciada que multiplicó la capacidad manufacturera junto a la incorporación masiva de la mano de obra obrera. Se abría así el camino a un proyecto socio-político-económico nuevo. La necesidad de abastecer a los mercados coloniales demandantes de bienes de consumo impuso la necesidad de innovaciones tecnológicas para seguir mejorando y aumentando esa producción.
Si bien, en una primera etapa, se ofrecía una cantidad importante de puestos de trabajo, la necesidad que  impuso la competencia entre grandes empresas, por la disputa del mercado mundial, impulsó la renovación tecnológica tras la búsqueda de mejor calidad y menores costos para poder vender a precios competitivos. Esta competencia internacional por la conquista de mayores mercados ha caracterizado el panorama empresario del último siglo: el resultado fue la concentración de la propiedad en muy pocas manos.  El siglo pasado vio aparecer grandes conglomerados empresarios a los que se los denominó en el lenguaje técnico multinacionales, subrayando el carácter internacional del capital que había desbordado las fronteras nacionales. En palabras del profesor:
Porque el desarrollo de la tecnología supone que cada vez sea menos necesario el trabajo asalariado. De ahí que en los países con mayor desarrollo tecnológico, se expulse fuerza de trabajo de los procesos productivos. Es decir, aumenta la desocupación en los países centrales del sistema; pero al mismo tiempo, el capitalista necesita del trabajo asalariado para obtener la mayor renta posible, y ahí está la contradicción. ¿Qué hace entonces el capital? Amplía la explotación de la fuerza de trabajo y utiliza, para ello, la fuerza de trabajo migrante; el ejército de reserva mundial, que ha aumentado al incorporarse nuevos países –como la antigua URSS o China- a la órbita capitalista y los procesos de deslocalización.
Esta palabra técnica, deslocalización, tiene la virtud de decir encubriendo lo que está diciendo, puesto que encierra el sentido más grave del proceso al que hace referencia. Significa cerrar empresas en los países centrales, por el mucho mayor costo de la mano de obra respecto del que se existe en países de la periferia. Por tal razón la minimización de costos se logra por la contratación de esa mano de obra en esos países. Pero esa misma deslocalización produce desempleo en los países de origen de la empresa. Esta consecuencia preocupó en un primer momento a sectores de la derecha estadounidense. En un trabajo mío[1] escribí sobre el particular:
El senador norteamericano Jesse Helms, republicano, sostiene la necesidad de aplicar algún marco regulatorio a las importaciones de su país. Él anuncia que se está entrando en grandes “desventajas competitivas” frente a la libre empresa global. De allí se infiere que la globalización podría terminar por destruir la revolución de las economías de mercado. Por otra parte “libertarios” como Patrick J. Buchanan y Ross Perot admiten que la integración económica, que se está llevando a cabo por el North American Free Trade Agreement (NAFTA), está empobreciendo a los trabajadores norteamericanos y esto achica la capacidad de consumo del mercado interno norteamericano.
La paradoja de este capitalismo radica en que el enemigo del trabajador de los EEUU, el que impone una disminución de las remuneraciones y, hasta hace peligrar su trabajo, es lo producido en el exterior por una empresa de estadounidense que ingresa como importación a los EEUU.


[1] López, Ricardo Vicente, El capitalismo en la etapa de la globalización, EDIUNS, 1999.