miércoles, 17 de abril de 2013

La mediatización de las palabras V



El paso que vamos a dar puede despertar prejuicios escondidos, ideas esclerotizadas por la prédica machacona de los medios dominantes, y esto en especial para nuestra Argentina. Nuestra dificultad radica en que hemos padecido una sucesión de oleadas culturales (la hispánica, le británica y la estadounidense[1]) que deterioraron o menoscabaron nuestras preferencias culturales sobre todo en las capas medias portuarias, en las que ha primado la admiración por lo que llegaba de afuera “por su mejor calidad”, “por su mejor diseño y belleza”, fuera lo que fuese. Por tal razón propongo una lectura detenida y reflexiva para tomar nota de las características del problema. Corremos el riesgo de rechazar livianamente lo que propongo y caer en la trampa de opinar que la defensa de la cultura nacional es cosa de “chovinistas” o de “viejos nostálgicos”. Por ello parto de la experiencia de una cultura milenaria.
La vieja tradición cultural europea aceptó de mala gana esta penetración cultural estadounidense que amenazaba con barrer sus preferencias culturales. Comenzó a plantear en ámbitos internacionales la necesidad de poner barreras a esa industria del entretenimiento, que englobaba todas las manifestaciones del arte, sobre todo las audiovisuales. Un especialista en el tema, Francisco J. Carrillo[2] (1944), lo analiza así:
La «excepción cultural» es un concepto originariamente francés que, reconociendo la particular naturaleza de algunos bienes y servicios culturales, pretendía preservarlos de las estrictas reglas del mercado al considerarlos como sustentos de la identidad y de las especificidades culturales de un país. Se pretendía con ello considerar estos bienes y servicios como un patrimonio que va más allá de sus aspectos comerciales, ya que forman parte de los valores, contenidos y formas de vida. De ahí que se daba paso a un primer plano —utilizando un lenguaje cinematográfico— a la creatividad de los individuos y, por ende, a su traducción en lo que se ha convenido en llamar «diversidad cultural». Tal posición política significaba un importante toque de atención ante las primeras repercusiones de la mundialización y de la internacionalización de la economía y del mercado, sin escrúpulos ante esa tipología de bienes y de servicios culturales.
Me parece relevante el concepto de la excepción cultural como defensa de las producciones culturales nacionales frente a la entrada avasallante de la poderosa Hollywood. La ola neoliberal pretendía convertir todo en mercancía de libre venta en los mercados. Esta excepción intentó apartar la cultura de esa banalización comercial. Sigamos leyendo:
La mayoría de los Estados miembros de la UNESCO fueron asumiendo la gravedad de dicha «amenaza a las especificidades culturales» del planeta. Ya en 1972 los países miembros de esta organización internacional adoptan la Convención sobre la Protección del Patrimonio Mundial, Cultural y Natural, considerando que «el patrimonio cultural y el patrimonio natural están cada vez más amenazados de destrucción, no solo por las causas tradicionales de deterioro, sino también por la evolución de la vida social, cultural y económica que las agrava con fenómenos de alteración o de destrucción aún más temibles».
El Dr. Lluís Bonet[3] ha investigado las peripecias y consecuencias de los debates en foros internacionales en los cuales Europa, y de modo especial Francia, se han opuesto a que los bienes culturales fueran tratados  como una mercancía más en la OMC y fuera sometida a las reglas generales del libre comercio:
La interrelación entre comercio y cultura es desde los años 90 una de las materias políticamente más sensibles y técnicamente más complejas de la agenda de la Organización Mundial del Comercio (OMC). El compromiso entre las dos grandes potencias comerciales incluyó el audiovisual y la cultura en el Acuerdo General sobre el Comercio de Servicios (GATS), con todo lo que ello implica, dejando abierta la liberalización futura del comercio de servicios culturales. La oposición a la liberalización del comercio cultural no es, sin embargo, una preocupación exclusivamente europea. Únicamente 20 de los 143 países miembros de la OMC (de los cuales sólo 3 de la OCDE) han abierto hasta la fecha sus fronteras. Por su lado, el movimiento anti-globalización ha hecho bandera de la defensa de la cultura. Al mismo tiempo, y con el objetivo de preparar una estrategia común de cara a la Ronda del Milenio, en 1989 nació la Red Internacional de Políticas Culturales de ministros de cultura liderada por Francia y Canadá. El gobierno canadiense apoya también la creación de una Red de artistas y grupos culturales internacionales para la diversidad cultural con el objetivo de movilizar la sociedad civil.
Hoy debemos asumir que esas “batallas” se convirtieron finalmente en derrotas. Europa ha sido arrasada por el poder financiero internacional que impone sus reglas.


[1] Se puede consultar mi trabajo La cultura Homero Simpson - el modelo que propone la globalización, en la página
www.ricardovicentelopez.com.ar
[2] Licenciado en Derecho, Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología, Licenciado en Letras, Profesor Asociado de Estructura Social en la Universidad Complutense de Madrid. Escritor y académico español, ex representante de la UNESCO, consejero del Instituto Europeo del Mediterráneo, del Consejo Mediterráneo de Cultura y miembro asociado del Instituto de España.
[3] Profesor de Economía y Director de los cursos de postgrado en gestión cultural de la Universidad de Barcelona. Especialista en economía y política de la cultura.