miércoles, 3 de abril de 2013

La mediatización de las palabras I



Hemos analizado el papel central del lenguaje en la vida de cada ser humano, la importancia definitoria de su presencia, de su uso y de su interpretación. En gran parte, nos hemos movido dentro de un universo que suponía una relación personal, casi de cara a cara, en el proceso comunicacional. Pero la vida moderna ha mediatizado las relaciones personales, directa o indirectamente. Equivale a decir que, a diferencia de la interlocución de la sociedad tradicional, ha aparecido un intermediario que fue ganando cada vez más espacio. El neologismo “mediatizar” es el modo mediante el cual las ciencias de la comunicación se refieren a este fenómeno desconocido antes del siglo XX. Expresa la nueva realidad que se fue incorporando para re-estructurar la información que circula entre las personas, ahora planetarizadas[1].
La Academia define mediatizar como: «Intervenir dificultando o impidiendo la libertad de acción de una persona o institución en el ejercicio de sus actividades o funciones». Propongo una interesante comparación con el significado que da del verbo “desinformar”: «Dar información intencionadamente manipulada al servicio de ciertos fines. Dar información insuficiente u omitirla». La desinformación, según Wikipedia, «es la acción y efecto de procurar en los sujetos el desconocimiento o ignorancia y evitar la circulación o conocimiento de datos, argumentos, noticias o información que no sea favorable a quien desea desinformar. Habitualmente, es utilizada en referencia a los medios de comunicación, pero estos no son los únicos medios por los cuales se puede desinformar». Es fácil encontrar unas cuantas conexiones entre ambos términos.
El análisis de estas definiciones abre espacios de reflexión sobre el uso cotidiano del vocablo desinformar, sobre todo dentro de los mismos medios, algo que no sólo no hacen, sino que también los aguachentan bastante.
La presencia de esa mediación ha condicionado las subjetividades de los hombres y mujeres, con especial énfasis a partir de la segunda mitad del siglo pasado. Su presencia ha infiltrado nuevos modos de ver, pensar y comunicar los hechos de la realidad. El escritor Edgar Borges[2] ha reflexionado sobre este tema en un artículo que tituló Vida cotidiana y vida mediática. El título ya nos sugiere que nuestra vida, es decir nuestra relación con el mundo que nos circunda, puede ser vista, conocida, pensada desde dos dimensiones diferentes: una, desde la mirada directa de nuestros ojos; otra, a través de los medios que nos la muestran y relatan.
Borges parte de una cita de Georges Perec[3] (1936-1982), quien, pensando cómo nos llega esa realidad mediatizada, escribe:
Quien nos  habla, me da la impresión, es siempre el acontecimiento, lo insólito, lo extraordinario: en portada, grandes titulares. Los trenes sólo empiezan a existir cuando descarrilan y cuantos más muertos hay, más existen; los aviones solamente acceden a la existencia cuando los secuestran; el único destino de los coches es chocar los árboles: cincuenta y dos fines de semana al año, cincuenta y dos balances: ¡tantos muertos y tanto mejor para las noticias si las cifras no cesan de aumentar! Es necesario que tras cada acontecimiento haya un escándalo, una fisura, un peligro, como si la vida no debiera revelarse nada más que a través de lo espectacular, como si lo elocuente, lo significativo fuese siempre anormal: cataclismos naturales o calamidades históricas, conflictos sociales, escándalos políticos.
La cita da lugar al comentario de Edgar Borges  respecto de lo que cada quien observa en la calle, y compara la vida cotidiana con la  vida mediática:
Con el paso del tiempo, la estructura mediática dominante (en cada momento histórico), a nivel informativo, ha ido creando una vida artificial que muy poco o nada tiene que ver con la vida anónima, sencilla, íntima, de las personas. Del periódico que ejercía de intermediario del poder en una determinada región, pasamos al voraz crecimiento de una industria televisiva que en las últimas décadas del siglo XX terminó de consolidar la realidad, según el criterio del mercado de consumo mundial (bajo la dictadura del morbo y del miedo). Y hoy, siglo XXI, cuando las llamadas “nuevas tecnologías” (Internet, como la Madre Red) le “regalan a cada quien una realidad satélite de la realidad colectiva impuesta, hemos asumido (al ciento por ciento) el guion de una falsa (y mediocre) instantaneidad. Cambiamos la memoria vivencial por la memoria mediática. Ya no hay educación ni cultura que valga; la pauta la dicta la industria de la estupidez. Hay un molde de realidad para cada grupo consumidor.



[1] La palabra hace referencia a la expansión por todo el planeta.
[2] Escritor venezolano (1966). Ha trabajado el relato, la novela, la crónica y la dramaturgia.
[3] Fue uno de los escritores más importantes de la literatura francesa del siglo XX.