miércoles, 24 de julio de 2013

Una reflexión para comenzar a pensar la decadencia II



Al plantearse esta conclusión acude a mi memoria una novela de ciencia ficción, o tal vez mejor calificarla como novela de anticipación, Un mundo feliz (1932), que describe un mundo inexistente entonces, pero que, paradójicamente, refleja con una aproximación estremecedora la sociedad de sesenta años después, la de la década de los ochenta en adelante. Fue escrita en por el británico, Aldous Huxley[1] (1894-1963). En ella pinta un mundo sin conflictos, el cual fue sintetizado por Ramón Pedregal Casanova[2] (1951) con estas palabras.
La pulseada entre Huxley y el tiempo la sigue ganando este escritor. La antiutopía de “Un mundo feliz” en vez de envejecer hace cada vez más evidente escenarios y diversos aspectos de nuestra vida. El autor prefirió claridad y forma convencional a la hora de exponer sus ideas futuribles. Ese intento de escribir un texto de forma sencilla, que facilitase la comprensión de la historia y la idea que encerraba, se veía contrapesada por el temor de que su novela pudiese ser objeto de distracción más que de preocupación. Huxley creía ver en peligro de desaparición las subjetividades personales a manos de un entretenimiento vacío, fatuo. Mira al futuro y dibuja una sociedad en la que la gente no tiene memoria, ignora su pasado o sin haber aprendido nada se burla de él. Además, los que son “distintos”, los “inadaptados”, los que “tienen memoria”, los que piensan, aprenden y sienten, son conducidos a zonas alejadas. En su conjunto se nos muestra una sociedad de convencidos y autosatisfechos. Para colmo los miembros convencidos y autosatisfechos de la sociedad, entierran las inquietudes que les surgen bajo el efecto del “soma”, la droga que les hace ignorar lo que cada uno piensa o siente y les mantiene distraídos. Son seres amorfos, vacíos, que no dan sentido a sus vidas.
Este mundo descrito se presenta como una clara y profunda metáfora del nuestro. Sorprende la clarividencia del autor al imaginar que, los primeros síntomas que comenzaban a manifestarse entonces, llegaran a este extremo en el cual aparecen sumergidos sectores importantes de los habitantes actuales del planeta. No quedan dudas que ese mensaje, casi profético, que alertaba sobre las consecuencias del rumbo que había asumido la civilización occidental, no ha sido escuchado, ni antes ni hoy, por lo cual debemos enfrentarnos a las consecuencias ya expuestas.
Sin embargo, en esa descripción se filtra un sorprendente mensaje, para quien escribe en la Gran Bretaña de la década de los treinta del siglo pasado: la contraposición de un mundo humanamente feliz, ubicado en las mismas tierras lejanas en las cuales Tomás Moro[3] (1478-1535) describe el mundo de Utopía. ¡En América! Allí viven los “salvajes” que tienen una vida más feliz y una relación más humana: aman, quieren a “sus hijos”, aunque su vida es pobre y tienen dificultades y enfermedades, que no existen en el Mundo Feliz. Quiero rescatar a un personaje emblemático: un indígena, que le muestra al principal personaje femenino, qué es el amor, inexistente como tal en el Mundo Feliz.
Veo en esos personajes que Huxley describe, irónicamente, como los “salvajes” alguna reverberancia del buen salvaje de Jean-Jacques Rousseau[4] (1712-1778) que definía un “estado de naturaleza[5]” opuesto a la “sociedad civilizada”. Si bien esto puede entenderse como una limitación de su época, muestra también la búsqueda de una salida superadora a la decadencia descrita, que ya algunos intuían en el siglo XVIII.
Ha sido mi deseo trazar un cuadro trasparente, sin ocultar las graves dificultades que debemos afrontar. Advirtiendo el riesgo de que esta pintura de época nos lleve a la posibilidad de caer en una depresión y en un escepticismo. Conocer la realidad del terreno permite avanzar con paso más seguro, sin ignorar los peligros, pero fortaleciendo nuestra voluntad, puesto que una sociedad diferente es posible y para construirla requiere lo mejor de cada uno de nosotros, la mayor claridad, creatividad, y disponibilidad de organización. Añadiendo que la crisis debe ser mirada también como una ventaja adicional que nos abre el panorama de un orden agotado y por ello mismo sin fuerzas para detener las fuerzas conjuntas que se propongan el cambio. La crisis pone en evidencia las deficiencias del estado anterior y ofrece la apertura hacia lo nuevo.


[1] Miembro de una reconocida familia de intelectuales, es conocido por sus novelas y ensayos,
[2] Escritor español, estudió Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid y en la Escuela de Letras, es profesor de Novela Española en el Curso de Creación Literaria.
[3] Fue un pensador, teólogo, político, humanista, poeta, traductor y escritor inglés, fue además, Lord Canciller de Enrique VIII, profesor de leyes, juez de negocios civiles y abogado. Su obra más famosa es Utopía donde busca relatar la organización de una sociedad ideal, asentada en una nación en forma de isla del mismo nombre.
[4] Fue un intelectual franco-helvético: escritor, filósofo, músico, botánico y naturalista definido como un ilustrado; sus ideas políticas influyeron en gran medida en la Revolución francesa: el desarrollo de las teorías republicanas y el crecimiento del nacionalismo.
[5] El estado naturaleza, es un estado previo a la civilización, en el que los seres humanos serían bondadosos, felices, libres e iguales, vivirían aislados en familia y  siendo autosuficientes.