miércoles, 6 de noviembre de 2013

Subjetividad posmoderna y buen vivir XII



Podemos afirmar, como tesis que sustentará los pasos siguientes, que el capitalismo aparece y crece   indisolublemente unido a la alteración de los individuos, de las instituciones, de las relaciones sociales, políticas y económicas. El orden social naciente busca, entonces, instituir interpretaciones dominantes que se arraiguen en las subjetividades, al clausurar toda tentativa de cuestionamiento o interrogación, que acarrearía serios riesgos de debilitar el entramado de ideas y certidumbres sobre las que se comienza a asentar la nueva identidad colectiva. Esta institucionalización de significaciones, entendimientos básicos y  valores que fundamentan el nuevo orden definen, al mismo tiempo, las condiciones de lo pensable y lo factible. De ese modo, se mantendrán unidas y consolidadas la sociedad naciente y la subjetividad colectiva correspondiente.
Así toda formación económico-social "sujeta" su orden; cabe decir, también, que la sociedad es intrínsecamente historia y, frente a lo instituido, se pueden operar nuevos procesos instituyentes. En este sentido, queremos rescatar la vida cotidiana como un lugar privilegiado para la intervención de estos procesos. A pesar de ser considerada con cierto desdén como lugar de lo mero empírico, es imprescindible su estudio toda vez que se quiera comprender la interrelación entre el mundo económico-social y la vida humana. La vida cotidiana es el espacio idóneo para observar cómo se materializa una formación económico-social dada; cómo se instituyen  sujetos acordes con ese orden dado; cómo se invisibilizan los malestares que genera, dándoles estatus de normales y dejándolos sujetos a una queja sin análisis ni consecuencias, conformándose el estado de conformismo generalizado.
Este párrafo de la Doctora Cucco agrega precisiones que abren un abanico de ideas respecto de cómo se consolida un orden social y, al mismo tiempo, cómo se van configurando nuevos mecanismos de cambio hacia un posible avance en la búsqueda de un perfeccionamiento que prometa una sociedad cada vez más humana.
 El cambio social va acumulando pequeñas correcciones, producidas por otras tantas innovaciones de las conductas cotidianas que pueden pasar inadvertidas para los ciudadanos de a pie. Pero la acumulación de estas modificaciones en un momento actúa como las placas tectónicas profundas, en cuyos choques hacen sentir la fuerza del cismo. Los grandes cambios revolucionarios han sido precedidos por procesos similares. En momentos históricos en que las fuerzas sociales confrontan sus intereses, sus contemporáneos no siempre las viven como el cambio deseable; muchas veces se han presentado como un enorme caos social que arrasa con el orden existente. Además, como sucede habitualmente cuando el pensamiento acerca de la posibilidad de un mundo mejor se proyecta hacia lo exterior de las subjetividades humanas —como una necesidad de transformar las estructuras sociales, económicas, políticas—, se pierde de vista que están constituidas por una cantidad infinitas de pequeñas acciones personales, sustentadas por los valores e ideas imperantes.
Rara vez en la historia, los actores de los grandes cambios sociopolíticos fueron conscientes de qué estaba sucediendo. Hoy mismo, en todas partes del planeta, se van produciendo modificaciones no percibidas por su dimensión como cambios; pero después, desde la perspectiva histórica, se las define como procesos revolucionarios. Por tal motivo, prestar atención a los procesos individuales y grupales es parte esencial de un aprendizaje colectivo de percepción de los pequeños cambios emergentes que pueden anunciar las grandes reestructuraciones posteriores. Se puede decir que hay siempre pequeños laboratorios sociales que experimentan en la dimensión micro lo que posteriormente se proyectará en lo macro. Esos laboratorios van incubando los nuevos sujetos sociales que portarán, a su vez, las nuevas subjetividades creadoras de una  nueva sociedad.
Debemos ahora aventurarnos en el análisis de los nuevos escenarios posibles y deseables, con la conciencia de que estamos proyectando mundos posibles que requieren subjetividades acordes. Éstas deberán encarnar ese cambio, fruto de los consensos que se hayan ido tejiendo.