domingo, 24 de noviembre de 2013

Subjetividad posmoderna y buen vivir XVII



Continuamos en la línea expuesta por la socióloga Irene de León, quien agrega dos ejemplos de procesos similares en marcha:
La “Revolución Ciudadana” de Ecuador (2007) y el proceso que da lugar al estado plurinacional boliviano (2005) sitúan como elemento central la idea del “buen vivir”. En ambos casos ligados a la construcción del socialismo. ¿Qué se entiende por “buen vivir”? consiste en dar prioridad a las relaciones armoniosas y de interdependencia entre todo lo viviente, es decir, entre los seres humanos y también en sus vínculos con la naturaleza y el resto de seres vivos. La Constitución ecuatoriana reconoce los derechos de la naturaleza. También en Bolivia se ha otorgado pleno reconocimiento a la madre tierra (Pachamama).
El alcance de esta noción de “buen vivir” implica trascendencias de enorme interés, no para ser copiados, como afirmé anteriormente, sino como ejemplos de personas y pueblos —con sus semejanzas y grandes diferencias— emprendedores de un proceso de cambio. Podemos recordar y aprender que son los hombres los que escriben la historia. Esta afirmación no está de más en épocas de tanto escepticismo. Estos intentos —proyectos, programas, como prefiramos pensarlos— suponen, en primer lugar, romper con las visiones excesivamente antropocéntricas de la cultura moderna. Implican, además, una apuesta a otras formas de producción económica, otras prácticas sociales, que no ignoren las “diversidades”. Continúa la socióloga:
No atender exclusivamente a unos derechos económicos y sociales subsumidos en los derechos humanos, sino aumentar la lente para incluir los derechos de la naturaleza, pensados en función de la reproducción de la vida. En síntesis, “considerar la vida y no el capital como hilo conductor de la existencia”. El “buen vivir” requiere contextualización. No se trata de una iniciativa aislada, sino que adquiere sentido en el proceso de “desneoliberalización” en tres fases impulsado por la “revolución ciudadana” de Ecuador. En los primeros meses de gobierno se produjo un desprendimiento de las instituciones financieras internacionales; se marcó distancias con el FMI y el Banco Mundial para que dejaran de tener potestad sobre su gobierno y, por último, se apuntó a  una mayor autonomía respecto al poder de las transnacionales.
Se trata, en definitiva, de proponer una alternativa civilizadora cuyo eje sea “vivir en armonía; que posibilite la reproducción de los ciclos de la vida; y que ponga el énfasis en que para vivir no sólo son necesarios las cosas y los capitales”. Este proyecto de vida nueva tiene un objetivo fundamental y excluyente: buscar la felicidad, lo cual supone una nueva cosmovisión. Esta filosofía del buen vivir contiene una cosmovisión con múltiples áreas. Según Irene León,
Es un concepto complejo, históricamente construido, no lineal y en constante resignificación; se trata, más que de un marco cerrado, de una posibilidad: la de romper con el exceso de antropocentrismo, las reglas capitalistas y neocoloniales. ¿Cómo llevar a término esta ambiciosa ruptura? Antes que hablar de plazos inmediatos, se debe asumir una propuesta de transición de largo alcance. Para lo cual hay que apelar a la paciencia. Se apunta a cambios muy hondos, y esto no puede hacerse por decreto; hace falta la implicación de todo el mundo; porque hablamos nada menos que de unos nuevos ejes de convivencia humana. De la que no se excluye la economía del cuidado como elemento de ruptura. No consiste el “buen vivir” en crear islas de “utopías” desprendidas del mundo, como pedazos de ilusión, ni en situarse al margen de los conflictos geopolíticos que atraviesan el continente. El “buen vivir” surge como una propuesta de cambio compartido para una ruptura sistémica.
Creo que queda claro que no habla de un camino fácil, accesible, sin obstáculos, sin impedimentos de poderes que, es sabido, rechazan estos posibles proyectos, ya que estos cambios atentan contra sus privilegios, sus intereses mezquinos, sus proyectos de dominación y explotación. No debemos olvidarnos de que la historia de los hombres se ha planteado en esos términos de intereses contrapuestos. Pero, al mismo tiempo, esa historia nos enseña que ningún imperio fue eterno. Todos fueron derrotados por la voluntad de los hombres que desearon y lucharon por la liberación.