domingo, 17 de noviembre de 2013

Subjetividad posmoderna y buen vivir XV



A lo largo de estas páginas, hemos considerado esa compleja dialéctica en la que está necesariamente inmerso el sujeto humano desde sus orígenes, como ya quedó dicho. Como un punto de quiebre de este milenario proceso, la Revolución Industrial fue un salto determinante, configurador de un nuevo perfil de sujeto. La Modernidad había trazado sus líneas generales y acentuado los rasgos individualistas que fueron aislándolo del juego de las relaciones solidarias tradicionales, heredadas entre los siglos XI y XV, en la Europa occidental. Esa revolución sumergió al sujeto moderno en el mar de las multitudes de las grandes ciudades.
 La paradojal situación de los siglos XX y XXI —que crea un nuevo escenario, la sociedad posindustrial— mostró otra novedad: vivir aislado y acorralado en el seno de la muchedumbre de la sociedad de masas. La sociedad de la comunicación encuentra a este sujeto encerrado en sí mismo. Esto explica, en parte, la ansiedad y la angustia imperantes.
El bien-estar (no, el buen-vivir) como forma y meta de la búsqueda de una felicidad propuesta desde el mercado, halla una satisfacción efímera comprando los bienes de la lista de las necesidades insatisfechas, prolongada hasta el infinito, en tanto los modos satisfactorios son pasajeros y evanescentes. El profesor Mateo Aguado[1] ha investigado el tema del paradigma de la satisfacción, y señala las dificultades de la disparidad de criterios que lo rodea. Sostiene:
Esta falta de acuerdo ha condicionado en gran medida las dificultades de su evaluación, a la vez que ha ralentizado su ascenso como paradigma emancipatorio frente al discurso dominante del dinero; un discurso que, bajo denominaciones como bienestar económico o nivel de vida, ha penetrado profundamente en el imaginario colectivo (sin ser, ni mucho menos, sinónimo de una vida buena). A la hora de abordar la evaluación del bienestar humano es importante establecer una nítida distinción entre sus dos posibles dimensiones: la objetiva y la subjetiva. Mientras la primera de ellas se centra fundamentalmente en los aspectos materiales, la segunda captura la evaluación que los individuos tienen sobre sus propias circunstancias (es decir, lo que piensan y sienten).
Es muy interesante el planteo temático de las dos dimensiones, muchas veces diluidas en este tipo de investigación. La subjetiva, que podría asimilarse a un concepto análogo, la sensación térmica, depende de cada cultura y cada momento histórico, lo que hace muy dificultoso trazar comparaciones o modelizar su análisis. Hoy, el peso determinante de la cultura consumista marca a fuego la conciencia colectiva y la sume en una carrera inacabable. En tanto el tema se plantee en esos términos, avanzar es claramente frustrante. Sin embargo, no es menos dificultoso abordar la dimensión objetiva, puesto que las necesidades están trabajadas por los deseos, en medio de un mercado publicitario de alto poder de fuego.
Colocados frente a este panorama, no podemos menos que tomar nota de la disparidad de fuerzas con la que  debe afrontarse la batalla cultural en curso. El sujeto posmoderno ha caído en el desánimo, en la abulia, en el conformismo, en la derrota o, negando todo ello, se entrega gozoso al disfrute individual, engañoso y esterilizador. Cualesquiera de estas actitudes está lejos de abandonar el paradigma del bien-estar, para comenzar a aproximarse al buen-vivir. 
Se torna necesario recuperar —para abrir una brecha hacia adelante en esta investigación— una dimensión humana postergada, abandonada o desvalorizada en este largo último tiempo, la dimensión espiritual. Este concepto, para gran parte de la conciencia colectiva actual, presenta aristas inaceptables o de difícil digestión, en tanto se las asimila al tratamiento que las religiones tradicionales han efectuado de ellas, o a las que han irrumpido en manos de las olas de la New Age[2], que han penetrado, a través de los medios y librerías especializadas, con la promesa de recetas fáciles.



[1] Licenciado en Biología por la Universidad Complutense de Madrid, Máster Universitario en Cambio Global por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Investigador del Laboratorio de Socio-Ecosistemas de la Universidad Autónoma de Madrid.
[2] El término Nueva era o New age —utilizado durante la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI— se refiere a la Era de Acuario y nace de la creencia astrológica de que cuando el Sol pasa un período (era) por cada uno de los signos del zodíaco, se producen cambios en la Humanidad.