domingo, 4 de septiembre de 2011

El manejo de la información para la imposición de políticas


Debemos hacer una especie de alto en el camino para repensar toda la información analizada.
Ese tipo de información, tal cual hemos estado leyendo, puede generar en el lector algún grado de desconcierto. Recuperemos aquí las palabras del notable pensador francés Edgar Morin , quien nos advierte del problema que hoy ha causado el cúmulo de información circulante por el mundo: «A medida que el volumen de información aumenta a ritmo vertiginoso, se obstaculiza el proceso que convierte la información en conocimiento. Con el poder de pensamiento de las computadoras, pareciera que podemos manejar cualquier volumen de información sin ninguna dificultad. Pero esta situación encierra otro problema: la selección, clasificación y sistematización de esa información exige un marco teórico que no está al mismo nivel que los datos que la componen».
Morin nos está colocando frente a un “señor problema”, muy lejano de ser sencillo. La tesis que circulaba en los años 60 respecto de cómo funciona una dictadura para sostener su gobernabilidad, debiendo apelar al ocultamiento de la verdad del sistema, es la que está en el núcleo argumental de la novela 1984, de George Orwell (1903-1950) , cuya referencia a la Unión Soviética es evidente. Este método del empleo de los medios de comunicación para crear una falsa realidad aletargaba a la opinión pública para mantenerla lejos de la verdad. Actualmente, muchos analistas proponen el concepto de “sociedad orwelliana” al establecer ciertos paralelismos entre la sociedad actual y el mundo descrito en la novela. Sugiere que estamos comenzando a vivir en una sociedad controlada en su dimensión comunicacional. Morin agrega sobre el particular: «La visión unilineal, fragmentaria, del conocimiento que aporta este tipo de información no es inofensiva: tarde o temprano desemboca en acciones ciegas y arrastra consecuencias incontrolables».
Partiendo de este análisis, incorporemos lo que antes cité del mismo autor, respecto de cómo «se obstaculiza el proceso que convierte la información en conocimiento» por las características que ha mostrado el manejo de la información en las últimas décadas, en la que el «ritmo vertiginoso» y el «volumen de información» se convierten en una catarata de datos imposible de metabolizar por la mente humana. Esta comprobación permitió alterar la vieja tesis de sólo ocultar y tergiversar la información, porque este método termina siendo descubierto ya que no puede evitar que la falta de libertad haga estallar el sistema (piénsese la implosión de la Unión Soviética).
Lo que se implementó fue un modo mucho más inteligente y complejo: no ocultar toda información, sino sólo aquella que compromete mucho al sistema, y agregar a ese caudal una magnitud de datos, hechos, noticias, comentarios, análisis, de modo tal que, en el mare mágnum informativo, se pierda la capacidad de discernir lo verdadero de lo falso, lo importante de lo trivial, reducido todo a un rasero que achata.
El resultado de este método puede ser comprobado hoy en las dificultades que encuentra el “ciudadano de a pie” para formarse una idea aproximada a la verdad que le permita un juicio certero para su uso personal. La consecuencia evidente es la caída en un descreimiento que se desliza hacia el escepticismo imperante en amplias capas de la población del mundo. No es difícil comprender que, una vez llegado a este escepticismo, la aceptación del “estado actual de cosas” como inevitable aparezca como una forma de la conciencia colectiva. Y la segunda consecuencia pareciera ser el vuelco hacia posiciones de derecha que optan por aquellos que mejor saben hacer lo que el poder internacional les exige a los dirigentes del llamado “progresismo” (Europa y los Estados Unidos son hoy un laboratorio para esas experiencias). Si hay que ajustar los presupuestos del Estado en detrimento de las ventajas sociales adquiridas por las clases más desfavorecidas, entonces, para ello, que gobiernen quienes sostienen estas políticas, de manera que se pueda vislumbrar si es ese un camino posible e inmediato para salir de la crisis.
Para el logro de la aceptación de ese camino, como única salida, se requiere la aplicación de una metodología imprescindible: la desvalorización de la política como camino de solución de los conflictos actuales, y ceder a los técnicos o a los empresarios el manejo de la “cosa pública”. “Si hay que operar, que lo hagan éstos, que son los mejores cirujanos especializados”. Chile es un buen ejemplo. Esta actitud pesimista está abonada en el campo internacional por los mediocres desempeños de los gobiernos llamados “de izquierda”: la falta de una clara visión del problema, en el progresismo europeo, los ha llevado a aceptar recetas que ya han fracasado en otras partes del mundo. Hacer aquello acerca de lo que no se tiene real convicción, por la aceptación claudicante ante las imposiciones del poder financiero, no le garantiza al “ciudadano de a pie”, según parece, la capacidad para lo que “se tiene que hacer”.
A todo ello ha contribuido, en gran medida, la prédica de los grandes medios de comunicación, con el argumento, con serios ocultamientos, de que sólo hay una opción: el sometimiento al poder financiero internacional, aunque no se lo diga en estos términos.