miércoles, 21 de septiembre de 2011

La libertad y sus comienzos

El tema que quedó planteado ha sido estudiado de diversos modos, durante mucho tiempo, y sigue siendo todavía hoy un debate presente tanto en la práctica como en el plano teórico. No olvidemos además que tenemos una larga historia que se remonta a las revoluciones modernas de Inglaterra del siglo XVII, y Francia del XVIII. En su mayor parte, expresan este punto de vista: el temor de las elites en la conducción de los asuntos públicos ante la presencia con intenciones participativas de la “plebe”. En razón de la importancia de estos comienzos, sobre todo por las marcas que han dejado en los debates posteriores, voy a referirme a este período moderno, desde el siglo XVIII, acerca de la forma en que se desarrolla la noción de democracia, y sobre el modo y el por qué el problema de los medios de comunicación y la desinformación se ubican en este contexto.
Uno de los padres del liberalismo moderno es, sin dudas, el filósofo inglés John Locke (1632-1704), quien aborda el tema en su famoso “Segundo ensayo sobre el gobierno civil” (1690), publicado tras la victoria de la Gloriosa Revolución (1688) que proclama dos derechos fundamentales sobre los que se iría construyendo la idea de democracia: Hábeas Corpus (1679) y la The Bill of Rights (1689).
La idea de igualdad ante la ley aparecía como una enorme conquista, pero se apoyaba en una profunda contradicción política: Inglaterra ya había comenzado su expansión imperial con las correspondientes conquista coloniales. Los emigrantes ingleses estaban comenzando a asentarse en América del Norte, además de las conquistas en el Lejano Oriente.
Una de las actividades más importantes del comercio internacional inglés, por ser el más lucrativo en los siglos XVII y XVIII, era la caza y venta de esclavos africanos. El mismo Locke había invertido gran parte de su fortuna en este negocio con rentas muy importantes. Es importante dejar subrayada la simultaneidad de ambas líneas en desarrollo: la filosofía liberal y la conquista colonial basada en la esclavitud. Así comenta Franz Hinkelammert este tema: “Tomando en cuenta esta situación imperial, la urgencia de una nueva teoría política era evidente. Anteriormente, la expansión se justificaba por el derecho divino de los reyes y, como en el caso de España y Portugal, por la asignación papal de las tierras por conquistar. Pero después de la revolución burguesa que había suprimido este derecho divino de los reyes, reduciendo al rey a un rey constitucional nombrado por el Parlamento, esta legitimación de la expansión imperial había perdido su vigencia”.
La revolución burguesa requería una fundamentación y legitimación de los derechos individuales, que ya habían sido esbozados en el Hábeas Corpus y la The Bill of Rights, A partir de allí, debía justificarse la expansión colonial sin renunciar a lo ya conquistado. Estos derechos garantizaban la vida física de los hombres libres y sus propiedades, y habían transformado la autoridad en un poder al servicio de ellos. Aparece una contradicción leída desde hoy, pero que no inmutó a aquellos hombres: el trabajo forzado por la esclavitud y la apropiación de tierras a los indígenas de América del Norte no representaba ningún conflicto, era entendida como perfectamente compatible.
Esta dificultad que aparecía entre la declaración de igualdad ante la ley para todos los hombres y el poder de conquista y apropiación de parte de la burguesía, fue resuelta por Locke con un giro a la interpretación de lo que se entendía por derecho humano. Partiendo de la afirmación de que “Todos los hombres son iguales por naturaleza” era expresado de este modo como: “El derecho de igualdad que todos los hombres tienen a su libertad natural, sin estar ninguno sometido a la voluntad o a la autoridad de otro hombre”. La sorpresa para nosotros, hombres del siglo XXI, es la capacidad de sacar de la afirmación anterior la siguiente conclusión: “La esclavitud es legítima”, por lo tanto, se puede continuar con la conquista y colonización tanto de América como de la India. Veamos su argumentación.
En la misma línea de un antecesor, el filósofo también inglés Thomas Hobbes (1588-1679), sostiene que la sociedad política se ha construido sobre la superación del estado de naturaleza en el que vivían los hombres antes. El estado civil es el resultado de la necesidad de poner un orden compartido entre los hombres, sostenido por una autoridad para el cumplimiento de la ley. Se ha justificado con la siguiente simplificación: que el estado civil es un perfeccionamiento del estado de naturaleza que asegura una vida ordenada.