domingo, 8 de abril de 2012

El control de los medios de difusión IX

Algunos datos más de este señor “tan importante”, Edward Bernays, que exhibe en su muy larga carrera varios “éxitos” políticos al servicio de la Central de Inteligencia Americana (CIA).
Volvamos a Chomsky: «Fue el encargado de dirigir la campaña de relaciones públicas de la United Fruit Company, en 1954, cuando los Estados Unidos intervinieron militarmente para derribar el gobierno democrático de Guatemala, e instalaron en su lugar un régimen sanguinario de escuadrones de la muerte, mantenido hasta nuestros días a base de repetidas infusiones de ayuda norteamericana, cuyo objeto es evitar algo más que desviaciones democráticas vacías de contenido. En estos casos, es necesario hacer tragar por la fuerza una y otra vez programas específicos para cada caso, aplicados a lo que la gente se muestra contraria, ya que no tiene ningún sentido que el público esté a favor de programas que le son perjudiciales».
Se puede comprender la importancia que adquirió su asesoramiento profesional allí donde fue llamado a intervenir, puesto que si es exigible una propaganda amplia y general, también se requiere un conocimiento específico de cada caso, como todo cirujano sabe, y éste fue un “cirujano de masas”. Lo sobresaliente de sus logros es que fue capaz de convencer a mucha gente de que lo inaceptable para sus intereses se convirtió en aquello que aceptó. Preguntémonos acerca de tantas campañas presenciadas, y hasta aceptadas sin mucha oposición, desde aquella frase «Hay que pasar el invierno» hasta «un dólar y un peso tienen el mismo valor» lo que desató aquella fiebre del “deme dos”, hasta «el que depositó dólares recibirá dólares». Sin embargo, conviene destacar que no parece que nuestro pueblo sea tan sometido como el de los “Homero Simpson”.
Nuestro autor nos ofrece un ejemplo: «Los programas de la era Reagan eran abrumadoramente impopulares. Los votantes de la victoria arrolladora de Reagan en 1984 esperaban, en una proporción de tres a dos, que no se promulgaran las medidas legales anunciadas. Si tomamos programas concretos, como el gasto en armamento, o la reducción de recursos en materia de gasto social, etcétera, prácticamente todos ellos recibían una oposición frontal por parte de la gente. Pero en la medida en que se marginaba y apartaba a los individuos de la cosa pública y estos no encontraban el modo de organizar y articular sus sentimientos e intereses, o incluso de saber que había otros que compartían dichas ideas, los que decían que preferían el gasto social al gasto militar —y lo expresaban en los sondeos, tal como sucedía de manera generalizada— daban por supuesto que eran los únicos con tales ideas disparatadas en la cabeza. Nunca habían oído estas cosas de nadie más, ya que había que suponer que nadie pensaba así; y si lo había, y era sincero en las encuestas, era lógico pensar que se trataba de un “bicho raro”. Desde el momento en que un individuo no encuentra la manera de unirse a otros que comparten o refuerzan este parecer y que le pueden transmitir la ayuda necesaria para articularlo, acaso llegue a sentir que es alguien excéntrico, una rareza en un mar de normalidad».
De esta manera se ha logrado que, aun aquellos que no comparten el mensaje sean reducidos a un estado psicológico tal, que los lleva a poner en duda lo que ellos piensan, y terminan sometidos al peso de la “opinión pública”. Así pues, hasta cierto punto se alcanza el ideal, aunque nunca de forma completa; el éxito total es un límite inalcanzable, ya que hay instituciones que no se han logrado deslegitimar o destruir. Ofrece Chomsky el ejemplo de las iglesias de su país: «Buena parte de la actividad disidente de los Estados Unidos se producía en las iglesias por la sencilla razón de que ellas resistían». La comparación siguiente es muy ilustrativa para cuando veamos el estado de cosas existente entre nosotros: «Por ello, cuando había que dar una conferencia de carácter político en un país europeo era muy probable que se celebrara en los locales de algún sindicato, cosa harto difícil en América ya que, en primer lugar, estos apenas existían o, en el mejor de los casos, no eran organizaciones políticas. Pero las iglesias sí existían, de manera que las charlas y conferencias se hacían con frecuencia en ellas: la solidaridad con Centroamérica se originó en su mayor parte en las iglesias, sobre todo porque con su prédica contrarrestaban el mensaje».