miércoles, 11 de abril de 2012

El control de los medios de difusión X

El profesor Chomsky propone algunas reflexiones sobre la historia que narró, historia que es, a su vez, un análisis de los modos y técnicas del manejo del poder en los Estados Unidos. Sin embargo, me atrevo a interpretar, no pretende decir que estas maniobras y campañas logren totalmente sus propósitos. No se pueden negar los notables éxitos alcanzados, dados los enormes esfuerzos y recursos puestos al servicio de esos planes. También cabe reconocer que contaron con una capacidad y calidad de inteligencias, creatividades, inventivas, que hicieron escuela en el mundo. Gran parte de la publicidad que las agencias diseñan tiene, por detrás, todas esas experiencias. Es recomendable ver una serie de televisión, “Mad men”, que pinta con trazos muy vívidos a una agencia de publicidad de Nueva York, en su “día a día”, que desnuda las artimañas a las que apelan en el diseño de sus campañas. «La serie ha sido mundialmente aclamada por su autenticidad histórica, por su estilo visual, por su guion y actuaciones. Por ello, ha ganado tres Globos de Oro y nueve Emmys, y es la segunda serie emitida por cable en los Estados Unidos que ha ganado el Emmy a la Mejor serie dramática», comenta una publicación de espectáculos.
Respecto a la eficacia del manejo de las manipulaciones ya analizadas, comenta Chomsky: «El rebaño desconcertado nunca acaba de estar debidamente domesticado: es una batalla permanente. En la década de 1930, surgió otra vez, pero se pudo sofocar ese movimiento. En los años sesenta, apareció una nueva ola de disidencias, a la cual la “clase especializada” le puso el nombre de “crisis de la democracia”. Se consideraba que la democracia estaba entrando en una crisis, porque amplios segmentos de la población se estaban organizando de manera activa y estaban intentando participar en la arena política. El conjunto de élites coincidían en que había que aplastar tal renacimiento democrático de los sesenta, y poner en marcha un sistema social en el que las riquezas se canalizaran hacia las clases acaudaladas y privilegiadas».
Son interesantes las apreciaciones deslizadas a lo largo de su libro. Muestran que hablar de democracia dice algo, pero no mucho, puesto que en la práctica de los Estados Unidos se entiende por tal, algo diferente de lo que se sostiene en Europa. Se puede entender que los movimientos sociales, con sus reclamos, son un avance de la calidad democrática dada la mayor participación de la ciudadanía, como lo muestra en alguna medida la Europa de los sesenta y setenta. Sin embargo, debe tenerse en claro que no es lo que el establishment estadounidense desea imponer. «Según el criterio predominante, es un problema, una crisis que ha de ser vencida. Había que obligar a la población a que retrocediera y volviera a la apatía, la obediencia y la pasividad, que conforman su estado natural».
En el País del Norte, después de la década de 1960 se hizo todo lo posible para que esa “enfermedad”, denominada “democratización”, fuera eliminada o fuera menos virulenta. «La verdad es que uno de los aspectos centrales de dicho mal tenía un nombre técnico: el “Síndrome de Vietnam”, término que surgió en torno a 1970 y que de vez en cuando encuentra nuevas definiciones». Esta “enfermedad” se hizo pública en una manifestación de varias Universidades de los Estados Unidos en desacuerdo con la guerra de Vietnam. Esta oposición hizo más por el retiro de las tropas, que los resultados bélicos en el campo de batalla. Un intelectual reaganista, neoconservador, perteneciente a la ultraderecha del Partido Republicano, Norman Podhoretz, se quejaba de lo que llamó tiempo después, «las inhibiciones enfermizas respecto al uso de la fuerza militar».
Esta situación de una especie de rebeldía a la norteamericana —no era nada realmente grave, pero una mayoría experimentaba dichas «inhibiciones contra la violencia, y simplemente no entendía por qué había que ir por el mundo torturando, matando o lanzando bombardeos intensivos»— tuvo muy preocupados a los políticos y empresarios ligados al Pentágono.
Agrega Chomsky, con una ironía amarga: «Como ya supo Goebbels en su día, es muy peligroso que la población se rinda ante estas “inhibiciones enfermizas”, ya que en ese caso habría un límite a las veleidades aventureras de un país fuera de sus fronteras. Tal como decía con orgullo el Washington Post, durante la histeria colectiva que se produjo durante la guerra del golfo Pérsico, “es necesario infundir en la gente respeto por los valores marciales. Y eso sí es importante. Si se quiere tener una sociedad violenta que avale la utilización de la fuerza en todo el mundo para alcanzar los fines de su propia élite doméstica, es necesario valorar debidamente las virtudes guerreras y no, esas inhibiciones achacosas acerca del uso de la violencia. Esto es el síndrome de Vietnam: hay que vencerlo”».