miércoles, 16 de mayo de 2012

El mito del mercado libre IV


La descripción y análisis que el autor viene desarrollando respecto del concepto de libertad, si bien es particularmente rico para profundizar en el tema, él no deja de presentarse dentro de un terreno teórico. Para poder avanzar sobre lo que él denomina el «potencial político que mantienen todavía hoy» es necesario pasar al plano institucional en el que se deben proponer formas concretas que habiliten su presencia y defensa. Allí ubica la descripción de un «determinado diseño social e institucional en virtud del cual nadie cuenta con la mera posibilidad de interferir arbitrariamente en las vidas de los ciudadanos».
«El estudio de aquellas condiciones socio-institucionales que, de acuerdo con la tradición histórica del republicanismo, hacen posible la emergencia de la libertad, de la libertad entendida en el sentido de la tradición republicana. De allí surge con claridad que el grueso de la tradición histórica del republicanismo, desde la Atenas clásica hasta el despliegue de los socialismos —los textos clásicos, de Aristóteles a Marx, son de una claridad meridiana a este respecto— ha girado alrededor de la afirmación de que esta libertad republicana como ausencia de dominación exige el goce de independencia material, del tipo de independencia material que históricamente estuvo vinculado a la propiedad. De ahí que hablemos del carácter “propietarista” de la tradición republicana: sólo puede ser libre aquel que es propietario o, más en general, aquel que goza de un ámbito de existencia material autónomo que lo dote de niveles relevantes de independencia material, de independencia socio-económica, equivale a decir, de decisivas condiciones necesarias para la libertad».
El aporte que nuestro autor subraya como uno de los objetivos fundamentales de su mi libro «ha sido el tratar de mostrar que Adam Smith, con el particular lenguaje y las particulares aspiraciones del siglo XVIII escocés, pertenece a todo este mundo. El mundo de Adam Smith ya no es un mundo en el que la cuestión de la independencia socio-económica pueda fiarse a la propiedad de la tierra —o a la propiedad de esclavos—, como fue el caso del republicanismo clásico de los Fundadores norteamericanos: pensemos en Jefferson. El mundo de Adam Smith sigue sostenido por la condición de que no hay libertad sin independencia personal, sin acceso a (y sin control de) un conjunto de recursos materiales que blinden nuestras posiciones sociales como agentes libres de cualquier tipo de relación de dominación».
Debemos recordar entonces que lo que denomina “el mundo de Adam Smith” y la tradición en la que se asienta, corresponden a una larga etapa de la producción artesanal, previa a la Revolución industrial, en la que los productores eran personas libres que disponían de sus propias herramientas de trabajo. Este “mundo” comienza a ser atacado por la aparición de los grandes talleres, con mano de obra asalariada, que está comenzando a edificar la “sociedad del capitalismo industrial”. Por ello afirma que: «El republicanismo comercial de Adam Smith no apunta a la propiedad de bienes inmuebles, insiste enfáticamente en la necesidad de que las instituciones políticas coadyuven a consolidar todo aquel orden social nuevo, comercial y manufacturero, en el que, tal como asume el grueso de la escuela histórica escocesa —pensemos en David Hume, en Adam Ferguson o en John Millar—, parece que se abren las puertas para que el conjunto de la sociedad, sin exclusiones de ningún tipo, cuente con verdaderas posibilidades de hacerse con instalaciones, con equipos productivos, con unas destrezas profesionales cuyo control no escape de sus manos, con oportunidades de acceso a los mercados y de colocación en ellos de las mercancías producidas, etc.».
Nos pinta un cuadro histórico real que fue apareciendo en las pequeñas ciudades del centro-norte de la Europa germana, como así también en el norte de Italia entre los siglos X y XVII. Esta experiencia social fue denominada “la comuna urbana”[1] por historiadores como el belga Henri Pirenne, a comienzos del siglo XX; el francés Jacques Le Goff, en la posguerra y, contemporáneamente en la Argentina, José Luis Romero. Todos ellos con su valiosa labor descubrieron y denunciaron la patraña de una Edad Media oscurantista, demostrando los avances sociales de lo que nuestro autor viene denominando “republicanismo”, que no debe ser confundido con los modos estadounidenses de fuerte cuño conservador.



[1] Sobre este tema puede consultarse en la página www.ricardovicentelopez.com.ar Los orígenes del capitalismo moderno, Primera Parte.