domingo, 27 de mayo de 2012

El mito del mercado libre VII


La tercera parte del libro lleva por título “Propiedad, comunidad y sentimientos morales: el mercado como institución republicana”, palabras que hoy chocan con el sentido común, resultado de las divulgaciones interesadas que han introducido en el espacio público, como verdades canónicas, tergiversaciones del pensamiento de un supuesto “Padre del liberalismo económico”. Ya quedó hecha la distinción respecto del concepto de libertad que recoloca a Adam Smith en la corriente del “propietarismo republicano”. Sin embargo toda aclaración, dadas las divulgaciones mencionadas resultan siempre insuficientes, ante el intrincado juego conceptual que estamos enfrentando. Es que el contenido de los conceptos manejados, cargados de ambigüedades, algunas naturales de toda palabra, más las que se introduce como resultado de las lecturas sesgadas, no hacen que sea sencilla esta tarea.
El lector debe tener en cuenta que la dificultad que presenta la lectura de textos de economía no parte de la poca capacidad que se tenga para comprender, sino de los modos del escribir académico, en una jerga técnica intrincada. Esto llevó a un pensador agudo, Arturo Jauretche, a decir: «En economía no hay nada misterioso ni inaccesible al entendimiento del hombre de la calle. Si hay un misterio, reside él en el oculto propósito que puede perseguir el economista y que no es otro que la disimulación del interés concreto a que se sirve». Otro tanto se podría decir de algunos textos  de Sociología, Ciencias Políticas, Filosofía, etc.
Retomemos una frase, que pertenece al título de un capítulo del libro que analizamos, de la mano del Dr. Casassas: «El mercado como institución republicana». El resultado de una primera aproximación a ella es la sorpresa que provoca la relación entre el concepto “mercado” de la Ciencia Económica y el concepto “república” de la Ciencia Política. Sucede que hemos sido educados a partir de la fragmentación del conocimiento sobre la problemática del hombre, que se configuró en diversas especialidades , por tal razón necesitamos un esfuerzo de pensamiento para leer lo que los clásicos manejaban con mucha soltura: mirar lo social desde una óptica abarcante y totalizadora. Ese modo de pensar debe ir acompañado por un lenguaje que pueda dar cuenta de la complejidad con otros modos de conceptualizar. Comenzando por abandonar las fáciles “universalizaciones” que pasan un rasero homogeneizador por sobre las particularidades personales, colectivas, culturales, económicas, políticas, etc. Al respecto dice nuestro autor:
«Aquí conviene introducir una precisión decisiva. Uno de los elementos más importantes que aprendemos de Adam Smith, como de toda la ciencia social, atenta al funcionamiento real de las distintas instituciones sociales —entre ellas, los mercados—, es que “el mercado”, en singular, o en abstracto, no existe. Aquello que existe son distintas formas de mercado configuradas históricamente como resultado de una opción política —o de un enjambre de ellas—. En otras palabras: todos los mercados son el resultado de la intervención del Estado o, en otros términos, de la toma de decisiones políticas con respecto a la naturaleza y funcionamiento de los mercados en cuestión. Por ejemplo: ¿qué grados de tolerancia, si hubiera alguno, estamos dispuestos a asumir para con los monopolios y los oligopolios? ¿Qué tipo de legislación laboral —si la hubiera— aspiramos a introducir? ¿Contemplamos la posibilidad de instituir salarios mínimos interprofesionales? ¿De qué cuantía? ¿Cómo definimos los derechos de propiedad? En particular, ¿consideramos necesario introducir patentes y copyrights? Si se dice sí, ¿bajo qué régimen y en qué condiciones? Y un larguísimo etcétera».
Lo que nos está proponiendo es que intentemos pensar históricamente, equivale a decir: así como el mercado no existe, sino sólo mercados diversos, lo mismo debe decirse para el hombre, los pueblos y las culturas. Cada uno de estos conceptos debe ser ubicado partiendo de las dimensiones de la vida humana: ella sólo se da en un tiempo histórico y en un espacio geográfico determinado. Vulnerar esta condición equivale a destruir la vida personal y comunitaria en el nivel del concepto, dado que no existen los hombres, las instituciones, los pueblos, las culturas universales. El universal es el resultado de una abstracción, de una operación intelectual que violenta la realidad real (valga la aparente redundancia). La sabiduría de uno de los padres de la Medicina lo llevó a afirmar: «no existen las enfermedades, existen los enfermos», siguiendo la misma lógica de pensamiento.