miércoles, 23 de mayo de 2012

El mito del mercado libre VI


 Lo que debe ser señalado en esta última descripción son las diferencias entre dos modos de pensar la libertad respecto de lo que entiende nuestro autor, en su particular concepto de republicanismo, como hemos visto, y el que ha rescatado la corriente filosófica que fue elaborando una concepción de libertad: el liberalismo, que ha legitimado el capitalismo industrial del siglo XIX en adelante. Cuya influencia se ha extendido hasta hoy para acompañar la fundamentación del neoliberalismo posterior.
Vuelve entonces, nuestro autor, a retomar la reflexión sobre las peculiaridades de la tradición liberal que maneja una noción de libertad entendida como “isonomía” —el concepto que sostiene la igualdad de derechos civiles y políticos de los ciudadanos; esto es, como mera igualdad ante la ley, que se desentiende por completo de toda la cuestión relativa a los fundamentos materiales mínimos para el ejercicio positivo de la libertad—. Este concepto restringe la libertad a la formulación jurídica de la misma, desligándose de las condiciones necesarias para que ella se pueda concretar efectivamente. Esa libertad concibe su existencia con la sola presencia de una legislación que prohíba la esclavitud, sin importar las posibilidades que pueda tener el ciudadano de ejercerla plenamente.
Dicho de otro modo, se es libre para ofrecerse en el mercado como mano de obra disponible, que pude ser contratada en los términos que convengan dentro del juego de la “ley de la oferta y la demanda”. La capacidad de ofrecerse queda sometida a su condición de mercancía, convertida en una más de las tantas que circulan por el mercado. Ley que ha estado siempre, salvo rarísimas excepciones, resguardada por la existencia de una sobreoferta de mano de obra que asegurara un bajo precio de ella.
Esa libertad, en definitiva, puede ser compatible con la más abyecta pobreza, con condiciones degradantes de trabajo, con remuneraciones escasas que no cubran las necesidades mínimas elementales. «Pues bien, Adam Smith no tiene nada que ver con todo este mundo liberal. Para Smith, como para el grueso de la tradición republicana, no hay libertad sin independencia socio-económica efectiva».
Si recordamos lo dicho respecto del título del libro de nuestro autor, podemos ahora dar una vuelta más en torno a Smith para expurgarlo de las adherencias “liberales”, entendido esto en el sentido ya explicitado en páginas anteriores. Veamos como se expresa en su análisis respecto de los temores que Smith si no se respetan las necesidades elementales de los trabajadores.
«En definitiva, hay peligro de que la ciudad arda, de que la comunidad quede expuesta “a brutales desórdenes y horribles atrocidades”, cuando los poderes públicos dejan de lado sus obligaciones fundamentales, que no son otras que el velar por que no se formen, muy especialmente en el espacio económico, posiciones de poder y de privilegio, vínculos de dependencia que sometan a la gran mayoría al arbitrio de unos pocos. Así, por muy “natural” que sea, la libertad no es algo “pre-social” o metafísico, sino algo que los humanos conquistamos terrenalmente, en el fragor de muchas batallas, históricamente identificables, libradas en todos los rincones de la sociedad. Y para que esas batallas sean fructíferas, es preciso que las instituciones públicas culminen su tarea introduciendo las regulaciones necesarias, los cortafuegos necesarios, para destruir posiciones de dominación y para hacer de todos los miembros de la sociedad actores participantes, verdaderamente independientes, prestos a construir toda una interdependencia verdaderamente autónoma. De aquí, pues, la vigencia del republicanismo comercial de Adam Smith, pues huelga decir que los cortafuegos no se alzaron: el surgimiento del capitalismo industrial y financiero vino de la mano de grandes procesos de concentración del poder económico y de desposesión de la gran mayoría pobre, procesos que han ido adquiriendo formas distintas, que se mantienen en la actualidad».