domingo, 20 de mayo de 2012

El mito del mercado libre V


 Nuestro autor introduce un concepto que puede dejar perplejo a quien no acostumbra a trajinar textos que aborden esta problemática. Y, aunque el tema no es sencillo, me parece necesario acercar al que se hace referencia habitualmente: el “ciudadano de a pie”; con una expresión poco novedosa pero de gran capacidad descriptiva. Avanzar por caminos que extiendan las prácticas sociales democratizadoras requiere que “ese ciudadano” se involucre en los debates cuyos resultados determinaran, en gran parte, los caminos posibles hacia una sociedad más equitativa. En la medida en que “ese ciudadano” se desentienda de este tipo de problemáticas, por las razones que fueren, propias o ajenas, esos resultados favorecerán a aquellos interesados en que “ese tipo de ciudadanos” quede al margen de las “grandes decisiones”. Las tergiversaciones en la interpretación de textos y autores gravitantes tienen el perverso propósito de marginar a la mayor cantidad de participantes posibles, convirtiendo a la democracia en un mecanismo trivial e insulso.
Para acercarnos a el problema de las distorsiones interpretativas, propongo la lectura de un texto clásico del marxismo, escrito como una especie de presentación ante la conciencia de los trabajadores de su tiempo, en el que se aborda el concepto de la propiedad privada, en pleno debate con erróneas o sesgadas interpretaciones, de aquella época que se mantienen vigentes: El Manifiesto Comunista de 1948. En él dice su autor, Carlos Marx, lo siguiente:
«Lo que caracteriza al comunismo no es la abolición de la propiedad en general, sino la abolición del régimen de propiedad de la burguesía, de esta moderna institución de la propiedad privada burguesa, expresión última y la más acabada de ese régimen de producción y apropiación de lo producido que reposa sobre el antagonismo de dos clases, sobre la explotación de unos hombres por otros. Así entendida, sí pueden los comunistas resumir su teoría en esa fórmula: abolición de la propiedad privada. Se nos reprocha que queremos destruir la propiedad personal bien adquirida, fruto del trabajo y del esfuerzo humano, esa propiedad que es para el hombre la base de toda libertad, el acicate de todas las actividades y la garantía de toda independencia. ¡La propiedad bien adquirida, fruto del trabajo y del esfuerzo humano! ¿Os referís acaso a la propiedad del humilde artesano, del pequeño labriego, precedente histórico de la propiedad burguesa?  No, ésa no necesitamos destruirla; el desarrollo de la industria lo ha hecho ya y lo está haciendo a todas horas».
Insisto para que se vea con claridad qué tipo de propiedad proponían abolir aquellos comunistas: sólo la que se asienta sobre la explotación del trabajo y la apropiación de toda renta posible: “el sagrado lucro capitalista”. La otra «la propiedad personal bien adquirida, fruto del trabajo y del esfuerzo humano, esa propiedad es para el hombre la base de toda libertad», esa estaba siendo abolida por la expansión de la producción industrial, con lo cual la gran industria desarrollaba una tarea doble: paralelamente al crecimiento arrollador de esa industria arrasaba con la posibilidad de subsistencia de la pequeña industria artesanal y dejaba una masa de pequeños productores sin trabajo, aptos para ser contratados como asalariados del capital. La simplificación malintencionada de las tesis de Marx hizo pensar a muchos que lo que se proponía era eliminar todo tipo de propiedad lo que convertía al trabajador en una especie de “esclavo del Estado”. Por otra parte, esa misma lectura sesgada sobre los textos de Adam Smith, lo coloca en un polo diametralmente opuesto: Smith proponía la “defensa de la propiedad privada” y Marx su abolición total. Ni uno ni otro hablan de nada semejante.
Si el lector recuerda lo que ya quedó dicho y, en la medida en que pase las hojas profundizará estos conceptos, podrá comprender que la distancia entre estos dos grandes pensadores, respecto a la propiedad privada no es tan grande.
«El republicanismo comercial y manufacturero de Adam Smith gira alrededor de la afirmación de que el  goce de todo este conjunto de recursos materiales y de oportunidades vinculadas al ámbito de la producción y del intercambio ha de permitir la generalización de esa emancipación material, que es condición de posibilidad de una vida social libre. De ahí que el ideal ético-político de Adam Smith sea el del productor libre e independiente, que lo es por: a.- porque es propietario de los medios de producción o, b.- porque cuenta con niveles relevantes de control de su actividad productiva y del funcionamiento del centro de trabajo en el que opera. Tomamos aquí los conceptos “producción” y “trabajo” en su sentido más amplio, pues el mundo de la (re)producción se extiende hasta los últimos confines de la vida social. En definitiva, en el marco del republicanismo comercial smithiano, el propietarismo republicano sostiene el goce de oportunidades efectivas de controlar los recursos materiales y el espacio económico y social en el que se opera y se despliega la vida de todos».