miércoles, 11 de julio de 2012

Pinceladas sobre la democracia y el capitalismo II

A mediados de la década del noventa alguien con mayores pergaminos académicos publicó un libro que provocó muchos comentarios en los Estados Unidos y parte del mundo europeo. El Dr. Lester Thurow (1938), Doctor en Economía y en Filosofía y Letras, en la Universidad de Harvard, Profesor de Economía del “Instituto Tecnológico de Massachussetts” (MIT), —importante institución académica, una de las principales instituciones universitarias de los Estados Unidos—. Fue decano de la Escuela Sloan de Administración de esa Universidad. Es autor de numerosos libros sobre temas  de su especialidad: economía global, inestabilidad económica, distribución del ingreso y liderazgo. En uno de sus libros, El futuro del capitalismo (1996), analiza la relación entre democracia y capitalismo detectando una contradicción que aparece, al menos, en el ámbito de la cultura occidental:
«La democracia y el capitalismo tienen diferentes puntos de vista acerca de la distribución adecuada del poder. La primera aboga por una distribución absolutamente igual del poder político, “un hombre, un voto”, mientras el capitalismo sostiene que es el derecho de los económicamente competentes expulsar a los incompetentes del  ámbito comercial y dejarlos librados a la extinción económica. La eficiencia capitalista consiste en la “supervivencia del más apto” y las desigualdades en el poder adquisitivo. Para decirlo de la forma más dura, el capitalismo es perfectamente compatible con la esclavitud... En una economía con una desigualdad que crece rápidamente, esta diferencia de opiniones acerca de la distribución adecuada del poder es como una falla de enormes proporciones que está por deslizarse» (subrayados RVL).
Esta última frase nos está alertando sobre una dificultad mayúscula cuyas consecuencias son imprevisibles. Esta es la razón, según mi opinión, por la cual un intelectual de su prestigio hace una advertencia tan grave. A lo largo de su libro va recorriendo las últimas décadas de los acontecimientos del capitalismo del Norte y demuestra, con cifras fundamentadas en estudios de institutos importantes, el empobrecimiento de los sectores medios y bajos que muestran una curva que no se ha detenido, y que la década última muestra peligrosamente agravada. Su argumentación es un llamado a la reflexión a los dirigentes políticos y empresariales sobre el particular, ya que, según su tesis, los sectores medios de las democracias son los sostenedores del sistema, su cimientos, sin cuyo apoyo todo se puede desmoronar. Es este riesgo el que es señalado por el profesor y que, según él, pasa inadvertido para la mayoría de los dirigentes. En otras palabras su denuncia es un modo de defensa del capitalismo:
«El capitalismo y la democracia son muy incongruentes en cuanto a sus hipótesis acerca de la distribución justa del poder. Las democracias tienen un problema con la creciente desigualdad económica, precisamente porque creen en una igualdad política: “una persona, un voto”. La democracia tiene creencias y puntos de referencia que no son compatibles con las grandes desigualdades. El capitalismo también ha hecho sus esfuerzos para defender las desigualdades que genera con una serie de ideas opuestas que explican por qué esas desigualdades son justas y apropiadas».
Su línea de pensamiento es clara. No es una crítica destructiva que apunte al derrocamiento del sistema, por el contrario, es un llamado de atención respecto de los graves riesgos que se pueden presentar si el sistema capitalista no revierte la tendencia hacia esas desigualdades cada vez mayores. A un poco más de quince años de estas afirmaciones, los Estados Unidos afrontan una conmoción social que, si no es importante en número lo es por las escasas prácticas que ese pueblo ha experimentado en este terreno. Estas movilizaciones expresan los reclamos “del 99% contra el 1%”, que hace referencia precisamente a que estado ha llegado esa desigualdad en la distribución de las riquezas. El 1% de la población está conformado por los “multibillonarios” (sic), esos que obscenamente son expuestos en revistas como Forbes o Fortune.
El periodista Sam Pizzigati, editor Too Much, “un semanario online sobre el exceso y la desigualdad” publicado por el institute for Policy Studies de Washington, publica en estos tiempos noticias como éstas:
«Sólo cuarenta años atrás, la mayoría de los americanos se codeaba con vecinos de un muy amplio rango de niveles de renta. Pero los ricos de hoy, según muestran los datos censales, se mantienen bien alejados de los demás. ¿Cuántos vecindarios has visto con montones de residentes ricos y escuelas pobres? O, al revés, ¿cuántos vecindarios has visto con mayoría de residentes pobres y escuelas espléndidamente instaladas? Hacia 1970, la gran mayoría de los americanos vivían en barrios donde se mezclaban personas con altos y modestos niveles de ingresos. Ya no es así. En efecto, como señala un nuevo estudio recientemente publicado por la Fundación Russell Sage y la Universidad Brown, se ha duplicado la proporción de americanos que viven en vecindarios caracterizados por tener una profunda segregación por ingreso. Los ricos de América no se han hecho sólo más ricos, como afirma el estudio realizado por los sociólogos de la Universidad de Stanford, Sean Reardon y Kendra Bischoff. Se han vuelto además mucho más proclives a vivir entre los de su misma condición económica. Lo mismo sucede con los pobres»