martes, 9 de octubre de 2012

Joseph Stiglitz nos muestra el mundo de hoy II



(Premio Nobel, es profesor de Economía en la Universidad de Columbia. Su último libro es El precio de la desigualdad: cómo la división actual de la sociedad pone en riesgo nuestro futuro).

Comenta que esto no sería tan malo si hubiera aunque sea un poco de verdad en la teoría del derrame: la peculiar idea de cuanto más rápido se enriquezcan los de arriba desbordaría la copa de la riqueza y se derramaría en beneficio de todos. Pero lo que se puede observar hoy, según sus estudios, es que la mayoría de los estadounidenses se encuentran peor (con menos ingresos reales ajustados por la inflación) que una década y media atrás, en 1997. Todos los beneficios del crecimiento fueron absorbidos por la cima de la pirámide social. Responde al argumento de los defensores de este proceso político-económico de la última década:
Los defensores de la desigualdad estadounidense argumentan que los pobres y los que están en el medio no tienen por qué quejarse: puede ser que la porción de torta con la que se están quedando sea menor que antes, pero gracias a los aportes de los ricos y superricos, la torta está creciendo tanto que en realidad el tamaño de la tajada es mayor. Pero una vez más los datos contradicen de plano este supuesto. De hecho, EE.UU creció mucho más rápido durante las décadas que siguieron a la II Guerra Mundial, cuando el crecimiento era conjunto, que después de 1980, cuando comenzó a ser divergente.
Si la versión de este tipo de análisis no estuviera ocultada por los grandes medios de comunicación internacionales, de los que se alimentan lo medios nacionales, esto no debería sorprender y podría comprender cuál es el origen de la desigualdad: «La búsqueda de rentas distorsiona la economía». No debe entenderse que él afirme que las fuerzas del mercado no influyen, sí lo hacen pero los mercados dependen de la política, y «en EE UU, con su sistema cuasi-corrupto de financiación de campañas y el ir y venir de personas que un día ocupan un cargo público y al otro están en una empresa privada, y viceversa» entonces «la política depende del dinero». Muestra uno de los tantos aspectos de cómo funciona el sistema:
Por ejemplo, cuando la legislación de quiebra privilegia los derivados financieros por encima de todo, pero no permite la cancelación de las deudas contraídas por los estudiantes para pagar sus estudios (por más deficiente que haya sido la educación recibida por los deudores), es una legislación que enriquece a los banqueros y empobrece a muchos de los que están abajo. Y en un país donde el dinero puede más que la democracia, no es de extrañar la frecuencia con que se aprueban esas leyes.
Pero, es necesario afirmar, contra el discurso imperante, que el aumento de la desigualdad no es una fatalidad inevitable:
Hay países con economías de mercado a los que les está yendo mejor, tanto en términos de crecimiento del PIB como de elevación de los niveles de vida de la mayoría de sus ciudadanos. Algunas incluso están reduciendo las desigualdades. Estados Unidos paga un alto precio por seguir yendo en la otra dirección. La desigualdad reduce el crecimiento y la eficiencia. La falta de oportunidades implica que el activo más valioso con que cuenta la economía (su gente) no se emplea a pleno. Muchos de los que están en el fondo, o incluso en el medio, no pueden concretar todo su potencial, porque los ricos, que necesitan pocos servicios públicos y temen que un Gobierno fuerte redistribuya los ingresos, usan su influencia política para reducir impuestos y recortar el gasto público. Esto lleva a una subinversión en infraestructura, educación y tecnología, que frena los motores del crecimiento.