miércoles, 12 de diciembre de 2012

Reflexiones sobre la esperanza II

Todo lo mencionado en la nota anterior era acompañado por la convicción de que "la unión hace la fuerza", de que esa unión debía estructurarse en organizaciones de las más variadas formas, y de que esa experiencia debía ser la matriz de un camino de organización social en todos los niveles de la Nación como el camino colectivo para construir un futuro mejor. Hubo apresuramientos en décadas pasadas, es cierto, producto de demasiadas ansiedades, pero hubo aprendizajes, y está llegando la hora de repensar todo ello.
¡Qué lejano parece hoy aquel tiempo! ¡Qué extrañas y lejanas suenan esas palabras! ¡Cuánta gente ha afirmado, con aire de madurez, la tontería de soñar con mundos mejores! Siento que la necesidad de hablar de todo ello y, en especial con los jóvenes de ahora, tiene una extraña y profunda relación con la necesidad de superar la mediocridad y la chatura que hoy se enseñorea como un talante con pretensiones de inteligente.
Tal vez, por el abandono de aquellos caminos llenos de ideales, haya sido tan fácil y simple sumergir nuestra cultura en esta superficialidad vana de la felicidad instantánea y pasajera. El consumismo de objetos comprables e inmediatamente desechables, invadió todas las esferas de las relaciones sociales. Y algunos de los mejores ideales y sentimientos fueron reducidos a “cosas pasadas de moda”: la amistad (condicionada por los pequeños intereses), las relaciones internas de la familia (adelgazadas por el tiempo retaceado; la búsqueda del mayor ingreso posible como objetivo fundamental); las relaciones amorosas (transitorias, sin compromisos y fugaces); el goce como consumo y el placer como objetivo, etc. Las relaciones entre las personas se empaparon de ese clima de época.
Pareciera que han quedado sólo espacios muy reducidos de conciencia donde alojar la esperanza. Sin ésta, cualquier proyecto de un mañana mejor muere antes de nacer.
Leo lo ya escrito y temo que se perciba un aire de acusación a estos jóvenes de hoy. De inmediato, me asalta la necesidad de hablar de nuestra responsabilidad generacional, la de los desesperanzados. ¿Los jóvenes de estos tiempos llegaron a un "mundo puro" que les dejamos los mayores? O ¿mucho de lo que les pasa es la consecuencia de nuestras incapacidades, de nuestras complicidades, de nuestras incoherencias, de nuestros malos o nulos ejemplos? Debemos preguntarnos qué grado de responsabilidad, y hasta de culpabilidad, nos cabe por lo que hicimos, por lo que dejamos de hacer, por lo que permitimos que hicieran  sin tomar conciencia de sus consecuencias o mirando para otro lado. ¿Cuánto de todo aquello, señalado como males de esta época, no encuentra sus raíces en nuestras conductas pasadas y presentes? ¿Cuántas veces, los que pertenecemos a generaciones anteriores nos desentendimos y nos desentendemos de nuestra deuda?
Pero, sin embargo, también debo decir que si nosotros, los mayores, fuéramos capaces de forjar una sana y profunda autocrítica, podríamos abrir un camino para invitar a estos jóvenes a transitarlo juntos; sin colocarnos a la vanguardia para indicarles por dónde pisar, pero sin perder el ritmo de la marcha que ellos son capaces de llevar para no quedar  rezagados. Si nos tomáramos de la mano para caminar juntos, se abriría un  nuevo espacio, una manera nueva de avanzar y una nueva posibilidad para un futuro postergado. Y en las conversaciones del camino, ellos nos expresarían sus ideales y nos señalarían todo lo deseable por conseguir; nosotros, desde nuestra experiencia, les aportaríamos la prudencia de ir intentando lo posible, sin por ello claudicar en la búsqueda de lo deseable, pero  no realizable todavía.
Debemos ser capaces de advertir que nuevos vientos soplan por sobre la América Latina, y que se empiezan a hacer sentir en nuestras pampas y montañas. Abrir los ojos para ver también que empieza a descongelarse el escepticismo en ellos, como si una primavera del alma empezara a hacerlos reverdecer, y de aquellos tallos duros y leñosos nuestros unos pequeños brotes verdes pudieran anunciar nuevamente la vida, una vida que anuncia otra más vivible y más digna. Si esos brotes son cuidados amorosamente, si les prestamos toda nuestra atención, olvidándonos de aquella certeza que nos decía que ya estaban secos y que nada podían dar, aprenderíamos, una vez más, que la vida siempre encuentra nuevos caminos para dar lo más hermoso que nos ofrece: ella misma, la maravillosa y esperanzadora aventura de vivir.