domingo, 2 de diciembre de 2012

La crisis estructural del capitalismo VII



Por ejemplo, J. Dubois, investigador francés, sostiene que proyectando el avance tecnológico actual, según se desprende de diversas investigaciones que se están desarrollando en distintos centros especializados, para el año 2025 habrá sólo un 2% de obreros asalariados en el mundo y otro tanto ocurrirá en el sector de los servicios. Aunque pueda parecer una afirmación excesivamente arriesgada, no por ello el problema que señala deja de tener una presencia inquietante.
No pocos investigadores han comparado la revolución actual, la tecnológico-inteligente-robótica, con la revolución del Neolítico en la que el hombre descubre la agricultura, se enraíza en un territorio y funda pueblos. Aquella produjo un salto de la evolución que impulsó a la humanidad por caminos totalmente nuevos. La revolución en curso es pensada como un salto similar, por lo que pareciera que el modo de pensar las estructuras sociales anteriores no es de utilidad, por sí mismo, para avanzar ante este nuevo desafío. En un reportaje publicado por el diario Clarín un prestigioso intelectual austríaco, Andre Gorz (1923-2007) hace afirmaciones que van en la misma dirección y dan para pensar:
El trabajo asalariado está en vías de desaparición como base principal para construir la propia vida, una identidad social, un futuro personal. Pero tomar conciencia de este hecho tiene un alcance esencialmente subversivo, pues mientras a la gente se le diga: su trabajo es la base de la vida, es el fundamento de la sociedad, es el principio de la cohesión social, no hay más sociedad posible que ésa, con lo cual la gente se vuelve psicológica, política y socialmente dependiente del empleo. Por lo tanto, se esfuerza a los individuos a tratar de conseguir a toda costa uno de esos empleos cada vez menos frecuentes. El discurso sobre el carácter central del trabajo, sobre la perpetuidad de la sociedad laboral, de la sociedad salarial, tiene una función de estrategia de poder de parte de la burguesía, del capital y de los empleadores.
El despliegue de las nuevas tecnologías no suele citarse como causa de la crisis estructural. Pero es un factor decisivo. Por ejemplo, en la primera década de 2000, ha disminuido en un 7% el trabajo humano en el proceso productivo por la incorporación de la tecnología; y ello a pesar de que el desarrollo tecnológico se encuentra frenado deliberadamente desde los años 90 para no obstruir la obtención de la plusvalía. También la tasa de innovación científica aplicada después como tecnología se frena a partir de mediados de la década de los 90.
En esta cuestión hay un debate abierto. Algunos estudiosos apuntan que no hemos salido de la quiebra del modelo de crecimiento keynesiano (singularmente a partir de la quiebra económico-energética de 1973). En ese momento se impulsó una trama de recetas neoliberales, que representaban, más que una salida de la crisis, una huida hacia adelante. Se pensó que se resolvía aumentando la explotación de la fuerza de trabajo; reduciendo los gastos y servicios sociales; recortando la parte de contribución al conjunto social de las cargas sociales que aporta el gran empresariado; reduciendo el capital destinado a la inversión productiva para dedicarlo a la especulación financiera; y con la apropiación privada de servicios e infraestructuras públicas, así como de la riqueza  natural.
En los países centrales del sistema, las tasas de crecimiento decaen bruscamente desde la crisis de 2007. Pero en otros lugares del mundo se registra un crecimiento económico y de las tasas de ganancia (por ejemplo, en los países emergentes, aunque no sólo). El conjunto de países emergentes representan entre el 20 y el 30% del total de la economía mundial, mientras que los tradicionales países centrales del sistema disponen entre un 50 y un 60% de esa riqueza. Con el escaso peso comparativo de las economías emergentes, es difícil que puedan “tirar del carro del capitalismo”, tal como se lo practica hoy, y revertir el proceso de crisis.