domingo, 16 de diciembre de 2012

Reflexiones sobre la esperanza III



 Entonces, nuestros viejos escepticismos dejarán paso a nuevas experiencias, sin euforias apresuradas ni fáciles encantamientos, con la prudencia necesaria para cubrir esos brotes de algunas heladas tardías que todavía se pueden precipitar. Podrán nacer esas flores que, una vez más, puedan adornar nuestra alma. ¿Será un nuevo modo de recuperar "el comando de la Historia"?
Saber que la realidad tiene un importante componente de lo que ponemos en ella al mirarla, es un primer paso para superar nuestra vieja convicción que se apoyaba en las antiguas certezas, esas que nos aseguraban que el mundo era lo que nosotros veíamos de él. Así como tantos dictaminaban ayer que un mundo mejor estaba muy cerca y era fácil, ahora, con el mismo talante podemos oír que dicen algunos que ya nada se puede conseguir. Es hora de aprender de la vieja ironía del poeta español Ramón de Campoamor (1817-1901) que nos alerta acerca de cuánto de nosotros ponemos en lo que miramos: «En este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira, todo es según del color del cristal con que se mira». Sin que esto nos empuje hacia el escepticismo, debemos recoger de allí la sabiduría de diferenciar los resultados de nuestra mirada pesimista o escéptica de la que nos da la mirada esperanzadora. La realidad contiene ambas posibilidades.
 Podemos comenzar por unas reflexiones del profesor de Historia en la Universidad Autónoma de Barcelona, Jaume Botey, quien nos advierte respecto de las dificultades de ser esperanzado:
El siglo XX ha sido el que mayores esperanzas y frustraciones ha generado: trajo la libertad y el reconocimiento de la dignidad de las antiguas colonias, los enormes avances en la tecnología que cambiaron e hicieron pequeño el mundo… Sin embargo, también trajo injusticias agudas: a principios del siglo XX, la distancia entre la quinta parte más rica y la quinta parte más pobre de la humanidad era de 10 a 1, y a finales de siglo era de 82 a 1… Ha sido el siglo más belicoso de la historia… Se calcula que casi 190 millones de personas han muerto de manera directa en conflictos armados… antes moría el que iba a la guerra, y hoy el objetivo principal de la acción militar es la población civil: de cada 100 muertos en guerra, 7 son soldados y 93 civiles, de los cuales 34 son niños.
Ya estoy oyendo las voces de los que me dicen ¿cómo poder ser esperanzado si ese siglo nos muestra que ha empeorado la conducta humana? Sigamos pensando, sin dejar que los malos pensamientos nos invadan.
Yo percibo un modo de llenar el vacío que dejan los viejos ideales marchitos: ceder a las tentaciones del mercado y cubrir con consumo las insatisfacciones que se ocultan. Recordemos los sueños efímeros de los noventa: comenzábamos a entrar en el Primer Mundo, lo que daba a entender que no estábamos en "ese mundo" pero que, por fin, se nos daba la posibilidad. De allí se puede deducir, sin gran esfuerzo, que de los tres mundos de los sesenta-setenta, uno se había disuelto: el segundo, el soviético. El imaginario social dejó que esta caída arrasara con el tercero. La terminología comunicacional lo ha reemplazado por un conjunto de países emergentes. Reflexionar sobre esta posibilidad de múltiples mundos nos lleva a tomar conciencia de la complejidad del orden social de estos tiempos y de la cantidad enorme de facetas que presenta.
El pertenecer a un mundo está lejos de ser un tema geográfico o cósmico; está profundamente emparentado con las culturas, los proyectos de vida (individuales y colectivos), la tabla de valores, los deseos, las ambiciones, las posibilidades de cada uno, y tantas otras cosas muy largo enumerar. Y quedaba aún otra posibilidad que nos costó percibir: junto a todos esos mundos aparecía con mayor claridad otro más, el mundo de los excluidos, de los que ya no contaban en los estudios de los investigadores.