miércoles, 16 de enero de 2013

Cómo pensar al hombre para pensar la esperanza I



Toda la ciencia del hombre como ser histórico-social se apoya en un concepto de hombre que, en la mayoría de los casos, no está explicitado y que indefectiblemente incide en sus conclusiones.  Es decir, detrás de cada ciencia hay una concepción antropológica. Sólo como ejemplos muy conocidos señalaré el denominado egoísmo del hombre de Adam Smith o el impulso biológico del hombre de Sigmund Freud. En ambos hay una antropología implícita.
Sin embargo, para recuperar la esperanza y la confianza en los intentos científicos, cabe afirmar que, si bien el hombre se ha interrogado a sí mismo durante casi tres mil años, en nuestra tradición occidental, sobre qué es él, sólo en este último siglo y medio ha estado en condiciones de profundizar esta pregunta con resultados altamente positivos. “El resultado de todos estos esfuerzos fue, antes de 1859, fundamentalmente deficiente, puesto que una característica esencial de la  naturaleza humana —su origen evolutivo a partir de antepasados no humanos, con todo lo que ello implica— aún no había sido descubierta”, afirma el profesor de la Universidad de California, Francisco J. Ayala. Las dificultades antes señaladas deben ir acompañadas de esta afirmación. Hoy estamos mejor que nunca antes para emprender esta tarea, y esta es la razón que nos  hace conscientes de los problemas.
Durante más veinte siglos, los pueblos que habitaban lo que hoy conocemos como Europa tuvieron un trato más intenso con aquellos distantes y distintos de ellos a los que se denominó, con cierto eufemismo, con una calificación llegada hasta nosotros: los bárbaros. La sola denominación “bárbaros” implica un alto grado de ambigüedad respecto a lo que se intenta calificar con esa palabra. Un simple ejercicio, como el consultar un diccionario, nos coloca ante los contenidos de esa palabra: “Dícese del individuo de cualquiera de las hordas o pueblos que en el siglo V abatieron el Imperio Romano/ fig. Cruel, fiero, feroz, inculto, grosero, tosco, temerario, etc.” Está más que clara la sinonimia. Pero, a partir del siglo XV, con el “Descubrimiento”, al entrar en contacto con pueblos extracontinentales,  se comenzó a hablar de pueblos salvajes: “Natural de aquellos países que no tienen cultura ni sistema alguno de gobierno/ Dícese del hombre que vive en estado de naturaleza, en los bosques, sin morada fija, ni leyes, y es lo opuesto al hombre civilizado/ Sumamente necio, terco, zafio o tonto”, que tampoco merecen mayor comentario, porque las definiciones lo dicen todo. En este modo de definir, queda  expresado lo que nuestra cultura piensa de ellos.
De parte de la Real Academia Española, la tarea consistió en recoger los significados con que se utilizan las palabras, consultar la literatura reciente para cotejar los usos de las palabras y consultar a los especialistas de la lengua. En resumen, las ideas que nuestra sociedad tiene de todo pueblo que no pertenezca a la civilización: “Conjunto de ideas, ciencias, artes o costumbres que forman y caracterizan el estado social de un pueblo o una raza... como sinónimo de cultura y opuesto a barbarie”. Analicemos detenidamente lo que acabamos de leer. Dice que debemos entender por civilización los rasgos aquellos “que forman y caracterizan el estado social de un pueblo o una raza”. Entonces, se podría deducir de aquí, que es civilizado cualquier pueblo que tenga artes y costumbres. Las tienen todos los pueblos que habitaron y habitan la Tierra en los últimos dos millones de años, como veremos algo más adelante. ¿En qué sentido, entonces, es opuesto a la barbarie?; ¿Cuáles serían los pueblos bárbaros, de acuerdo con esta definición? Los que no tuvieran artes y costumbres. Costumbres han tenido todos los hombres, y sus antecesores biológicos siempre, hasta los animales superiores tienen costumbres, hábitos de conducta. Nos quedaría arte: sobre este tema podría decirse que los utensilios de piedra del Paleolítico, con ciertas reservas, que no contenían arte, pero las fabricaciones de los últimos 35.000 años muestran una pulida técnica y un gusto por trabajarlos de ciertos modos, que no responden a razones utilitarias solamente, esto ya es evidente en las pinturas rupestres o las vasijas pintadas del Neolítico.