domingo, 20 de enero de 2013

Cómo pensar al hombre para pensar la esperanza II



La intención de estas palabras es advertir al lector sobre la cantidad de prejuicios que rondan la materia que estamos analizando. La utilización de la palabra cultura, con un uso tan restringido (como “opuesto a barbarie”), está evidenciando el prejuicio de la cultura europea, acentuado durante los siglos XVI al XIX fundamentalmente, que aplicó su significación sólo a ella misma. La utilizó también como sinónimo de civilización. Paul Radin nos dice que en ambientes científicos no es extraño encontrar los mismos prejuicios:
“La reacción del etnólogo no profesional o del lego... es por lo común de irritada perplejidad, a la cual se asocia la sospecha de que, al fin y al cabo, verosímilmente los pueblos primitivos están regidos por una mentalidad inferior que les es inherente... En grado considerable, y a menudo sin darse cuenta, el etnólogo cultivado formula juicios análogos al esforzarse por valorar culturas primitivas”.
Es decir, la investigación ha padecido estas interferencias ideológicas durante mucho tiempo. Pero puede decirse, con satisfacción, que la última mitad de siglo ha avanzado de modo significativo en estos temas y que, por lo tanto, hoy disponemos de una cantidad enorme de material y bibliografía científica de alto valor, que avanza significativamente. Sin embargo, por lo dicho en notas anteriores, estos prejuicios científicos tiñen las investigaciones e impiden pensar esperanzadamente.
De lo dicho hasta ahora, podemos afirmar que la hipótesis del salvaje primitivo ha quedado científicamente descartada. Esto nos remite a pensar cuánto prejuicio encerraba esa hipótesis, prejuicio que permitió la justificación de las conductas del hombre de la modernidad europea. Si se podía sostener argumentativamente que el hombre tiene un origen salvaje, en el sentido de revelar conductas similares a las de los grandes felinos, por ejemplo, la cultura se convertía en un esfuerzo, no siempre exitoso, para la contención de esos impulsos instintivos. Pero lo más importante para esa hipótesis era señalar que, en sus orígenes, el salvaje solitario —hasta bien avanzado el proceso de la evolución—había revelado ser un individuo egoísta, huraño, antisocial. No pretendo decir que ésta sea la imagen que los investigadores hayan interpretado; por el contrario, hace ya muchísimo tiempo que se ha demostrado lo que quedó dicho más arriba. Lo que debe incitarnos a pensar es que esa verdad científica, sorprendentemente, no haya encontrado la misma divulgación que la de las hipótesis que la modernidad ha difundido.
Que el salvaje, en la imagen de Thomas Hobbes (1588-1679), como un lobo, o la de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) como un simple buen hombre, ambas compartieran la idea de su conducta ermitaña, nos está señalando la incomprensión de la socialidad esencial de lo humano. Estoy tentado de alegar que, en el origen, sólo encontramos sentimientos compartidos de lo que podríamos definir, con terminología actual, como amor. Esta afirmación debe ser expurgada de las connotaciones románticas de esta palabra. Pero puede ser comprobada con la simple observación, por ejemplo, de las actitudes de la madre chimpancé con su cría y, de igual modo, con otros miembros de su manada. 
Volvamos al proceso que veníamos siguiendo. Debemos tomar en cuenta una fecha que tiene condiciones casi mágicas. Esta palabra se justifica por la falta de explicación acerca de las causas que dieron lugar a un proceso sumamente llamativo. Este período comienza en una fecha que se remonta, aproximadamente, a unos 35.000 años, a partir de la cual se puede afirmar que una sola especie de homo se impone en toda la región del Asia Menor, y que se expande a partir de allí. Todas las demás formas desaparecen, y la especie de Homo sapiens sapiens se establece como única. Este hombre ha tenido conductas comunitarias, solidarias, durante su período nómade —de aproximadamente dos millones de años—, hasta una etapa relativamente reciente que se podría fijar alrededor de hace unos ocho o nueve mil años.