miércoles, 23 de enero de 2013

Cómo pensar al hombre para pensar la esperanza III



El proceso de sedentarización, con la aparición de excedentes de bienes producidos y su posibilidad de almacenamiento, dio lugar a las primeras formas de propiedad, a la división social y a la institucionalización de formas de gobierno que mostraron la novedad, para aquellos tiempos, del sometimiento del hombre por el hombre; éste el comienzo de la lucha social como modo del conflicto, lo que motivó la afirmación de Karl Marx «Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas de clases».
Las afirmaciones de la lucha como método de selección de los mejores, que encuentra en Herbert Spencer su cultor, fue la traslación a la vida social de una mala comprensión de lo afirmado por Charles Darwin. Una vez más, nos encontramos con lecturas sesgadas por los prejuicios. La Directora del Centro de Filosofía y Ciencias Sociales de la London School of Economics, doctora Helena Cronin, manifestó que la interpretación habitual de Darwin era errónea:
Darwin afirmó que la guerra de la naturaleza no era lo predominante, y que quienes son felices sobrevivirán y se multiplicarán... Si miran atentamente la naturaleza, encontrarán que no todo es brutal y salvaje. Los animales no son egoístas; avisan cuando hay un predador, comparten su comida, adoptan a los huérfanos. Se comportan mucho más según las reglas morales de Esopo, que según las normas individualistas que la selección natural parecería favorecer.
De aquí se puede sostener que las afirmaciones sobre el egoísmo primitivo son el modo justificador de una civilización que, a partir de los dos últimos siglos, cultivó el individualismo y la lucha como medios de ascenso social y de imposición de las voluntades de unos contra otros. Nada en la naturaleza humana permite afirmar tales cualidades como originarias. Por lo tanto, la humanidad que practicó durante milenios la solidaridad puede reencontrar su camino, y en ello se sostiene la esperanza.
No nos es ajeno el hecho de que desde hace ya muchos años se ha venido universalizando una limitada concepción de la particularidad del hombre, que no hace más que reducir sus alcances a meros temas de museología, cuando en realidad deberíamos proclamar que fuera más flexible, más tolerante, que no hiciera  oídos sordos a las diversidades, que no nos impidiera apreciar cuán distintos somos unos de otros. Pero es quizá en este punto en el que surge la dificultad: para recuperar y reafirmar la condición humana, que ha sido tan diversa y celebradora de la vida, hay que recuperar al mismo tiempo la diversidad y valorarla. Es evidente cuánto nos cuesta.
No cabe duda tampoco de que, hoy en día, esta preocupación es prioritaria en nuestra América Latina. Preocupación que se alza en medio de una profunda crisis que va dejando vacíos nuestros modelos clásicos, y que impone sistemas de valores que parecen estar muy lejos de lo esencialmente humano.
Pero la realidad, por suerte, es más rica y asombrosa de lo que cualquier informe o esquema pueda presumir. Sin duda, América Latina posee innumerables reservas de dignidad que, aun en medio de tan complicado panorama, no pierden sus fuerzas. Reconocemos en los discursos de líderes nacionales de distintos y lejanos pueblos —que hacen oír sus voces en reacción ante el impacto occidental, llamado hoy globalización— aquellas palabras que han sido y son pronunciadas por boca de algunos de nuestros dirigentes, aquellos a los que consideramos capacitados para representar a nuestros pueblos.
El mercado, el consumo, la tecnología, las comunicaciones, empujan al hombre a vivir en un mundo sin fronteras, unificador, donde no prima la solidaridad, sino la individualidad. En un sistema en el que es más importante "parecer" que "ser", comienza a conjugarse cada vez con más fuerza el verbo "tener". Lo cierto es que a la globalización, entendida como la preeminencia de la economía de escala y del consumo por sobre ideas, gustos y costumbres que consideramos constituyentes de lo humano, deberíamos entenderla como potencial impulsora de desafíos; como un momento histórico para el encuentro con las demás culturas que tanto tienen para enseñarnos. A partir de las críticas a problemas cotidianos, ya identificados y planteados, lo que resta es avanzar en la búsqueda de soluciones. Para ello es indispensable el debate en la búsqueda de consenso.
Ya en sus orígenes, el hombre observó cuánto más fácil era su vida y provechosos resultaban sus esfuerzos, si aunaba sus energías con los de su comunidad. De esos primeros comportamientos humanos de la comunidad originaria, debemos recuperar su espontaneidad en favor de la ética, su coraje civil para defenderse y protegerse mutuamente, privilegiando a los más débiles. Aplicando estos valores en nuestra lucha cotidiana por la solidaridad y la libertad, siempre habrá lugar para la utopía y la esperanza.